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Por
una parroquia viva
El 10 de octubre de 1985 don Giussani dio una conferencia
en la parroquia de San Nicolás de Dergano (un barrio popular de Milán)
invitado por el párroco, don Bruno de Biasio, con ocasión
de la fiesta patronal. Como nos parece actual, la proponemos como contribución –que
nace de una experiencia– a la reflexión comenzada por los
obispos italianos sobre la naturaleza y finalidad de la parroquia.
Luigi Giussani
Premisa: el secularismo
En el diario Avvenire1 de hoy podéis leer una pequeña reseña
sobre el Simposio de Obispos europeos que en estos días se celebra
en Roma y que aborda los problemas del ateísmo y de la irreligiosidad,
cuestiones que cada vez tienen más influencia sobre nuestra gente.
Se habla de Europa, pero el Papa ya lo sugirió en Loreto cuando
llegó a hablar incluso de «nueva evangelización de
Italia»2. De ahí que podamos utilizar, sin ser injustos,
la expresión «sobre nuestra gente».
Seguramente habéis leído también lo que decía
el cardenal Danneels de Bruselas, cuando afirmaba que no hay más
que un remedio frente a este avance del secularismo. “Secularismo” no
significa amor al siglo o al mundo, sino la afirmación del mundo
o del siglo prescindiendo de Dios. Quizá debiéramos ampliar
esta observación, si queremos leer inteligentemente los periódicos
e incluso los documentos del pensamiento –eclesiástico o
no–, ya que en el transcurso de la historia la afirmación
del mundo y de la realidad como algo valioso comenzó con el cristianismo.
Hay una frase de san Pablo que es, desde el punto de vista cultural,
la más revolucionaria de la literatura de todos los tiempos; me
refiero a la afirmación: «Toda criatura es buena»3.
¿
Por qué es buena toda criatura? Porque es criatura, porque la
ha hecho Dios. Por eso el “siglo”, es decir, el mundo cuya
provisional vida transcurre durante siglos, es una realidad preciosa
porque es el camino desde el que el Señor nos llama, en el que
incluso nos sale al encuentro, y nuestra vida será juzgada por
nuestro comportamiento en este camino.
De ahí que no podamos utilizar el término “secularismo” refiriéndolo
a una situación opuesta a la religión, o a la religiosidad
vivida, sin hacer algunas aclaraciones. No tiene de hecho nada que ver
con un cierto “angelismo” o espiritualismo abstracto, ya
que la relación con Dios nos la jugamos en este mundo, dentro
de la realidad de este mundo, en la máxima concreción cotidiana.
Por eso cito siempre, en estos últimos años, una frase
muy oportuna del Evangelio que dice que «deberemos dar cuenta hasta
de las palabras dichas en broma»4, es decir, que ante Dios incluso
una palabra dicha en broma tiene valor.
Por eso la realidad, toda la realidad es buena, «toda criatura
es buena». ¿Por qué es ésta una frase revolucionaria,
culturalmente hablando? Porque, en la visión del mundo y de las
cosas, sin Dios, es más, sin una idea clara de Dios (y la idea
de Dios nos la ha dado Jesús: «A Dios nadie lo ha visto,
el Hijo Unigénito nos lo ha revelado»5), sin una idea clara
del Dios viviente, el hombre siempre ha mirado el mundo con una mirada
dualista, ha mirado siempre el mundo como hecho de cosas buenas y de
cosas malas, de cosas dignas y de cosas innobles. Sin embargo, en la
naturaleza no hay cosas nobles e innobles, ya que todas han sido hechas
por Dios. Lo noble o lo innoble «brota del corazón del hombre»6,
observó Jesús con motivo de una discusión con los
fariseos. Una vez más, «todo es bueno».
