Mineápolis.
Hyatt Regency Hotel Por qué la Iglesia
Haced lo que Él os diga
Proponemos algunos pasajes del testimonio del arzobispo
de Boston en la presentación de Why the Church? en el curso de la conferencia “La contribución
de la Iglesia en la
búsqueda de la libertad” el pasado 19 de enero
Sean Patrick O’Malley
Sin la verdad
no puede existir la libertad. Y sin libertad
no puede existir
el amor. Esta es la razón de que la Iglesia se preocupe tanto de la libertad.
Nosotros tenemos la misión de conducir a las personas a la verdad, para
que puedan ser libres, para que podamos construir juntos una civilización
del amor. Verdad y libertad son amenazadas hoy por una cultura profundamente
hostil. Durante siglos el gran ideal de la fe católica ha sido el martirio.
En nuestros altares tenemos todavía la piedra del mártir para recordarnos
cómo nuestros antepasados espirituales se reunían en las catacumbas
para celebrar la Eucaristía y celebraban los divinos misterios sobre la
tumba de los mártires. Esos mártires que daban testimonio de la
verdad, y eran tan libres en su vida que sabían donar su vida misma en
un acto supremo de amor. (...) En esta época irracional seremos convincentes
para los demás solo a través del martirio de la santidad, del martirio
de la abnegación.
La religión del relativismo
Hoy en día el relativismo es la religión de los medios de comunicación,
y también de la estructura educativa, como pone muy bien de manifiesto
Allan Bloom en The Closing of the American Mind (El final de la mente americana).
Hoy estamos produciendo escritores, periodistas, profesores y dirigentes que
abrazan esta nueva religión del relativismo. Quizá nuestra idolatría
de la libertad nos ha llevado a creer que cada uno de nosotros puede escoger
su verdad, porque se rechaza la verdad como absoluto considerándola demasiado
limitadora y demasiado exigente con respecto a la autonomía del yo.
La aproximación tradicional católica a la vida intelectual para
la gente es fides quaerens intellectum –fe que busca la razón–.
Hoy la crisis es más compleja. Tenemos una crisis de fe. La gente está dispuesta
a creer casi en todo. Es una crisis de credulidad. La religión es reducida
a vagos sentimientos tipo new age, a una pequeña voz interior, a un pequeño
ritual.
La crisis, más que la pérdida de la fe, es a menudo una desintegración
de la razón entre las clases dirigentes, los jueces, los escritores, los
profesores y los expertos. La razón es la materia sobre la que opera la
forma de la fe. La fe perfecciona la razón análogamente al modo
en que un escultor perfecciona la obra. Pero si la piedra se despedaza, la forma
se desvanece en el aire. Si se pierde la razón, solo sobrevive una fe
ficticia, ilusoria, como una nube de polvo o un sentimiento vago, incierto.
Babel y Pentecostés
En mi opinión, las dos ciudades de Agustín encuentran su equivalente
bíblico en la oposición entre Babel y Pentecostés. En Babel
el pueblo había rechazado el plan de Dios, y se había reunido para
satisfacer sus propias ambiciones y sus vanidades egoístas. El Espíritu
descendió sobre ellos y confundió sus lenguas. De forma repentina
las personas no lograban entenderse entre ellas. No conseguían comunicarse.
Abandonaron su proyecto y se dispersaron por toda la tierra.
Pentecostés es la imagen especular de Babel. Jerusalén está llena
de extranjeros, peregrinos procedentes de todos los rincones del mundo mediterráneo.
Después de que los discípulos han recibido el don del Espíritu
Santo, los extranjeros de todos los países les entienden, oyéndoles
hablar cada uno en su propia lengua, y ellos anuncian a todos las maravillas
del Señor.
La vanidad y el egoísmo del hombre son los componentes de la Torre de
Babel. La falta de comunicación y la confusión de las lenguas son
las características de nuestro prometeísmo, de nuestro individualismo
moderno que pisa el bien común y subordina todo a la ganancia y al interés
personal.
La experiencia de Pentecostés no elimina nuestras diferencias, pero nos
une al profesar una sola fe, en una sola lengua, la lengua del Espíritu,
la lengua del amor. Los que pertenecen a la Ciudad de Dios son los constructores
de la civilización del amor. Hace algunos años, Juan Pablo II reunió a
todos los movimientos apostólicos en una magnífica celebración
de Pentecostés, para destacar que los movimientos existen para ayudarnos
a salir de una mentalidad cerrada e invitar a todos a unirse a los discípulos.
Descripción de los cristianos
Uno de mis documentos preferidos entre los textos de la Iglesia de los orígenes
es la preciosa carta a Diogneto, escrita en torno al año 150 d.C., en
la que el autor describe de esta forma a los primeros cristianos a un noble gentilhombre
pagano: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni
por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno
establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni
viven un género de vida singular. (...) sino que habitando en las ciudades
griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo
los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida
y a las demás cosas de la vida...».
