AVSI
Rumanía
Alina. Nadie educa si no es educado
En
1991 fue por primera vez a Italia, de vacaciones con otros niños rumanos.
Después recibió una ayuda para estudiar y aquella compañía
continúa hoy. Más aún, se ha transformado en un trabajo
para ayudar a quienes no conocen la esperanza
Alina Boanca
Me llamo Alina, tengo 27 años. Vivo en Rumania. Soy licenciada
en Teología y Filología y trabajo en Cojasca, un pueblo de rom
(cíngaros), muy pobre, a 40 km. de Bucarest desde hace más de tres
años. Desde 1997, CESAL y FDPSR, socios de AVSI Internacional respectivamente
en España y en Rumania, desarrollan un proyecto de “Apoyo a la escolarización
y atención social y sanitaria para niños gitanos de la barriada
marginal de Iazu”. Trabajo fundamentalmente con chicos de enseñanza
secundaria. AVSI me invitó a Italia para contar mi experiencia en la Campaña
de Navidad dedicada a la educación como factor de desarrollo.
Mientras pensaba qué iba a decir y qué foto iba a enseñar
en los encuentros, tenía presentes a mis niños, sus rostros abiertos
y su deseo de vivir, y me decía: «¡Cómo han cambiado! ¿Qué mayores
se han hecho! ¿Qué será de ellos?».
Preguntas y afirmaciones referidas a mi vida que ya había escuchado hace
diez años de los labios de un amigo, que es como un padre para mí y
que me decía: «¿Qué será de ti, hija mía?».
No puedo hablar de mi actual trabajo sin hablar de mi encuentro con el movimiento
hace años, porque sin este encuentro no sé dónde estaría
hoy y muy probablemente no llevaría a cabo el trabajo que hago ni lo haría
así.
Acogida y familiaridad
Estuve en Italia por primera vez en 1991, durante aquellas “famosas” vacaciones
de niños y adolescentes rumanos que organizó Familias para la Acogida.
Esto nos permitió salir de Rumanía, cosa impensable durante el
comunismo. Lo que tengo muy presente ahora, después de 13 años,
es la sincera y calurosa acogida de la familia que me hospedó y de sus
amigos (aunque yo era una extraña). Fue una familiaridad inmediata y percibí una
mirada... que no lograba explicarme (no sé si por una dificultad inducida
por el comunismo o por qué). Mi única preocupación era conocer
a estas personas y aprender italiano para poderme comunicar mejor con ellos... ¡porque
intuía que era algo que no me podía perder! Después fui
conociendo a otros que venían a vernos a Rumanía y cada vez veía
más claro que había algo distinto en ellos, que hacía que
yo también me sintiera a gusto, ¡hasta el punto de que quise dejar
otra compañía para entrar en ésta! Cuando les conocí no
pensé: «He encontrado a Cristo presente aquí y ahora a través
de estos rostros». Sencillamente, había encontrado una humanidad
especial, a la cual ahora puedo dar Su nombre.
Es un camino que ha ido adelante durante años, jalonado de relaciones
y personas concretos, con altibajos, incomprensiones y gratitudes, que ha marcado
mi vida hasta llegar a juzgar las decisiones que tomo y que marca también
el trabajo. Yo quiero que sea para siempre.
Ayuda para estudiar
Antes de empezar a trabajar, cuando hace tres años fui por primera vez
al pueblo rom de Cojasca, me impresionó la gran miseria: cabañas
de tierra y barro, sin agua corriente o servicio, muchas sin electricidad, etc.
Pero, me llamaron la atención las personas, en cuyos rostros sólo
se leía una profunda tristeza. Vivían “al día”,
sin esperanza o deseos para el mañana, gente embrutecida y envejecida
prematuramente. Y un montón de niños por doquier, trabajando junto
a sus padres con las manos y los pies enfangados, o jugando con un hacha de madera
a modo de raqueta o con una goma vieja atada con dos cuerdas a la rama de un árbol
a modo de columpio.
En semejante contexto de pobreza era evidente que había que llevar comida
y ropa, pero hubiera sido insuficiente para llevarles un poco de felicidad y
dignidad. La única esperanza de una ayuda real y de un cambio podía
venir sólo de una educación, no en términos genéricos,
con bellos discursos, sino ayudando concretamente a los niños y jóvenes
a ir al colegio.