Esta mentalidad dualista, por la que hay cosas que son buenas y cosas
que son malas y de ahí que las cosas malas deban ser eliminadas,
esta mentalidad es propia del hombre de todos los tiempos cuando Dios
no es el punto de vista desde el que mirarlo todo. No sólo en
la antigüedad (cuando se llamaba “maniqueísmo”),
sino incluso en nuestros tiempos, porque toda ideología, esté o
no en el poder, considera buenas ciertas cosas y otras malvadas, y las
malvadas deben ser quitadas de en medio, con la violencia si es preciso.
De ahí que no haya ideología, es decir, concepción
de la vida y del mundo, que el hombre no haya intentado afirmar, apenas
ha tenido un poco de poder, con la violencia. Así, por ejemplo,
en la dialéctica marxista el rico es el mal que hay que eliminar
y el trabajador es el bien que debe ser valorado.
Cualquier manifestación de la expresión humana, cualquier
poder humano que se apoye sobre una interpretación humana de las
cosas, encierra este dualismo.
También en nosotros mismos podemos ver esta tentación original –porque
es precisamente una consecuencia del pecado original– por la que
hay cosas que consideramos bellas y nobles y cosas feas, como si pudiera
haber cosas malas por naturaleza, cosas nobles y cosas innobles. En nosotros
se da esta tentación. Sin embargo, el que las cosas puedan convertirse
en ocasión de mal o en sugerencia de bien depende del uso que
el corazón haga de ellas.
Así pues, «todo es bueno». Y cuando Jesús dice: «Te
ruego Padre por ellos, no te ruego por el mundo»7 –pocas
veces en los años del posconcilio se ha oído citar esta
frase de Jesús, y sin embargo la pronunció–, el mundo
por el que Cristo no reza no es la realidad hecha por las manos del Padre –es
decir, hecha por el poder de su Espíritu–; el mundo por
el que Él no reza es el corazón del hombre que pretende
organizar la realidad de su vida y de la vida de la sociedad prescindiendo
de Dios.
É
ste es el mal: prescindir de Dios. Porque el Señor de todo es «el
Señor», es Dios, y siendo Suyas todas las cosas, deben ser
miradas y usadas a la luz de Su mirada.
La raíz del mal que hemos denunciado, de esta descristianización,
de esta depresión general del pueblo desde el punto de vista religioso,
la raíz puede ser claramente detectada en la actitud de nosotros
cristianos, que por desgracia hemos hecho nuestra, durante el posconcilio,
una idea de Dios, una imagen de Cristo, un concepto de Iglesia y una
realidad de fe separadas de la vida.
Muchas frases que hemos escuchado y que quizá incluso hemos repetido
como: «la religión no tiene que ver con la política;
la religión no tiene que ver con la educación; la religión
no tiene que ver con la industria, el comercio o el trabajo; la religión
no tiene que ver con la escuela y la educación; la religión
no tiene que ver con el arte, etc...», todas estas frases son expresión
de un dualismo, de una ruptura entre la fe y la vida con sus exigencias
y sus necesidades. Hay una palabra que indica esta concepción
del hombre y de la sociedad en la que la fe está rota, separada
de las exigencias de la vida: se llama “laicismo”. El secularismo
es la consecuencia del laicismo: allí donde la fe no ha sido vivida
dentro de las exigencias y las urgencias de la vida, la vida ha empezado
a marchar por su cuenta, y la fe se ha alejado cada vez más, haciéndose
más y más abstracta.
El secularismo que tanto preocupa al Papa y a los Obispos depende del
laicismo, de una fe que ya no se juega en la vida de todos los días,
desde el aspecto privado al aspecto social, ya que el aspecto social
determina, con mayor o menor lentitud, hasta el aspecto privado.
He querido introducir esta observación sobre la palabra “secularismo”,
tan frecuente en los medios de comunicación y en nuestras relaciones,
para indicar precisamente una cierta ruptura (que también nosotros
hemos padecido, ya que muchas veces se nos ha propuesto precisamente
como ideal esta ruptura entre fe y exigencias de la vida personal y social),
justamente porque es ahí donde reside la causa de nuestra terrible
situación. Por eso, la indiferencia religiosa es tan grave que
el diario Avvenire titulaba hoy su artículo: «La indiferencia
religiosa, peor que el ateísmo de Estado»8. Porque en el
ateísmo de Estado, como sucedió en Rusia, el corazón
del hombre pudo renacer y en los “lager” (como describe bien
Solzenitsyn en sus novelas, especialmente en la documentación
sobre los Gulag), en los campos de concentración se inició el
más hermoso resurgir religioso de la época moderna, de
la época contemporánea.