Y prosigue: «Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a
los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero
no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía
es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida
superan las leyes. Aman a todos...».
Vivimos en una época histórica en la que los creyentes serán
nuevamente señalados como esa extraña gente que no mata a su prole,
esa gente rara que pone en común la mesa, pero no el lecho. Nuestro desafío
es ser campeones del Evangelio de la vida, defensores de la sacralidad del matrimonio
y de la familia y promotores del bien común. Y cuando hacemos estas cosas
estamos construyendo la civilización del amor.
Olvidar a Dios es muy peligroso. Nosotros somos hoy católicos porque Cristo
nos mandó que nos reuniéramos en torno a la Eucaristía: «Haced
esto en memoria mía. No olvidéis nunca mi amor. Cuando dos o tres
se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Pertenecer a una comunidad de fieles es el mejor modo de hacer memoria de Dios
y de alimentarnos del Evangelio de Cristo y de sus sacramentos, para que, en
la unidad con nuestros hermanos y hermanas, podamos cumplir la misión
que se nos confía. (...)
Estar en relación con Dios y con una comunidad de fieles es lo que nos
permite descubrir la verdadera libertad en nuestra vida.
Hay dos escenas del Evangelio que siempre cautivan. Una es cuando Jesús
se encuentra con sus discípulos y está con ellos, y después
comienza a alejarse de ellos. Otra es el episodio de Emaús, probablemente
el más familiar para vosotros, en el que Jesús está caminando
con los apóstoles y discute con ellos acerca de las Escrituras. Y, cuando
llegan a Emaús, Jesús hace ademán de seguir. Y los discípulos
le dicen: «Mane nobiscum Domine», quédate con nosotros, Señor.
Jesús quiere ser invitado, quiere ser deseado.
Libertad y obediencia
Cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, lo hicieron porque deseaban
ser como Dios y tener plena libertad. El deseo de sustraerse a la dependencia
original les hizo desobedientes. En realidad Cristo «no hizo alarde de
su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la
condición de esclavo, y así se rebajó hasta someterse incluso
a la muerte, y una muerte de cruz». Cristo, que era verdaderamente libre,
eligió obedecer.
En una ocasión el gran teólogo americano Archie Bunker, discutiendo
con su yerno Meathead, hizo un comentario despectivo con respecto al pueblo judío,
y Meathead le recriminó diciendo: «Recuerda, Archie, que Cristo
era judío», Y Archie respondió: «Sí, pero solo
por parte de madre». María es el sendero hasta Dios. Ella es el
modelo de todo discipulado. Acogió libremente la voluntad de Dios y cambió el
curso de la historia. Cuando Dios llama a la puerta del corazón del hombre
es María la que abre esa puerta. Ella dice “sí” a Dios
libremente.
Hans Urs Von Baltasar, que inventaba siempre grandes términos teológicos,
habla de «Theologie auf Knien», teología de rodillas, y describe
el fiat de María con la estupenda expresión alemana geschehenlassen
des Ja, el dejar que suceda el “sí”. (...)
Permiso para entrar
¿
No está quizá la libertad en esto –en dar a Dios permiso–,
en el geschehenlassen des Ja, en el “sí” que permite a Dios
entrar en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestra historia? (...)
La primera palabra de María en el Evangelio es aquel “sí” a
Dios, su fiat: «Hágase en mí según tu palabra».
Y sus últimas palabras en el Evangelio son las del Evangelio que escuchamos
ayer, el de las bodas de Caná, que son las palabras que están escritas
en mi anillo, mi lema episcopal: Quodcumque dixerit facite, «Haced lo que él
os diga». (...)
La primera palabra de María es “sí”, y su última
palabra es la invitación que nos dirige a decir “sí”.
Y a poner en práctica esta palabra, a dar permiso a Dios. Es la obediencia
de la fe de la que habla siempre san Pablo. (...)
Como dice a menudo nuestro Santo Padre, nosotros nos realizamos como hombres únicamente
cuando nos donamos. Sólo el que es libre puede hacer este gesto de dedicación
total.
Cuando Cristo invitó al rico a seguirle y a hacerse su discípulo, éste
no fue capaz, porque estaba demasiado ligado a sus bienes materiales. Se había
vuelto esclavo de su riqueza. Su corazón estaba con su tesoro, encerrado
en algún banco suizo. Aquel hombre era rico, pero no era libre. Y se marchó triste.
Y permaneció anónimo.
La Iglesia debe conducir a la gente a la verdad que es Cristo. La verdad nos
hará libres. Y con esa libertad podemos amar de verdad.
(apuntes no revisados por el autor)