La valentía de dar testimonio

Fragmentos de la homilía del cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en la misa del sábado 4 de mayo. El texto íntegro se publicará en el cuadernillo de los Ejercicios de la Fraternidad

ueridísimos, adorad al Señor, al Cristo, en vuestros corazones, prontos siempre a responder a quien os pida razones de la esperanza que hay en vosotros» (1P 3, 15).

Queridos amigos de Comunión y Liberación, qué gran ocasión ésta para recorrer de nuevo y meditar la carta que el Santo Padre ha enviado a vuestro fundador el 11 de febrero de este año.

El Papa reconoce a don Giussani un particular “estilo” de anuncio de la fe. Y no sólo eso: el Papa considera ese estilo como especialmente apropiado para dirigirse a nuestros contemporáneos.

En concreto, ¿cuáles son las características, las notas principales, fundamentales, que el Documento pontificio destaca en relación con el carisma de don Giussani y del movimiento? Ante todo, el Papa subraya la capacidad de «escucha de las necesidades del hombre de hoy». Vuestro estilo de anuncio se expresa ante todo en la atención especial a esta búsqueda del hombre, sea cual sea la forma en que se manifieste. El movimiento ha mostrado a lo largo de toda su historia un vivo y particular interés por las preguntas profundas de todo hombre, del origen que sea, cualquiera que sea el sustrato cultural o ideológico del que provengan esas preguntas; vosotros, guiados por don Giussani, habéis hecho vuestro el lema de san Pablo: «Examinadlo todo, quedándoos con lo bueno» (1Tes 5, 21). Esta frase de la primera Carta a los Tesalonicenses, con su invitación a juzgar, nos sirve como introducción a la segunda característica de este estilo particular de don Giussani que define a vuestro movimiento. Es un movimiento que - como escribe el Santo Padre en la citada carta - quiere indicar a los hombres de hoy no un camino posible o practicable, sea cual sea, sino el camino; porque es el camino el que conduce a la pacificación del profundo drama que vive el hombre, a veces incluso sin saberlo. Por emplear una palabra que tuvo gran importancia en los comienzos de vuestra historia, diría que la segunda característica de vuestro modo de vivir y anunciar la fe es la decisión, el coraje de arriesgar, de decir ante el mundo, sin rodeos, sin glosas, sin titubeos, que Cristo, sólo Cristo, es la única respuesta a las verdaderas necesidades del hombre, de todo hombre en cualquier época.

De aquí puede surgir una pregunta: ¿cómo pueden coexistir, cómo pueden darse simultáneamente estas dos características? Esta pregunta se impone, ya que todos sabemos que la mentalidad dominante hoy nos enseña que decisión significa intolerancia, que expresar abiertamente la propia convicción se convierte inevitablemente en fundamentalismo, que ser uno mismo significa ser incapaz de respetar la diversidad de los demás. Creo que se trata de una confusión maligna. El coraje cristiano nace de la experiencia personal de Cristo como cumplimiento de la búsqueda personal de significado y nace del convencimiento de que lo que nos ha tocado a nosotros es, o puede ser, la respuesta a las esperanzas de todos y de cada uno. Esa profunda convicción personal genera a su vez apertura, donación y generosidad. La decisión del cristiano en la vivencia y comunicación de las razones de su esperanza, de su entusiasmo se alimenta de pasión por el hombre concreto y, con ello, incrementa una actitud disponible para estar a la escucha de los demás y de sus necesidades. Esta actitud, esta magnanimidad es algo que no se queda dentro de nosotros, no es una realidad pasiva, escondida. Es un factor esencialmente activo y dinámico, porque está lleno de iniciativas hacia quien es diferente de nosotros; se trata, por tanto, de un postura muy alejada de esa indiferencia - de lo políticamente correcto, como se dice hoy día - que se propaga como ideal y que, por el contrario, suele estar (y ahí está la auténtica paradoja) en el origen de tantas prevaricaciones cuyas consecuencias pagan también los cristianos en muchas partes del mundo. (...)

Estas reflexiones me llevan a considerar una tercera característica con la que el Santo Padre en su carta ha querido describir vuestra concepción y experiencia de fe en el mundo de hoy. El respeto al otro no proviene de que se ponga entre paréntesis nada, sino de la manifestación de la propia identidad y pertenencia, y esta actitud nace de una experiencia particular. El Santo Padre habla de “acontecimiento” de un encuentro, es decir, la experiencia de la misericordia de Cristo que nos alcanza a través de los rostros, las palabras, las acciones de muchos otros seres humanos, de muchos otros hermanos nuestros; y en esta experiencia Jesucristo nos ha mostrado a nosotros los primeros su constancia (ese Cristo que no es un camino, sino el camino); Cristo, que nos ha atraído a sí con la paciencia de quien, día tras día, aguarda nuestra conversión. Es Cristo quien ha salido en nuestra busca, ha aparecido en nuestro camino, como ha escrito el Santo Padre en un capítulo de la Tertio Millennio Adveniente y como el mismo don Giussani ha aclarado con una plástica formulación: Cristo mendigo de nuestras almas. Porque sólo Cristo, siendo justo, ha muerto por nosotros, que somos injustos, para que todos podamos ser reconducidos a Dios. Así pues, éste es el origen último de lo que el Papa alaba en vosotros: el acontecimiento de la misericordia de Dios, que nos ha tocado y sigue tocándonos directa y personalmente.