El cardenal Daneels dice: «No hay más que un remedio [frente
al secularismo], descubrir la realidad de la gracia y la omnipotencia
de la palabra de Dios». ¿Cómo se redescubre la realidad
de la gracia y la omnipotencia de la palabra de Dios? A partir de algún
hecho, ya que son los hechos los que revelan el poder de la palabra de
Dios, la presencia de la gracia. Por tanto: «Apoyarse en cuanto
de nuevo está emergiendo en la Iglesia, como los movimientos eclesiales,
el despertar de ciertas órdenes religiosas, la fundación
de nuevas familias religiosas». Segundo: «Es preciso reconsiderar
el papel de la parroquia y la relación entre ésta y todas
las realidades eclesiales». Sólo el retorno a este doble
valor –la vida y la realidad de la institución–, sólo
el retorno a estos valores puede salvar a Europa de un lento envenenamiento.
La
institución: parroquia, diócesis...
Así pues, en esta gran circunstancia que vosotros, como pueblo
cristiano de esta iglesia local, estáis celebrando, estas palabras
del Cardenal de Bruselas constituyen una sugerencia que hemos de acoger,
completan lo que hemos de aprender. En un libro suyo, titulado La Iglesia
es una Comunión, el cardenal Hamer escribe: «¿Cómo
es posible que en una Iglesia particular –por ejemplo, la Iglesia
que había en Antioquía, en Corinto, en Roma, igual que
la primera Iglesia, la que estaba en Jerusalén (la Iglesia, es
decir, la comunidad)–, cómo es que tenían, en la
mentalidad del apóstol Pablo y de los primeros cristianos, la
misma dignidad que la Iglesia universal, que toda la Iglesia? Pues porque
la Iglesia universal, ¿qué representa en el mundo? La presencia
de Cristo. Y una Iglesia en Antioquía, ¿qué es?
Es la presencia de Cristo allí»9. Por eso el valor es idéntico.
Pero, ¿qué sería una Iglesia en una ciudad si no
estuviese, no sólo profudamente ligada a toda la Iglesia, si no
se sintiese como el emerger en aquel lugar, el salir a la luz en aquel
lugar de toda la Iglesia? La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y una Iglesia
particular, una Iglesia local hace emerger, hace visible en aquel lugar
el Cuerpo de Cristo.
Por eso la Eucaristía, la Palabra de Dios, el perdón de
los pecados –poderes que Cristo ha dado a su Iglesia, a su Cuerpo
misterioso en el mundo, al pueblo de Dios todo entero–, viven y
son comunicados en la Iglesia local.
Pero, ¿cómo puede la Iglesia universal hacerse presente
allí donde viven los hombres? Para eso surgió, en los siglos
posteriores, lo que hoy llamamos “parroquia”, que es el emerger
de la Iglesia local (de la Iglesia en torno al Obispo) “junto a
las casas” –eso es lo que significa precisamente “parroquia” en
griego– en las que el hombre habita. Hubo un momento en que toda
la vida se hacía junto a las casas: hace tan sólo 50 ó 60
años la vida se desarrollaba cien veces más junto a las
casas. Entonces la vida de la Iglesia, la vida del Cuerpo de Cristo,
se desarrollaba en la parroquia, estaba asegurada en la parroquia.
