CL
Por
los caminos del mundo a hombros de papá
Del 12 al 14 de diciembre seis mil estudiantes procedentes
de toda Italia abarrotaron el 105 Stadium de Rímini. El tema: Gloria Dei vivens
homo. Las palabras de Giussani: “Estamos seguros de esta alegría:
el Misterio se ha hecho hombre”
Caterina Giojelli
El 105 Stadium de Rímini tiene un ilustre pasado de “agotadas
todas las localidades”: sus paredes han temblado con la feroz sátira
de un toscano, sus cristaleras han vibrado con las actuaciones de los
número uno de las listas del pop con su séquito añadido
de fans, y su estructura guarda el eco de los ultras enloquecidos en
inolvidables superpartidos de baloncesto. Pero entre el 12 y el 14 de
diciembre lo llenaron seis mil personas sin cámaras de televisión
ni famoso alguno. Y las razones para sacudidas, oscilaciones o vacilaciones
arquitectónicas han sido esta vez bien diferentes de aquéllas
a las que el recinto estaba acostumbrado. Nada de sátira toscana
pero sí un piamontés, don Pino; nada de música pop-rock
pero sí dulces notas clásicas y baladas irlandesas, cantos
populares y polifónicos dirigidos por Pippo Molino; y menos aún
ningún tipo de deporte o cantante: esta vez los grandes protagonistas
eran esos seis mil sentados en las explanadas, llenos de respeto por
el silencio, los apuntes y las preguntas. Porque en aquellos tres días
no estuvo en juego un balón: estuvo en juego el secreto del mundo.
La “tensión” de Chiara
y Francesca
Seis mil personas, decía, y es necesario aclarar que el target
en cuestión frecuenta la universidad, oscila entre los 19 y los
26 años y viene de toda Italia para tomar parte en los Ejercicios
espirituales anuales de CL. Yo incluida. Porque soy una universitaria-italiana-chelina
y tengo más bien 20 que 30 años, Deo gratias. Y esta, de
por sí, no es una novedad: desde tiempos remotos se repite la
travesía anual en autobús desde cada región; se
colapsa un poco la autopista, se enriquece un poco la renta diaria de
varios autoservicios y se nos dirige hacia la ciudad italiana que no
duerme nunca. “Nunca” en el sentido del mes de agosto. ¡En
pleno diciembre sí duerme, ¡y cómo! Quizás
no el corazón de la ciudad, pero en los diversos Mar-bonita, Bella-ribera,
Ribera-bonita, Bell-aire de Rímini se registra un uso desenfrenado
del adjetivo “bonito”, en fin, todo el litoral está en
letargo. Hasta el sobrevenir de la horda chelina. Y, tímidamente,
los encargados de los albergues reabren las hojas preguntándose
si nuestra llegada es un anticipo de sus seis meses de temporada alta
o un retraso de tres. Hasta el mar parece dormir tranquilo delante de
los juegos “sumamente culturales” de mi comunidad de la Bicoca
milanesa que llega con cuatro horas de antelación para la cena
y seis para la entrada al recinto y se entretiene observando la recogida
del cangrejo, saltando sobre embarcaderos abandonados y escondiéndose
de los fantasmales perros guardianes de la playa. Todo ello acompañado
por el contagioso “Tenscion!” de Chiara y Francesca, (en
Ciencias de la Educación la “tensión” es angloparlante),
una especie de grito de batalla que por tres días estará en
boca de toda la panda.
Tres días con el Autor
Y éstas parecerían sólo notas de color, nada que
ver con la fila ordenada para entrar al 105 Stadium, el silencio de la
entrada y la atención a aquel pequeño escenario, enmarcado
por la consigna Gloria Dei vivens homo. Aquellos tres días fueron
una respuesta para todos, para cualquiera que estuviera presente aunque
hubiera que desviar la atención del cangrejo a don Pino, de la
sensación de vacaciones al sentimiento religioso, de la “tenscion” por
el examen a la “tenscion” por la vida. Nosotros estamos allí,
y no seremos famosos, ni nos entrevistarán, ni nos llamarán
a dirimir sobre cuestiones de alta estrategia político-militar. ¡Lástima!,
porque mientras el mundo parece volverse loco “dominado por una
tupida selva que esconde el horizonte”, (Cesana dixit) a nosotros
se nos invita a pasar tres días con el Autor. El Autor del mundo,
obviamente. Y necesitamos una tonelada de ayuda, porque conviviendo con
esta selva oscura, exaltamos el instinto (y no el instante), el fragmento
(y no lo particular, que es la clave), la posesión (y no el Misterio),
la nostalgia (y no la contemporaneidad), la compañía como
utopía (y no aquella guiada al destino),... olvidamos la experiencia,
la verificación, la obediencia, la esperanza y la tristeza...
