IGLESIA
Paz
y seguridad para la tierra de Abrahán
Vive en Bagdad desde hace cuarenta años. Durante la guerra nunca
ha abandonado a Iraq ni a los iraquíes. «
La Iglesia comparte la situación de todo el pueblo. La primera
tarea es la oración»
a cargo de Lucio Brunelli
«Lguerra nunca es buena. La guerra porta destrucción y muerte.
Jamás conlleva el bien». Emmanuel III Kerim Delly, nuevo
patriarca de Babilonia de los caldeos, es un hombre sabio. Menudo, de
cabellos grises, de sus 76 años los cuarenta últimos los
ha pasado en Bagdad como obispo auxiliar. Nos encontramos en la Casa
Santa Marta en el Vaticano, pocas horas después de efectuarse
la elección de los 22 obispos del Sínodo católico
caldeo, el 3 de diciembre de 2003. No hay rencor en sus palabras, mientras
renueva la condena de la guerra. Sólo amor a la verdad y compasión
por su gente. «El Señor nos ha donado la inteligencia para
seguir vías alternativas a las de las armas para resolver las
controversias internacionales: la vía del diálogo, de las
negociaciones. Dios ha dicho: “no matarás”.
Viajando a Oriente Próximo no es raro encontrarse con líderes
religiosos, árabes e incluso cristianos, que hablan más
como militantes que como hombres de Dios. El nuevo patriarca, no. De
su boca no escucharéis jamás invectivas rencorosas o veleidosas
contra los ocupantes americanos. Es más, pide que las tropas extranjeras
no dejen el país, porque en ese escenario el caos sería
desastroso.
Herido en los bombardeos
Pero Su Beatitud ha visto demasiado cerca el horror y los lutos de la
guerra para decir que la intervención militar era la vía
inevitable para buscar el bien de su pueblo. Él mismo ha sido
víctima de la violencia de las armas. El 21 de marzo pasado algunas
bombas aliadas cayeron a pocos metros de la residencia del patriarcado
caldeo en Bagdad. «Estaba hablando por teléfono con el Vaticano – cuenta
Delly –, todos los cristales de las ventanas se hicieron añicos,
el auricular voló de mis manos...». Una esquirla le hirió,
por fortuna no de gravedad. La tragedia estuvo cerca. Al día siguiente,
en una entrevista a Radio Vaticana, dijo: «Yo estoy bien, aún
sigo vivo. Pero los bombardeos continúan, incluso en este momento.
Hay tantas ruinas, tantos gritos de la gente, de los niños...
Los que tienen un corazón tan duro deberían tener al menos
un corazón más paterno. Precisamente ayer por la tarde,
en la sede del patriarcado rezamos, celebramos la misa, hicimos el Vía
crucis con todos los obispos y el Nuncio. Pedimos al Señor que
nos proteja y a la Virgen que nos ayude a soportar esta catástrofe».
Los cálculos más fiables respecto a las víctimas
del conflicto en Iraq hablan de más de 9.000 muertos civiles:
ancianos, mujeres y niños. Más del triple de los muertos
del 11 de septiembre. Civiles inocentes, como los americanos sepultados
bajo los escombros de las Torres Gemelas. Pero ninguno de nosotros ha
llorado a las víctimas iraquíes. «En Iraq ha habido
menos muertos que en los accidentes de carretera durante un fin de semana»,
dijo hace unos meses un conocido político italiano, con una mezcla
de ignorancia y cinismo sobre la que es mejor correr un tupido velo.
Ahora es más justo y realista mirar adelante.
El único deseo: paz y seguridad
¿
Qué tarea aguarda a la Iglesia caldea (con más de medio
millón de fieles en Iraq) en esta larga, infinita posguerra? «La
Iglesia comparte la misma situación que vive todo el pueblo en
Iraq. Una situación de sufrimiento que dura ya demasiados años.
La primera tarea para nosotros es la oración. Rezamos y pedimos
a todos que recen al Señor para que alivie este sufrimiento y
para que la tierra de Mesopotamia, la antigua tierra de Abrahán,
halle por fin un poco de paz. Dios no quiere que los hombres se maten.