Ahora, en la sociedad en que vivimos, ¿qué proporción
hay entre las horas que pasamos en casa y, en otros lugares? Pero, y
esto es aún más grave, incluso a la mujer que está en
casa todo el día, ¿de dónde le viene lo que siente,
lo que aprende, de dónde extrae sugerencias e ideas? ¡De
la radio, de la televisión! Y la palabra que el sacerdote repite
y retoma cada domingo, aunque esté llena de vibración, ¡qué pequeña
sería si no estuviese alimentada por la fuerza de la verdad!,
pero ¡qué pequeña es en proporción al mundo
de palabras y de imágenes que invade la casa del ama de casa de
cincuenta o sesenta años!; tanto que ya no se escandaliza de cosas
de las que el 98 % de la gente se hubiera escandalizado hace veinte años.
Es así como una concepción secularista, una concepción
de la vida y del mundo en la que Dios no tiene nada que ver, lo penetra
todo, «permea [incluso] las Iglesias», dijo el Papa en un
famoso discurso sobre el ateísmo10.
Por eso, resulta abstracto pensar que uno puede resistir a esta mentalidad
sólo con un trabajo sobre su propia conciencia, con un esfuerzo
de su inteligencia, de la fe o de la energía de su voluntad. No
somos una raza de energúmenos –ni tampoco una raza de santos–;
somos santos en cuanto que el Señor nos ha abrazado en el Bautismo
y nos ha hecho miembros suyos, pero debe aún conquistar nuestra
tierra, debe conquistar la tierra de nuestra mente y de nuestro corazón.
¿
Para cuánta gente, entonces, la realidad de Cristo es la percepción
de un conocimiento nuevo de las cosas según la fe, de un afecto
nuevo según la caridad, de una vida distinta? Y ¿para cuánta
gente la fábrica, la universidad, la escuela, la plaza del ayuntamiento
se convierten en una ocasión? Afortunado aquel cristiano al que
sus compañeros de trabajo le dicen: «Tú eres distinto
de los demás. ¿Qué haces para ser así?».
De este modo, lo que una vez provenía del ámbito de la
vida de la parroquia, de dentro de los confines de la parroquia, puede
proceder hoy en día de lo más lejano de ella, de ambientes
en principio totalmente diferentes y hostiles.
¿
Qué es lo que importa? Que exista una realidad llamada “Iglesia”,
un pueblo que Pablo VI llamaba «realidad étnica sui generis»11;
en definitiva, un pueblo real.
¿
Lo que importa es que exista una parroquia dotada de una iglesia más
o menos bonita y con funciones precisas, o que la fe se difunda? Para
que la Igesia se difunda hace falta la iglesia, para que la fe sea sostenida
hace falta la parroquia; pero el actor de la evangelización, el
verdadero actor es la persona. Y, ¿cómo puede una persona
comunicar la fe? En la medida en que está viva en él, es
decir, que produce en él un modo de concebir y un modo de sentir
diferentes, que se muestran diferentes; y que genera también un
modo de actuar diferente –esto lo decimos con mayor timidez, ya
que sin el milagro de Dios no podemos ser coherentes–.
Ahora bien, el cardenal Daneels dice: es preciso reconsiderar el papel
de la parroquia, y el primer modo de hacerlo es repensar la relación
que hay entre ésta y el conjunto de realidades eclesiales12. ¿Por
qué? Porque un ámbito restringido, aunque fuera numeroso,
no puede generar una adecuada posición mental, una cultura que
sepa oponerse a una cultura dominante que penetra no sólo por
las ventanas y las puertas, sino incluso por las paredes (¡ya que
las ondas hertzianas atraviesan incluso las paredes!).
La relación con la Iglesia cercana a nuestra casa –éste
es el primer fundamental e insustituible punto de apoyo de la mente y
del corazón del creyente cristiano– puede ser un factor
real y activo sólo si comprende, en una relación mucho
más vasta, que representa la relación con la Iglesia entera,
con sus indicaciones, ideas, sensibilidad ante los problemas, ayuda para
afrontarlos.
Esto es también verdad para la Iglesia local llamada “diócesis”.