Si bien al principio los padres mandaban al colegio a sus hijos sólo por
lo que podían recibir de AVSI (alimentos, ropa, zapatos, material escolar),
poco a poco los chicos fueron descubriendo que podían aprender a estudiar
y descubrir una realidad más bella e interesante (cuánta alegría
cuando les llevamos de excursión, al ver por primera vez un teatro, una
empresa, el mar o al comer en Mc Donald’s).
Fiestas de cumpleaños
Lo que nuestros chicos han empezado a entender es que hay alguien que piensa
en ellos y quiere su bien (pienso también en todos los benefactores italianos
que escriben a sus apadrinados y con amor y discreción les ayudan a crecer),
y que ellos valen y no son “un caso”. Por ejemplo, me acuerdo de
las primeras fiestas que organizamos por sus cumpleaños, porque muchos
de ellos con 12 ó 13 años no sabían su fecha de nacimiento.
El fin de estas fiestas no era sólo ayudarles a aprender el día
de su nacimiento, sino decirles: «¡Es un bien que tú existas!».
Lo que necesitan los niños de Cojasca es sentirse queridos y valorados
por lo que son, y sobre todo, sentirse acompañados... ¡como todos!
Cada vez veo más claro que no estamos en Cojasca para resolver los problemas
de la gente (¿quiénes somos para ello?), sino para sostener su
esperanza, conscientes de que lo que hacemos es sólo una frágil
semilla enterrada. ¡Sólo Dios sabe quién, como y cuándo
se recogerán los frutos! Esto permite que Dumitru, un chico de Secundaria
diga: «Cómo me alegro de que existáis y penséis en
mí, y me ayudéis en lo que necesito. De mayor quisiera ser médico
para ayudar a los enfermos. Vuestro apoyo me da la esperanza de lograrlo. ¡Sois
mis mejores amigos!”.
Mirela, Cristina
y todos los demás
Mirela, una chica que hace 1º de bachillerato escribía a sus benefactores
italianos: «Aunque no os conozco, sé que tenéis un gran corazón
y queréis hacer de nuestra juventud personas con la cabeza sobre los hombros.
Por esto quiero dar las gracias por haber entrado en nuestras vidas. Habéis
hecho realidad mi sueño de ir al instituto. Quiero que sepáis que
cuando sea mayor y trabaje, yo también ayudaré a los jóvenes,
igual que vosotros». Y Cristina: «Gracias a vosotros puedo comprarme
los libros y pagarme el autobús para ir al instituto y puedo seguir estudiando
para ser sastre. ¡Os prometo que me voy a dedicar a mi oficio en cuerpo
y alma por la estima que os tengo!
¡
Qué verdad tan grande! También fue así para mí. Cuando
estaba en segundo de carrera estuve a punto de dejarlo para ponerme a trabajar:
la pensión de mi padre no bastaba y mi madre había muerto hacía
años. Mi gran amigo (al que me referí antes), me dijo que siguiera
estudiando, que él me ayudaría. Aunque no fue fácil aceptarlo,
lo hice por la estima que tenía –y tengo– hacia él
y porque me hizo entender que estaba dentro de una relación humana mucho
más grande, que me ayudaba a crecer, y no se reducía a una cuestión
de dinero. Nunca había experimentado una estima así hacia mi vida;
me daba confianza en el futuro, al tiempo que me hacía estar contenta.
Así, el 30 de junio de 2000, cuando me licencié, mis amigos italianos,
que me habían acompañado durante todo este tiempo, me dieron una
tarjeta en la que ponía: «Enhorabuena por los resultados que has
obtenido. Te deseamos que permanezcas en esta compañía, porque
el mundo no necesita sólo buenas licenciadas, sino sobre todo mujeres
auténticas».
Campaña de Navidad
En las dos semanas que he estado en Italia he tratado de decir estas cosas y
de reconocer lo afortunada que soy por haber encontrado una compañía
así, «con estima recíproca, con una esperanza compartida,
con amor el uno hacia el otro, algo que era inconcebible antes». Aquí tengo
la posibilidad continua de ser educada, porque, si bien es cierto lo que dice
don Gius de que «nadie genera si no es generado», ¡también
es cierto que nadie educa si no es educado!