Entervista
a Luigi Campiglio, profesor de Economía Política
Estar bien, estar mal. A propósito de desarrollo
Con el vicerrector de la Universidad Católica
de Milán hablamos del bienestar concebido como calidad de vida en la relación
con los demás, lo cual implica una forma diferente de concebir la economía
a cargo de Maurizio Crippa
«El hecho de que seamos más ricos como media hace que el bienestar
se convierta en algo más matizado. Ciertamente es bienestar material,
pero, pensando en la experiencia histórica de nuestro país, creo
que el bienestar implica el entusiasmo de poder mirar al futuro, plantearse objetivos
y poder realizarlos. El bienestar es satisfacción. En un plano más
maduro es ser consciente de lo que se desea y poder realizarlo. Obviamente, hay
también una componente material, porque está claro que hay poco
de lo que estar satisfecho si una familia está en una situación
de sufrimiento, de carestía». El profesor Luigi Campiglio, vicerrector
de la Universidad Católica, es profesor de Economía Política.
Reflexionar sobre los principios que regulan los hechos y el desarrollo económico –y
también la convivencia social, por cuanto determina las condiciones materiales– forma
parte de su tarea como investigador. Le entrevistamos para pedirle ayuda a fin
de definir en términos de buena economía –es decir, no abstractos– qué se
debe entender por bienestar, y más aún, por “bien social”,
en un momento en que en Italia (aunque no sólo ella), parece que el bienestar
disminuye para muchas personas y la idea de “bien común” casi
se ha perdido. El profesor Campiglio aborda sin tapujos estas cuestiones: «Se
está bien o se está mal necesariamente junto a otros. El bienestar
es una cualidad del vivir, del estar satisfechos junto a otros. Es un punto importante:
a menudo se habla y se teoriza acerca de las sociedades individualistas, cuando
en realidad no son tales».
¿
Cómo es eso, profesor? Hoy dominan por doquier las teorías liberales,
fuertemente individualistas...
Pero es un individualismo un tanto curioso. Una visión puramente individualista
de las relaciones significa que la satisfacción se realiza cuando uno
prevalece sobre otro, domina a otro. Así pues, debe haber algún
otro... En cualquier visión individualista del bienestar están
los otros, aunque sólo sea como engorrosos competidores a eliminar, o
bien como partícipes de nuestra satisfacción. La misma pasión
política, el mismo acto de votar, la democracia, no se explican si no
dentro de una red de relaciones.
Según su parecer, ¿existe un modo diferente de pensar la economía
y el desarrollo?
Existe... o mejor, anida entre las cenizas. No es que no exista, pero tampoco
se puede afirmar que sea evidente. Pongo un ejemplo. El crecimiento del producto
interior bruto per capita está destinado a chocar contra un techo, un
límite superior. Entonces la idea de bienestar, de desarrollo, inevitablemente
pasa a un segundo plano cualitativo. La calidad de vida es un término
huidizo, pero no por ello menos pertinente: es la dimensión que nuestros
actuales criterios de medición económica tienen dificultad de captar,
pero que será cada vez más central. Y la calidad de vida está hecha
de cosas que a veces son imposibles de monetizar: la atención humana que
una enfermera puede dedicar a un paciente puede tener una calidad extraordinaria,
pero imposible de medir con cualquier tipo de indicador clásico. También
la teoría económica está razonando con creciente intensidad
sobre el hecho de que la calidad de la vida, a partir de cierto momento, prevalece
sobre la cantidad. Otro ejemplo: la alegría que puede derivar de ver un
partido solo o en compañía es evidentemente diferente. Sin embargo,
la teoría económica actual nos dice que debería ser la misma.
Metáforas aparte, ¿en qué medida puedo gozar, estar satisfecho
de algo, si otros quedan excluidos?
La tradicional doctrina social de la Iglesia habla del principio de solidaridad.
Exactamente. En la peor de las hipótesis individualistas, los pobres al
menos “nos aguan la fiesta”. Es imposible ignorarles del todo. Como
mucho, se pueden exorcizar: se puede decir que si son pobres es culpa suya, que
demuestren lo contrario... Pero aquí, además de la solidaridad,
entra en juego también la confianza.
¿
Por qué la confianza?
Es como si estuvieras ante un acusado: uno es inocente salvo que se pruebe lo
contrario, y paga los gastos quien acusa. En las sociedades modernas este aspecto
es la base del derecho, pero la teoría económica lo ignora por
completo. Sin embargo, es central, por ejemplo en el debate sobre el estado social. ¿Sobre
quién recaen los gastos de la prueba? ¿Es el pobre quien debe demostrar
su “inocencia”? ¿O soy yo quien debo asumir en primera persona
que si es pobre puede haber algún motivo? Por eso hablaba de confianza:
significa que en primera instancia se debe confiar, es decir, dar una posibilidad.
Si después esta confianza es traicionada o desperdiciada, entonces no
habrá otra oportunidad, lo que quiere decir que existe también
un problema de equidad.
Equidad es otra palabra clave para el bien social...
Pongo otro ejemplo, muy en boga en la teoría económica. Supongamos
que tenemos que dividir 100.000 euros. Usted propone: 50.000 para usted y 50.000
para mí. O bien, puede proponer: quedarse con 99.000 euros y darme 1.000.
Si yo acepto, en el primer caso tomo 50.000, en el segundo 1.000; pero si no
acepto, ninguno toma nada. Desde el punto de vista del puro comportamiento racional,
yo debería aceptar cualquier propuesta que usted hiciera, aunque sólo
tomara 1.000, pues siempre es mejor que nada. En cambio –y sobre esto se
han realizado muchos experimentos y estudios– más allá de
un determinado umbral, si usted hace una propuesta injusta, yo respondo que no,
no lo acepto, allá penas... Esto significa que la equidad es un valor
tan importante que yo no acepto la prepotencia. Quiere decir, y así volvemos
al bienestar, que yo estoy mejor no sólo porque tengo dinero, sino porque
tengo dinero que se reparte de forma razonable.
Y tal vez también sea importante un buen pensamiento sindical...
Es un pensamiento vinculado al hecho de vivir juntos. Hay un dicho en economía: «No
hay comidas gratis». Pero nos podríamos inventar otro: «No
hay comidas si comes solo».
Para aterrizar en nuestros días, hay quienes han tratado de comerse todo
solos, o han pensado que no debían hacer cuentas con el bien de todos...
Pero aquí entra un aspecto moral decisivo: no existe mecanismo de ningún
género que sea capaz de prevenir el fraude sistemático en sociedades
que han perdido un sentido de la ética. Es cierto que se pueden rehacer
las normas, pero no es suficiente.
Muchos indicadores, también en el super-desarrollado EEUU, hablan de una
abismo entre ricos y pobres que se está ampliando...
En parte es cierto, pero debemos subrayar que EEUU, incluso en medio de conflictos
sociales, sigue siendo un país donde a un pobre le es posible prosperar,
hacer fortuna. No es casualidad que entre los países grandes sea el más
joven. Es el lugar donde mayor confianza se le da al pobre.