Una diócesis no es capaz por sí misma de generar posiciones
mentales, un tipo de cultura, de desarrollar un tipo de sensibilidad
y un tipo de acción que logren contestar el ímpetu con
el que el mundo entero intenta hacer penetrar su interpretación
no cristiana y no religiosa de la vida.
Porque la cultura dominante, la que determina tanto el Este como el Oeste,
es la que domina el universo entero, el mundo entero. Por eso se habla
de capitalismo, por una parte, y de neo-capitalismo, por otra. Una vez
que se elimina a Dios, ¿cuál va a ser el ideal de la vida,
sino el consumismo?
La cultura es un fenómeno (justamente en sus factores más
determinantes) universal, afecta a todo el mundo. Es la catolicidad de
la Iglesia la que es capaz de percibir dónde está el peligro,
qué se debe decir y hacer para contestarlo; y es la catolicidad
de la Iglesia la que puede sostenernos a la hora de realizar lo que conviene.
Por eso es impresionante ver cómo es en el magisterio del Papa
(el Obispo al que Cristo ha dicho: «Yo te envío para que
confirmes a tus hermanos», es decir, a los otros obispos) donde
se encuentran la sensibilidad, la inteligencia, la energía indicativa,
el reclamo y el comunicarse de un coraje claros, indefectibles, continuos,
coherentes como en ningún otro sitio.
El Señor protege a su Iglesia, pero tiene un instrumento para
protegerla, un discriminante último, una garantía última:
el Obispo de Roma.
Por eso, para renovar la parroquia lo primero que hace falta es que ésta
hunda bien sus raíces –inteligencia, oídos, ojos,
corazón– en ese gran tejido que es la Catholica, como dijo
el Papa en Loreto, es decir, en la Iglesia universal.
Una parroquia estará más viva, por lo tanto, cuanto más
tienda a vivir la Iglesia universal. Un ejemplo de ello es el ímpetu
misionero, expresado de modos muy variados: vocaciones al sacerdocio,
vocaciones consagradas, vocaciones de entrega a Dios, colaboración
con el trabajo sacrificado de la Iglesia en las lejanas tierras de misión,
colaboración económica –que para muchos cristianos
significará privarse realmente de algo–, cristianos que
rezan. Todo esto es síntoma de una realidad viva.
Los movimientos...
Por eso, la parroquia, hundiendo sus raíces en la Iglesia local –y ésta
profundizando su autoconciencia dentro de la percepción de su
unidad con la Iglesia universal– necesita de una colaboración
cada vez más estrecha entre la estructura tradicional (que viene
del pasado) y la novedad aportada por los movimientos. Estos presentan
una originalidad y vivacidad que responden a las exigencias de los tiempos
modernos: características que, aunque «pueden crear problemas
en la estructura organizada de la Iglesia, deben ser sin embargo valoradas»13.
Intentemos comprender brevemente la esencia de este fenómeno.
Que en una familia en lugar de un hijo haya cuatro más –es
decir, cinco–, puede generar problemas; de hecho genera problemas.
Pero no parece justo suprimir los hijos para que la vida de la casa sea
más sencilla. Una casa con cinco hijos es ciertamente más
rica desde el punto de vista humano que una casa con un solo hijo. Aunque
pueda parecer una observación banal no creo que sea del todo inútil.
De hecho el Papa, dirigiéndose a los sacerdotes de Comunión
y Liberación reunidos hace dos semanas –xactamente el 12
de septiembre– en Castelgandolfo, explicó de modo admirable
la naturaleza de este problema, de este fenómeno que es el movimiento
y de su relación con la institución.
Decía el Papa: «La Iglesia, nacida de la Pasión y
Resurrección de Cristo y de la efusión del Espíritu,
difundida en todo el mundo y en todos los tiempos sobre el fundamento
de los Apóstoles y de sus sucesores, se ha visto enriquecida a
lo largo de los siglos por la gracia de dones siempre nuevos»14. ¿Qué es
el don? Es un término para indicar el Espíritu; el don
por excelencia es el del Espíritu, donum Dei Altissimi. ¿En
qué consiste el don del Espíritu? En la capacidad que la
mente y el corazón del hombre han recibido de Dios para comprender
qué es la fe, para desear vivirla y para tener una cierta energía
que nos permita comenzar a intentar vivirla. El don del Espíritu
es aquello que vivifica: no en vano se dice «Veni Creator Spiritus».