El significado particular que atribuís a la palabra “acontecimiento” os ha enseñado la relevancia que siempre habéis dado a la dimensión objetiva de vuestra fe, de la fe cristiana y de la Iglesia. ¿Qué es el acontecimiento? Algo que viene de fuera, del exterior, es un don que se da y se recibe independientemente de nuestras capacidades o cualidades personales. Es un ofrecimiento, una piedra preciosa que se pone en nuestras manos. Por eso el Papa en su carta proclama las dos grandes características de esta objetividad de nuestra fe: el depositum fidei y quienes son llamados a interpretarlo autorizadamente, es decir, a custodiarlo y a transmitirlo, esto es, el Magisterio del Sucesor de Pedro y de los obispos.

Pero también en este punto emerge algo que la cultura moderna encuentra, como siempre, paradójico: la originalidad de un carisma fecunda hoy una tradición secular; Comunión y Liberación es un estilo nuevo de hablar a los hombres de hoy, pero que emana de verdades antiguas, y esto - dice el Santo Padre - contribuye a «encontrar respuestas adecuadas a los retos y las necesidades urgentes de los tiempos y de las circunstancias históricas siempre cambiantes». (...) No existen contradicciones, y sí, en cambio, comunión, (...) porque todos sacamos de Cristo la energía y la gracia para afrontar la difícil tarea que el Espíritu nos encomienda. Esta comunión es la que da la liberación, porque la comunión con Dios y con los hermanos nos hace libres (...).

De esta libertad, que es al mismo tiempo obediencia y creatividad, ha nacido la ya larga tradición de obras a la que alude el Papa, una tradición hecha del compromiso de muchos de vosotros en la sociedad civil, incluso en el terreno insidioso de la política. A través de este compromiso habéis contribuido (y seguís haciéndolo) a la misión de la Iglesia en Italia y - aunque naturalmente en menor proporción en lo que al número se refiere - en muchos otros lugares, en casi 70 países del mundo, haciéndoos misioneros del Evangelio de Cristo, vivido con sinceridad y fe en el carisma de vuestro fundador. Y yo encuentro significativo que el Santo Padre os haya invitado de nuevo a continuar por este camino, repitiendo las palabras que había pronunciado ya el 29 de septiembre de 1984, durante el encuentro en el aula Nervi, con ocasión del treinta aniversario del nacimiento del movimiento. Entonces dijo el Papa: «Id por todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo nuestro Señor», colaborando - añade el Papa - también con los ámbitos más estrictamente institucionales de las diócesis y de las parroquias. Y hoy este carácter misionero vuestro es una realidad viva y concreta, una realidad por la cual toda la Iglesia y - permitidme que os lo diga - también la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, os está inmensamente agradecida.

Don Giussani, escribiéndoos precisamente a vosotros, miembros de la Fraternidad de Comunión y Liberación, habla del “trabajo inminente” que deriva de esta carta, del «paso extremadamente importante» que la misma exige. Alude a «un momento de responsabilidad [...], cada uno lo puede hacer ordenada, obedientemente, o bien, puede resistirse», y añade: «Todo depende de que nuestra fatiga sea una obediencia serena y, por tanto, constructiva». Por último, reitera la preocupación que siempre le ha guiado en el cuidado de vuestras personas en todos estos años: «Seguir a Cristo, amar a Cristo en todo: esto es lo que debe reconocerse como la característica principal de nuestro camino».

Queridas hermanas y hermanos: el amor que tenemos a Cristo, como reflejo de su caridad hacia nosotros, es el origen de la luz nueva que todos estamos llamados a difundir en el mundo, en cualquier lugar, en cualquier ambiente y circunstancia en que nos hallemos inmersos. El amor a Cristo es lo que nos vuelve pacientes constructores en nuestras familias, en nuestra sociedad, en el ámbito de nuestras profesiones, constructores infatigables en un mundo que, en cambio, parece tender complacido a la destrucción de los fundamentos de la misma convivencia humana. El amor a Cristo es lo que nos puede dar la audacia de encaminarnos hacia «el futuro libremente, aunque los demás no acepten lo que somos» y queremos seguir siendo. La Iglesia nace y renace continuamente en el corazón de los hombres allí donde se instaura este sentimiento de magnanimidad, de apertura, y - prestadme una palabra tan vuestra - donde nace un sentimiento de ternura por Cristo.

No permitáis que nada os desanime. Perseverad en la obra en la que el Espíritu Santo os ha implicado a través de la educación y la enseñanza que habéis recibido de don Giussani. La Iglesia, hoy especialmente, necesita hombres que sepan reconocer ante el mundo que le pertenecen, que pertenecen a la Iglesia, y que están orgullosos de esa pertenencia. La Iglesia necesita hombres que eduquen a los demás hombres, a partir de las generaciones jóvenes, a reconocer en Cristo el «centro del cosmos y de la historia», la piedra angular de una humanidad distinta y pacífica. El camino, el único camino, la única vía que lleva a la vida y que es la verdad.

Que no os falte nunca en vuestro compromiso y sacrificio cotidiano el consuelo del amor y la comprensión de la Iglesia que os ama.

María, la Madre de la Confianza, os asista y os proteja.
Amén