Tailandia
De vacaciones en Phuket
En la arena blanca, la semilla de una amistad
nueva
Del 17 al 24 de enero tuvieron lugar las primeras
vacaciones
de la comunidad asiática. Cincuenta y dos personas, niños incluidos,
procedentes de nueve países asiáticos, rezaron, jugaron y realizaron
excursiones. En nombre de Cristo
Malou Samson
Llegó como una chispa de inspiración, como un sueño demasiado
hermoso para no intentarse. Si podíamos ir a La Thuile o a Rímini
para estrechar y renovar cada año los vínculos con los amigos del
movimiento, ¿por qué no llevar ese mismo acontecimiento hasta Asia,
en donde la mayoría de nosotros vive y trabaja?
Y esto es lo que sucedió. Ante la noticia de que don Ambrogio vendría
a Burma a mediados de enero para los Ejercicios espirituales de los sacerdotes,
pensamos que sería el momento perfecto para organizar unas breves vacaciones,
y así podría acompañarnos en nuestro primer intento de reunirnos.
No pudimos resistirnos a la hora de elegir el sitio: Phuket, Tailandia, conocido
en todo el mundo por sus arenas blancas y su sol radiante. No sabíamos
al principio el trabajo ingente que sería reunir, planificar y coordinar
juntos fechas distintas de vacaciones, cambiar constantemente los horarios de
los vuelos y los hoteles ya reservados (nos hallábamos en pleno Año
nuevo chino, el evento más frenético y esperado en la mayoría
de las naciones asiáticas), así como conseguir que cincuenta personas
(treinta y siete adultos y quince niños de entre uno y diecisiete años)
de distinto tipo, condición y orientación (teníamos cuatro
sacerdotes, dos Memores Domini, una monja, dos abuelos, un soltero, muchos matrimonios
y hasta una embarazada) pudiesen reunirse.
Lugar ideal de vacaciones
El trabajo de coordinar todo recayó sobre las espaldas y sobre las hábiles
manos del P. Mauro Bazzi, que infatigablemente y casi en solitario organizó todo:
desde los vuelos a las reservas hoteleras, los traslados y las comidas. Es un
misionero capuchino que vive en Tailandia desde hace casi ocho años y
habla tailandés estupendamente, cosa que resultó muy útil
cuando tuvimos que negociar los mejores precios y servicios según nuestro
presupuesto. El hotel que había elegido era perfecto: el Kata Beach Resort,
a tres cuartos de hora del aeropuerto y con arenas blancas hasta la puerta de
las habitaciones, respondía totalmente a nuestra idea de lugar de vacaciones
tranquilo y reposado.
Y todo salió bien. ¡Más que bien! Muchos de nosotros no nos
conocíamos (procedíamos de nueve países distintos: Tailandia,
Filipinas, Malasia, Singapur, Hong Kong, Taiwán, Shangai / China, Corea
del Sur y Japón). Algunos trajeron consigo nuevos amigos del movimiento
(Bird y Reiko de Shangai), mientras que otros hacía años que no
se veían. Como Carlo y Pina, establecidos ahora en Corea, y Malou, que
se habían conocido durante su breve estancia en Manila, en 1999, cuando
Pina oyó hablar por primera vez de la amistad de CL. Otros habían
traído a sus familias: Paolo e Iris y Hermes y Diana habían traído
a sus hijos, mientras que el grupo de Shangai, encabezado por Francesco, Alessandro,
Massimo y Omar, formaba la más grande y formidable delegación con
veintiséis participantes. Otros, en cambio, habían venido solos
(en esta circunstancia estaban Germana, Anna y Lucio y Lara, que esperan su primer
hijo). También teníamos misioneros (el padre Giuseppe y la hermana
Giovanna), que llegaron desde sus destinos perdidos en Filipinas. Pero había
un hilo común que empujaba a este grupo heterogéneo de personas
a encontrarse y a vislumbrar en cada rostro alegre una cierta pero innegable
sensación de conocerse con anterioridad. Era el rostro de la auténtica
amistad del movimiento, vivida y gozada en compañía de personas
que sabíamos eran nuestros compañeros de viaje en la vida. Significaba
entrar en una unidad más grande en la que cada uno formaba parte del otro.
Los amigos budistas
Cada momento vivido juntos, tanto en la oración (empezábamos cada
día rezando y lo terminábamos con la celebración de la misa)
como en la diversión (interminables baños en el mar, paseos a lomos
de elefantes, excursiones a las islas, visitas turísticas, cenas a base
de marisco y cantos) brillaba con una plenitud que no se experimenta habitualmente
en unas vacaciones normales. Quizá derivaba del calor de una amistad totalmente
viva, que palpitaba con el ritmo asiático, y sin embargo auténtica
y maravillosamente de CL, una amistad abierta, sin límites ni fronteras.
O quizá de la disponibilidad de cada uno a descubrir, aceptar y estrechar
nuevas amistades o a reavivar otras, como demostró la presencia de Wakako
y de Yasuhiko, nuestros amigos budistas de Nagoya, en Japón, que, a pesar
de sus frenéticos compromisos laborales, decidieron venir desde tan lejos,
aunque solo pudiesen quedarse dos días. Estaban constantemente impresionados
por la calurosa acogida que cada uno les dispensaba y por el sentido de “familia” que
percibieron desde el principio.
Pertenecer a la misma historia
Meditando sobre la carta de Giussani al Santo Padre (con ocasión del vigésimo
quinto aniversario de su pontificado) y sobre su editorial en Avvenire («Una
alegría racional y posible: nuestra indestructible compañía»)
encontramos una hermosa coincidencia con la razón que nos había
empujado a juntarnos, a estar “en compañía de Cristo”.
Mientras escuchábamos a don Ambrogio que nos recordaba que «Dios
no se ha cansado de nosotros», nos venía a la mente el hecho de
que muchos de nosotros habían osado viajar, alejarse de su tierra miles
de kilómetros y llegar hasta Asia para cumplir nuestro destino y descubrir
que no estábamos solos. Después de apresurados intercambios de
direcciones de e-mail, números de teléfono y promesas de escribirse
y seguir en contacto, nos detuvimos en la entrada del hotel para despedirnos
de nuestros amigos, saboreando los últimos momentos juntos. Todos los
adioses conmovidos y los apasionados abrazos nos daban la certeza de pertenecer
todos a la misma historia, la que había comenzado con Jesús y sus
apóstoles hacía dos mil años y que se revelaba ahora a cada
uno de nosotros, en este maravilloso acontecimiento, en esta experiencia de novedad.
Al final todos volvimos a casa morenos, sonrientes, y con una alegría
en el corazón resultante de unas vacaciones distintas de las demás.
Por eso todos estuvimos de acuerdo en repetirlas una vez al año y ya esperamos
las próximas con impaciencia. Mientras, el movimiento en Asia sigue creciendo,
no solo en dimensiones y numéricamente, sino también en profundidad
y comprensión de lo que significa ser verdaderamente humanos, ¡verdaderamente
cristianos!