El don del Espíritu es la energía con la que el Señor,
Cristo Resucitado, alcanza al hombre y, de un modo persuasivo, sugestivo
e impulsivo le hace comprender quién es, le hace comprender la
gran verdad de la vida del mundo que permite al hombre ser cada vez más
consciente, estar más convencido y deseoso de vivir. Y le hace
capaz de reemprender continuamente, de modo infatigable, su camino para
vivir cada vez más, para descubrir de modo siempre más
auténtico, siempre más profundo, la inagotable fecundidad
del propio Principio que es Cristo. Conocer cada vez más a Cristo
y a la Iglesia es comprender cada vez más a Cristo a través
del tiempo que pasa, a través de los avatares de la historia.
«¡
Quien es de Cristo posee su Espíritu!»15.
El animal no puede comprender al hombre, sólo el hombre puede
comprender a otro hombre, porque posee el mismo espíritu. De este
modo, la profundidad del misterio sólo la penetra el Espíritu.
La carne, es decir, el hombre en cuanto naturaleza, no puede comprenderla.
Es el don del Espíritu el que permite comprender. Por eso, hemos
de pedir siempre a la Virgen que nos dé el Espíritu de
Cristo. Así, del mismo modo que en Ella Cristo vino al mundo por
obra del Espíritu, en nosotros se produce el conocimiento y el
amor a lo que en Ella y por Ella ha nacido por obra del Espíritu.
El Espíritu lo es todo, el Espíritu vivifica.
Pero, ¿cómo se da este don? ¿Cómo se comunica
el Espíritu? En muchas ocasiones han sido los mismos papas y obispos
los portadores de esta energía carismática de reforma. “Carisma” es
el nombre que se usa para designar al Espíritu como energía
que vivifica la fe, pero conforme a una modalidad característica.
Otras veces, el Espíritu ha querido que fuesen sacerdotes o laicos
quienes iniciaran y fundaran una obra de renacimiento eclesial que permitiera
vivir la pertenencia a la única Iglesia y el servicio al único
Señor.
«¡
El Espíritu sopla donde quiere!»16.
Normalmente entra en la vida de la Iglesia y, por tanto, del individuo
y de los fieles, a través de personas que generan, que producen
una especie de movimiento, que ponen en movimiento. Movimiento no quiere
decir que se agitan, sino que mueven el alma, mueven el corazón.
El nacimiento de un movimiento es el nacimiento de corazones movilizados,
de conciencias provocadas, de persuasividad, de pedagogía nueva,
de una nueva capacidad educativa, de un gusto nuevo, de una capacidad
nueva de obrar en la Iglesia, conforme al momento presente; y este nacimiento
es el don del Espíritu, que se comunica usando siempre personas.
«
El Espíritu sopla donde quiere y donde sopla crea un movimiento,
porque el Espíritu es para toda la Iglesia», observa el
cardenal Ratzinger en su bellísimo libro Informe sobre la fe17.
El Espíritu no se da al individuo para sí, sino para la
Iglesia; al individuo para la Iglesia. Éste es, pues, el origen.
Después, el Papa insiste de nuevo, para que no olvidemos lo que
nos ha sucedido. «Así como la Gracia objetiva del encuentro
con Cristo ha llegado a nosotros por medio de encuentros con personas
concretas de las que recordamos con gratitud el rostro, las palabras,
las circunstancias, del mismo modo Cristo se comunica con los hombres
mediante la realidad de nuestro sacerdocio, asumiendo todos los aspectos
de nuestra personalidad y sensibilidad»18. Precisamente en este
sentido se llama “carisma”.
