AVSI
Brasil
Dinho. «Nosotros no somos la favela»
Un
encuentro de jóvenes y la vida cambia. Se abre la posibilidad de estudiar
y, después, de trabajar. Un acercamiento completamente diferente a las
situaciones
de pobreza brasileñas, que del fango de las favelas extrae la dignidad
de la persona
José Eduardo Ferreira Santos
Conocí el movimiento en los años 90 a través del padre João
Carlos Petrini. Tenía 16 años. Desde entonces mi vida dio un vuelco.
He podido estudiar y licenciarme en Pedagogía, ayudado por mi amigo y “padrino
espiritual” Giancarlo Baccalini, amigo de don Luigi Valentini (Gigio);
ahora estoy haciendo un master y tengo un nuevo trabajo, muy intenso e importante.
Tengo buenas condiciones de trabajo y un salario con el que puedo mantenerme
y ayudar a mi familia y me doy cuenta de que mi vida se está realizando
en todos sus aspectos: afectivo, vocacional, laboral, de intervención
en la realidad social y cultural de mi país. Desde 1996, a instancias
de Petrini, he trabajado en el campo académico, mantenido por la Asociación
Humano Progreso que sostiene la familia Abbondio. En 1999 se inauguró el
Centro Educativo Juan Pablo II donde trabajé durante tres años,
tras los cuales comencé el Master de Psicología del desarrollo
de la FUBA. Al término del master, Fabrizio me invitó a trabajar
en el Programa Ribeira Azul en Salvador de Bahía como Agente para la formación.
Se trata de un proyecto metodológico-educativo, que comprende casi 70
proyectos sociales en el área de las favelas de Novos Alagados y que implica
a más 130.000 personas. El objetivo es mejorar la calidad de vida de un área
que ya ha sufrido varias intervenciones infructuosas.
Nuevas referencias
a Novos Alagados
Trabajé en el centro educativo Juan Pablo II de Novos Alagados, un centro
de AVSI, como coordinador pedagógico. Propuse una educación integral
basada en la experiencia de encuentro que yo mismo había experimentado
con el movimiento de CL, teniendo presente las realidades particulares de casi
360 niños y adolescentes de Novos algados. Mi labor era ayudarles a aprender
a leer y escribir, proponiendo actividades cuyo objetivo era entrar en contacto
con toda la riqueza cultural y la tradición de Bahía y del Brasil.
El trabajo educativo introdujo nuevas referencias positivas en la realidad de
la favela, caracterizada por la criminalidad, el uso de las drogas y la violencia,
por medio de encuentros significativos con la cultura y el estudio. Actualmente,
trabajo con una socióloga bahiana, Bethânia, con el apoyo de Maria
Grazia Figini y Benedetta Fontanadi de AVSI, para realizar un apoyo metodológico
y educativo a los proyectos sociales existentes en el área de Alagados,
Novos Alagados y Península de Itapagipe.
Riqueza humana y social
El trabajo es muy intenso y lo que marca la diferencia es la aplicación
del método de AVSI en todo el proceso formativo y en los proyectos sociales,
que se basa en la centralidad de la persona, en el hacer con y en la positividad.
Es impresionante descubrir la riqueza de la realidad humana y social, tan distinta
de la que emerge de los discursos asistencialistas promovidos por los gobiernos,
que tienden a reducir la pobreza a una carencia, a una negación. Estoy
contento con mi trabajo en este área porque, además de lo ya expuesto,
nuestro Papa Juan Pablo II se refirió a ella con afecto tras su visita
a la zona en 1980 y sigue acordándose de la gente de aquí.
Comprensión del problema
La situación de pobreza de las personas con las que trabajo me hace sufrir
y me ha espoleado a comprender más a fondo el problema. Quiero destacar
cuatro aspectos: el gran número de adolescentes que mueren a manos de
la policía o de los criminales, el incremento de la violencia en las favelas
y en las grandes ciudades, que está reduciendo los espacios de encuentro
y convivencia, el desempleo y el bajo nivel de la educación brasileña.
A pesar de esto, sigo teniendo esperanza, porque veo que se están haciendo
muchos esfuerzos a todos los niveles. Creo que cualquier cambio deberá partir
del sujeto, del encuentro con las personas concretas, no simplemente de las investigaciones
y estadísticas gubernamentales. Y encontrarse con la persona concreta
significa satisfacer su necesidad principal, que es la de ser respetada en su
dignidad. En mi trabajo cotidiano he aprendido que para mirar a otro hay que
tener presente su historia y su modo de interactuar con la realidad. Los pobres
están mucho más organizados y son mucho más protagonistas
de su vida de lo que piensan los políticos y estudiosos. Poseen una fuerza
y una esperanza que superan cualquier dificultad o límite, llegando a
realizar obras con energía y dedicación, como el pelícano
que alimenta a sus hijos con su carne. He comprobado que hay un enorme patrimonio
de experiencias y una riqueza en la vida de las personas en situación
de pobreza y mi deseo cotidiano es que su vida se realice y dé fruto su
potencial humano. He aprendido con mis amigos a mirar las cosas así, viendo
que la persona no está determinada por su situación económica
y social, sino por el hecho de tener exigencias de dignidad comunes a todos los
hombres, lo que significa que, como les solía decir a los jóvenes
del centro educativo, «nosotros habitamos las favelas, pero no somos la
favela».
Desarrollo integral
de la persona
La vía de salida para Brasil no vendrá de un hombre solo o de un
programa asistencial. Me parece que la tarea de un gobierno consiste en favorecer
el desarrollo social actuando de modo que su pueblo pueda existir y crecer a
través de la educación, el trabajo y el acceso a la vivienda. Mi
experiencia me indica que el camino es favorecer las condiciones que permitan
el desarrollo integral de la persona, dentro de un encuentro humano que abra
nuevas posibilidades de existencia. Esto es, hay que reconocer que la persona
está en el centro de cualquier acción. Sin esta visión,
cualquier acción puede convertirse en una sometimiento instrumental de
la persona misma a un poder que dicta órdenes. Para evitar el asistencialismo –tan
típico de los gobiernos brasileños– es necesario mirar a
las personas y las obras que ponen en marcha para comenzar a responder a sus
necesidades.