Entonces, una vez más parece que se debe recomenzar todo otra
vez, como cuando eres novato en la facultad y sientes que se te revuelve
el estómago; luego te das cuenta de que llenarte de Almax no te
ayuda para nada, que quizás no tienes taquicardia y que tu gastritis
no tiene un origen fisiológico, sino que es el vibrar de una experiencia
como si de pronto todo tu ser dividido, fragmentado, se recompusiera
con el todo. Un puzzle. Un amor. Un encuentro. Un encuentro con el Autor.
El mundo por horizonte
Estamos todos allí cuando Cristo perdona los pecados al paralítico
y estamos todos allí cuando Cristo mira a la Magdalena. Y en la
distancia de 2000 años escuchamos las cartas de nuestros amigos:
su tristeza es vieja, pero su certeza es contemporánea a mi estar
allí, a mi estudio, a mi trabajo, a mi novio. Es mi experiencia.
No son palabras mías pero son exactamente las palabras justas.
Quizás no es verdad que se deba partir de nuevo desde el principio.
Quizás haga falta partir justo de esta panda de superfumadores
milaneses: de la fiebre de 40 grados de Luca, de la finca “favelas” de
Ceci, del pie perennemente escayolado de Paulino. De encontrarme allí con
Pigi y Checco, que alegran también mis tardes de trabajo en Tracce,
lanzándose por la city para solucionar las situaciones más
dispares. De Elena, del Brivius. Del mundo, porque, como Widmer recuerda,
el mundo es la única dimensión realmente adecuada del gesto
que hago. De la unidad con quien guía, aquellos más grandes
que también este año están aquí para ofrecernos
ese quintal de reclamos imprescindibles para la vida (¡la mía,
hablan de la mía!): don Pino, pero también Cesana y Dima,
Widmer y Paolo Nanni, don Ambrosio, don Ciccio y don Negri; y en lo cotidiano
Alfredo y todos los demás, también los menos burbujeantes
y explosivos.
Responsabilidad dichosa
Por la pinta que sugieren las imágenes sagradas que circulan por
la pantalla, parece “fácil” esta verificación
de la experiencia, parece obvio que todo sea Misterio y que lo más
urgente de mi vida sea conocerlo, seguirlo, comprender que si soy “de” Otro,
soy “para” Otro; parece hasta fácil decir aquel “sí” de
la Virgen que hace 2000 años cambió el mundo y que, a pocos
días de la Navidad, renueva la esperanza para todo el mundo, y
no sólo para seis mil tíos que abarrotan las explanadas
de un estadio en Rímini. También parece fácil amontonar
todas estas expresiones, he probado a buscar otras, pero no hay forma.
Cuando Alfredo me dijo si tenía preguntas, no mentí: ninguna
pega, ninguna objeción; he enterrado el hacha de guerra y mis
preguntas fueron las mismas que emanaron de todo el hotel. Si hubiera
salido a la tarima durante la asamblea habría dicho una sola cosa: “Gracias”.
Don Pino saluda a los presentes y les desea a todos una feliz Navidad.
Pero nosotros ya sabemos (o esperamos). «Teeeenscion!!»,
grita Chiara . Y no podía sacar otra conclusión para calificar
todo que ese “fácil” del que hablaba antes, una responsabilidad
dichosa, porque está Giussani para prometer aquello que ya es
una promesa cumplida pero que constantemente olvidamos : «estamos
seguros de esta alegría. El Misterio se ha hecho hombre y ha bajado
para estar entre nosotros, para que nosotros pongamos nuestra vida sobre
los hombros de esta alegría, como un niño que va a hombros
de su padre que le lleva por los caminos de este mundo». Este es
mi mundo. Estos seis mil, que nos fiamos.