Pero ¿qué es su familia para una madre y un padre que viven
la fe?, ¡Es un pequeño movimiento! Es así como han
recibido a sus dos, tres, cuatro o cinco hijos.
Pero para aclarar aún más lo que caracteriza un movimiento
podemos decir: un movimiento es una lucha contra el «desgaste de
la rutina». Si encuentro a una persona que vive la fe y me comunica
esta vivacidad yo, allí donde esté, comunicaré la
fe con vivacidad: en mi lugar de trabajo o en el campamento de verano,
en la catequesis en la parroquia o discutiendo en la universidad.
«
Es una ley universal el que se cree una comunión así».
Cuando uno vive su fe gracias a un carisma vivo se crean afinidades.
Puede que muchos no se sientan afines, pero muchos otros se verán
persuadidos y entonces comenzarán a seguirlo y se creará una
comunión. Es precisamente esto lo que nos sostiene en la vida
cristiana, en la diócesis, en el mundo.
«
Vivirla [esta comunión] es un aspecto de la obediencia al gran
misterio del Espíritu. Por eso, un auténtico movimiento
es como un alma que alimenta desde dentro la institución»,
que alimenta la institución, es decir, que alimenta la Iglesia,
la Iglesia total, la Iglesia diocesana, la Iglesia parroquial.
«
No es una estructura alternativa a la institución»: un movimiento
no es una estructura alternativa a la única estructura institucional,
que es la estructura objetiva de la Iglesia, sino un alma dentro de ella,
que da vida a la gente dentro de ella. Como cuando los soldados se lanzaban
al asalto al toque de corneta; la corneta no era una alternativa a las órdenes
del capitán, pero electrizaba los corazones para que lo siguiesen.
Por eso, un auténtico movimiento «es fuente de una presencia
que regenera continuamente la verdad existencial e histórica de
la institución». Es el movimiento el que regenera la verdad
existencial e histórica de la institución, pues si no la
institución en sí misma se reduce a los muros de la iglesia,
se vuelve rutinaria, formal.
De hecho, ¿cuántos de nosotros resistirían al examen
que haría san Pedro, conforme a lo que dijo: «Sabed dar
razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere»?19.
Precisamente porque la mayoría de nosotros no ha comunicado esta
esperanza a otros y, por tanto, la ha dejado agostarse dentro de sí.
Porque una vida o crece o se agosta, se atrofia.
La verdad que es siempre «Christus heri et hodie, ipse et in saecula»,
la verdad de siempre, debemos saber traducirla en percepciones, juicios
y respuestas nuevas, conforme a las exigencias, las afirmaciones y las
obras en las que el mundo de hoy se expresa. Por lo que, si esta comunión
eclesial no se expresa en la comunidad, en la comunión reconocida
y vivida dentro del trabajo o del colegio, dentro de la universidad o
de la vida social y en la política, es como si no existiese, se
atrofia, es una comunionalidad separada de la vida.
El signo de que un movimiento aporta vida a la Iglesia, el primer signo
es que quien lo vive está lleno de estima, de atención,
de aprecio, de deseo de colaborar con los otros movimientos.
Quien está lleno de estima ama y colabora con la vida del otro.
Las dos grandes tareas que el Papa ha encomendado a los movimientos,
al hablar a los sacerdotes de CL, son:
1° Educar en la oración, especialmente en la oración
sacramental.
Ha habido una época en que se produjo un gran retorno a los sacramentos,
especialmente a la Comunión diaria –a la confesión
mucho menos, y esto es síntoma de algo que todavía hay
que hacer–, pero en estos últimos tiempos esto se ha perdido
mucho, ha disminuido mucho.
Un movimiento auténtico, es decir, una experiencia de vida cristiana
carismática viva, se distingue sobre todo por su capacidad de
incrementar y educar en la oración, especialmente en la oración
sacramental.