Y ahora ya no mueren sólo los iraquíes, sino también
tantos hermanos extranjeros... Aprovecho la ocasión para expresar
mis más profundas condolencias por los militares de vuestro país
asesinados en Nassiriya. Habían venido aquí para ayudarnos,
son mártires de su deber. El arzobispo de Basora les conocía
bien, fue a conocer a los miembros del contingente italiano después
de aquel trágico episodio y me dijo que la población tenía
en alta estima a los soldados italianos».
¿
Qué pedís a las tropas extranjeras en Iraq? «Que
nos den seguridad. La gente tiene mucho miedo, ya no sale de casa. No
se dan las condiciones mínimas de seguridad. Esto sucede porque
hay muchos enemigos que proceden de fuera de Iraq... No son iraquíes
los que cometen la acciones más perversas y quieren impedir que
recuperemos la ansiada paz, la deseada tranquilidad... Dejé Bagdad
para venir al Vaticano el mismo día en que dispararon un misil
contra la embajada italiana. Todavía no se sabe quién lo
hizo, pero la mayoría de los iraquíes sólo ansía
paz y seguridad, rechazan la violencia».
Convivencia pacífica con los musulmanes
Algunos obispos han denunciado que se han producido vejaciones contra
la minoría cristiana y acusan a grupos extremistas musulmanes.
Se teme que en el futuro pueda existir en el país un régimen
religioso islámico. ¿Usted también está preocupado? «Desde
hace más de mil años los cristianos de Iraq convivimos
pacíficamente con nuestros hermanos musulmanes. El Islam es algo
bueno. No diré jamás una palabra contra el Islam. Si los
musulmanes siguieran los principios del Corán, sería algo
bueno. Igual que si los cristianos siguieran los principios del Evangelio,
sería algo bueno. Desgraciadamente muy a menudo ni cristianos
ni musulmanes siguen las enseñanzas de estos libros sagrados».
Para la unidad de la Iglesia
Publicamos un pasaje de la Carta con la cual Su Beatitud Emmanuel III
Delly, canónicamente elegido en el Sínodo de los obispos
de la Iglesia Caldea, solicita al Santo Padre Juan Pablo II la ecclesiastica
communio. A continuación, algunos fragmentos del discurso del
Santo Padre en la audiencia del nuevo Patriarca de Babilonia de los Caldeos,
junto a los miembros del Sínodo de la Iglesia Caldea. Ciudad del
Vaticano, 3 de diciembre de 2003
Beatísimo Padre: siguiendo los cánones vengo a solicitar
a Vuestra Santidad la ecclesiastica communio. Al mismo tiempo, deseo
manifestar a Vuestra Santidad toda mi adhesión y la de la Iglesia
caldea y mi devoción. Con la ayuda de Dios, trataré de
hacer lo posible por la unidad de la Iglesia en esta trágica situación
en la cual se encuentra Oriente Próximo y, en particular, Iraq.
Emmanuel III Delly
- - - -
Beatitud: solicitáis la ecclesiastica communio. Accedo con gusto
a tal instancia. En esta perspectiva, he encargado al Cardenal Moussa
I Daoud que la confirme, según la praxis, mediante la Concelebración
Eucarística que tendrá lugar en la Basílica de San
Pedro. La comunión con el obispo de Roma, Sucesor de Pedro, principio
y fundamento visible de la unidad en la fe y en la caridad, hace que
las Iglesias particulares vivan y obren en el misterio de la Iglesia
una, santa, católica y apostólica. La Iglesia Caldea está orgullosa
de testimoniar a Cristo en la tierra de la que partió “Abrahán,
nuestro padre en la fe” y de enraizar sus orígenes apostólicos
en la predicación de “Tomás, uno de los Doce”.
Partícipe de la única linfa vital que emana de Cristo,
la Iglesia Caldea debe continuar floreciendo, fiel a su propia identidad,
llevando frutos abundantes para el bien de todo el cuerpo eclesial. Venerados
Hermanos, desarrollad cada vez más la unánime consonancia
manifestada en este Sínodo. La unidad de esfuerzos permitirá un
pleno desarrollo de la vida eclesial. La concordia es tanto más
necesaria si miramos vuestra tierra, hoy más necesitada que nunca
de verdadera paz y de tranquilidad en el orden. Obrad para “unir
las fuerzas” de todos los creyentes en un diálogo respetuoso,
que favorezca a todos los niveles la edificación de una sociedad
estable y libre.
Juan Pablo II