Cómo
se vive al otro lado del océano
La calidad de vida en el modelo americano
En EEUU un pobre, si es competente
y capaz, tiene la oportunidad de cambiar su
condición social, aunque pocos lo logran. La inestabilidad, la movilidad
y la competitividad caracterizan la sociedad norteamericana, así como
una fuerte degradación de los vínculos familiares. Primero de dos
artículos
Giorgio Vittadini
Para entender dónde reside el auténtico bien común
de la sociedad italiana y cuál es el estado del bienestar de los italianos
no resulta superfluo echar un rápido vistazo a EEUU. Nos detendremos en
algunos indicadores que afectan a la calidad de vida, como la distribución
de la renta, el bienestar y los estilos de vida.
La clase rica americana posee una tasa de renta ligeramente superior a su equivalente
italiana, pero la diferencia no es relevante, como demuestra el índice
de desigualdad más conocido (el índice Gini): 40,8% frente a 36%.
En cambio, otras fuentes tienden a mostrar una diferencia más marcada
entre los más ricos y los más pobres en EEUU que la que se constata
en Italia. En cualquier caso, descomponiendo los datos descubriríamos
que las mayores diferencias en Italia se dan entre áreas geográficas,
mientras que en los Estados Unidos se verifican fuertes desigualdades económicas
dentro de las mismas ciudades. Allí, el propio modelo de desarrollo prevé una
neta divergencia económica entre quienes tienen éxito y quienes
no. Como dice el profesor Campiglio a Huellas en su entrevista publicada en este
número, ello no significa conservadurismo o cerrazón. En EEUU,
más que en ninguna otra parte del mundo, un pobre competente y capaz tiene
la oportunidad de cambiar su condición económica y social por medio
del estudio y el trabajo. Todo, desde el ingreso en las mejores universidades
hasta la posibilidad de acceder a los mejores trabajos, tiende a estar vinculado
teóricamente a las capacidades y la competitividad. Para que te admitan
en una universidad estadounidense hay que realizar un examen nacional gestionado
por la Universidad de Princeton. Quienes obtienen una mayor puntuación
son elegidos por las mejores universidades. Posteriormente, las mejores empresas
eligen a los mejores licenciados. En el trabajo y en cualquier aspecto de la
vida económica y social la valoración, con sus correspondientes
escalafones, es una constante aceptada por todos.
Programas despiadados
Las tasas universitarias son muy altas, pero también lo son las cantidades
destinadas a préstamos y becas de estudio, que suelen seguir criterios
estrictamente meritocráticos, más que económicos. Los programas
de preparación y de inserción en las profesiones de mayor contenido
intelectual (médicos, abogados, manager) son despiadados. A la mínima
te licencian: el “cese” de quien no rinde, tan típico del
mundo deportivo, es practicado con la misma diligencia en el mercado de trabajo.
Hay una gran movilidad territorial: para estudiar, trabajar o hacer carrera se
está dispuesto a cambiar de ciudad o de estado con mucha frecuencia. El
sistema cuenta con la anuencia de casi todos: hasta los pobres lo aceptan, no
en virtud de su condición actual, sino por la convicción de que
si valen, “pueden subir”. Pero, ¿qué sucede con los
vencidos que no llegan a la cumbre?
Pobreza, crímenes y violencia
Ya hemos mencionado las grandes oportunidades de progreso que existen a nivel
de formación. Sin embargo, también es cierto que por cada pobre
que “sube”, 99 se quedan y en EEUU estudiar en determinados colegios
públicos en zonas degradadas de grandes ciudades significa a menudo encaminarse
hacia una precoz delincuencia. El sistema que quiere valorar a los capaces no
logra impedir que grandes segmentos de población vivan en condiciones
de Tercer Mundo. Veinticinco millones de personas viven por debajo del umbral
mínimo de pobreza. En EEUU, los actos criminales y violentos son 22,8
por cada 1000 habitantes (frente a los 4 de Italia) y hay un detenido por cada
143 habitantes (frente al 1 por mil de Italia). En EEUU, la defensa personal
es un derecho, casi un deber, visto que no existen límites a la adquisición
de armas, y en algunos estados, como Kansas, es obligatorio tener al menos un
arma en casa. Por lo demás, en las grandes metrópolis es fácil
encontrar, junto a los rascacielos y las mansiones lujosas, casas arrasadas y
en ruinas o barrios donde es peligroso internarse. Además, con el paso
de los años resulta cada vez más difícil encontrar trabajo.
El 27% de los desempleados busca trabajo durante más de 14 meses y la
tasa de desempleo nunca había sido tan alta: desde el comienzo de la presidencia
Bush se han perdido 2 millones de puestos de trabajo. El anunciado repunte puede
no traer consigo el anhelado retorno al trabajo de muchas personas, dado que,
igual que sucede en Italia, y aún más, las empresas norteamericanas
desplazan su producción a Asia.
Inestabilidad de la clase media
Otro parámetro que evidencia la dificultad de los menos pudientes es la
salud: en 1998, 44 millones de personas carecían de seguro médico
y podían disfrutar sólo de un nivel mínimo de asistencia,
claramente insuficiente. Si pensamos que el gasto medio per capita en salud es
de 4.499 dólares (frente a los 1.498 italianos), con una cuota del 13%
del producto nacional bruto (en Italia es del 8,1%), se comprende la diferencia
abismal entre las posibilidades de curación de ricos y pobres. Pero la
cuestión social no afecta sólo a los más pobres. Toda la
clase media sufre la inestabilidad. Son inestables el trabajo y la cuenta del
banco: las deudas contraidas con la universidad en la que se estudió se
pagan durante largos años, al igual que varios préstamos con sus
correspondientes intereses para adquirir casa y coche, y se compra con la tarjeta
de crédito. Por ello, es mucho más arriesgado que en Italia enfermar
y perder el trabajo.
Sin certezas afectivas
Pero lo que afecta a todos es la precariedad del vínculo familiar. A la
competitividad, la movilidad e inseguridades varias se añade el venir
a menos de grandes ideales religiosos y civiles. Esto hace que haya menos matrimonios
y haya más separaciones. En la sociedad americana, la tasa de divorcios
respecto a los matrimonios ha pasado del 3,9 al 7,7%, mientras que en Italia
dicha tasa es del 0,12%. Las consecuencias son devastadoras: los jóvenes
crecen sin certezas afectivas y se llenan de inseguridades a lo Woody Allen;
los viejos se quedan solos, las personas frágiles carecen de referencias
seguras, hombre y mujer se encuentran desarraigados, aunque hayan llegado a la
cumbre en la vida social y económica. Esta disgregación de la familia
es una de las grandes causas de desigualdad: una familia con dos hijos tiene
casi el doble de renta que un soltero con hijos, mientras que los solteros sin
hijos tienen una renta parecida, si no mayor, que las familias con hijos. Entonces, ¿cuáles
pueden ser los factores de una reconstrucción frente a una situación
que, en el plano de los vínculos afectivos, está arrastrando económica
y humanamente a mucha gente? Precisamente el caso italiano nos lo dirá.
(continuará)
*Presidente de la Fondazione per la Sussidiarietà, miembro de la Compañía
de la Obras