2° El segundo aspecto es el indicado por el Papa cuando dice: «No
ahorréis esfuerzos... sed maestros de la cultura cristiana, de
esa concepción nueva de la existencia que Cristo ha traído
al mundo y sostened los intentos de vuestros hermanos de modo que esta
cultura se exprese en formas cada vez más incisivas de responsabilidad
civil y social. Participad con dedicación en esa obra de superación
de la fractura entre el Evangelio y la cultura, a la que he invitado
a toda la Iglesia italiana (en Loreto). ¡Sentid toda la grandeza
y la urgencia de una nueva evangelización de vuestro país! ¡Sed
los primeros testigos de ese ímpetu misionero que he dado como
consigna a vuestro movimiento!20.
La oración y la fe que se traduce en cultura son un modo nuevo
de concebir las dimensiones de la vida: la modalidad de la relación
hombre-mujer, la modalidad de la educación, la modalidad de la
escuela y, por tanto, de la enseñanza, la modalidad del trabajo,
de las relaciones entre vecinos y, por tanto, entre ciudadanos, el modo
nuevo de concebir la asistencia a los enfermos. Oración, especialmente
la Eucaristía, y compromiso: ésta es la misión.
Y así, la fe no puede no tender, no desear realizar una sociedad
y un mundo en el que exista «una civilización de la verdad
y del amor»21. Pero, ¿qué quiere decir instaurar
una civilización de la verdad y del amor sino vivir las relaciones
humanas conforme a la verdad y el amor de Cristo? Pues es viviendo las
relaciones humanas conforme a la verdad y el amor de Cristo como el hombre
irá al Paraíso. De ahí que ese objetivo esté dentro
de éste; en la teología cristiana se llama “mérito”.
Lo que nos hace ir al Paraíso es el mérito. ¿Qué es
el mérito? Es el cambio, conforme a la fe, del modo de nuestras
acciones y, por tanto, de nuestras relaciones, de todas.
Por eso, en la medida en que vuestra parroquia se vea enriquecida e inundada
por estos carismas o estos movimientos que el Espíritu dicta,
a través en primer lugar de la figura del sacerdote, tanto más
abundará en propuestas, en reclamos y en esperanza para todos;
excepto para aquellos que no quieren oír.
- - - -
Notas
1 S. Mazza, «L'indifferenza religiosa peggio dell'ateismo di Stato»,
en Avvenire, 10 de octubre de 1985, p. 10.
2 Il Papa a Loreto, Documenti n. 4, supplemento a Litterae Communionis - Cl,
4 (1985), p. 10.
3 Cfr. 1Tim 4,4.
4 Cfr. Mt 12,36.
5 Cfr. Jn 1,18.
6 Cfr. Mt 15,18.
7 Jn 17,9.
8 Esta cita y las siguientes están tomadas de S. Mazza, «L'indifferenza
religiosa…», o.c.
9 Jean Jerome Hamer, La Chiesa è una Comunione, Morcelliana 1985.
10 Discurso de Juan Pablo II en el Congreso «Evangelización y
ateísmo», 10 de octubre de 1980 en La traccia, n. 9, 15 de noviembre
de 1980, p. 818 .
11 Pablo VI, Audiencia general, 23 de julio de 1975, en L'Osservatore Romano,
25 de julio de 1975.
12 Cfr. S. Mazza, «L'indifferenza religiosa…», o.c.
13 Ibidem.
14 I movimenti nella missione della Chiesa, Documenti n. 5, supplemento a Litterae
Communionis - Cl, 11 (1985), p. 23.
15 Cfr. 1Jn 4,12-15.
16 Jn 3,8.
17 Cfr. V. Messori - J. Ratzinger, Rapporto sulla fede, San Paolo 1985, p.
40-43.
18 Esta cita y las siguientes están tomadas de I movimenti nella missione
della Chiesa…, o.c., pp. 24-25.
19 1Pe 3,15.
20 I movimenti nella missione della Chiesa…, o.c., p. 26.
21 Mensaje de Juan Pablo II al Meeting para la amistad entre los pueblos, Rímini,
29 de agosto de 1982.