España
En memoria de don Francisco Pérez-Fernández Golfín, obispo
de Getafe
Padre
y maestro
En vísperas de la celebración del miércoles
de ceniza, fallecía
repentinamente en su casa don Francisco, obispo de Getafe. Para muchos de nosotros,
sacerdotes y laicos, fue “el portador del estandarte”, el que enseña
a Cristo
Javier
de Haro
«¡Qué ganas tengo de irme a la vida eterna!». Pero, ¿quién
es este hombre que habla de este modo? Don Francisco, el párroco de
Alpedrete y San Jorge, el director espiritual del seminario de Madrid, el vicario
y posterior obispo auxiliar de Madrid, el primer obispo de la diócesis
de Getafe. Daba lo mismo la edad, el cargo, el lugar: lo que quería
era irse “a la vida eterna”. Y así ha sido.
Portador de humanidad
Ese deseo de vida eterna no era otra cosa que la pasión por la persona
de Jesús. Su amor a Jesucristo, a través del sacerdocio, le permitía
ser portador de una humanidad excepcional. Nadie quedaba indiferente ante él:
por sus gestos y miradas, por su memoria fotográfica para recordar tu
rostro y tu nombre, por su finura al intuir los problemas y sugerir las soluciones,
por su sencillez para ser niño entre los adultos y adulto entre los
niños, por la confianza que daba estar con él. Su persona no
pasaba desapercibida.
«
Todos estos muebles que ves aquí, los he arreglado yo», decía
con orgullo. Con su trabajo expresaba la unidad de su persona: ser de Cristo,
al servicio de los hombres, en lo concreto y lo cotidiano. Fácilmente
pasaba de la estola morada del confesionario al batín gris del bricolage;
podía arrodillarse del mismo modo para venerar al santísimo sacramento
como para plantar aquel árbol alicaído que, con el tiempo, reverdecía;
con las mismas manos consagraba y, al tiempo, forraba de madera toda una capilla.
Y si de improviso te presentabas, paraba el tiempo y te lo dedicaba a ti para
que te dieses cuenta de que lo más importante eras tú.
Una Nueva Tierra
La historia del CL en España no se entendería sin el encuentro
con Nueva Tierra, a mediados de los años 80. De la amistad de un grupo
de sacerdotes que primero educaron a sus jóvenes en las parroquias y
posteriormente los acompañaron en sus ambientes de la universidad, trabajo
y familia surgió la comunidad llamada Nueva Tierra.
¿
Quiénes son esos jóvenes capaces de estar tres días de
Ejercicios espirituales en silencio, o diez días en verano estudiando
escritura, eclesiología, sacramentos, o quince días de campamentos
en Picos de Europa, organizados por ellos mismos? ¿Quiénes son
los curas que están con ellos? Los “golfines”. Se referían
a los “hijos”, “bien nacidos” de la paternidad de don
Francisco.
Cuando uno tiene delante de sí varias semillas, si es profano en la
materia, no sabe a qué arbusto, planta o árbol pertenecen; solamente,
el tiempo y la historia desvelan su verdadera naturaleza. Del mismo modo, el
fruto de Nueva Tierra no se entiende sin la paternidad educativa de don Francisco
con sus hijos sacerdotes. La obra desbordaba el inicio (“cosas aun mayores
haréis”, decía Jesús a sus discípulos), incluso
fue algo imprevisto, pero no hay obra sin un comienzo, sin un hombre, sin un
yo, sin un padre.
Su paternidad
Desde el primer momento, don Francisco te introducía, por medio de la
oración y los sacramentos, en una relación personal con Jesucristo,
como el tesoro más grande de la vida. Y, al mismo tiempo, favorecía
una unidad entre los sacerdotes para que la humanidad fascinante de los más
adultos contagiase a los más jóvenes. De este modo iban brotando
pequeños grupos y comunidades en diferentes barrios de Madrid, con una
conciencia común de pertenencia a la vida de la Iglesia diocesana. De
la primera generación de sacerdotes, que monseñor Golfín
educó en el seminario de Madrid como director espiritual, nacería
una segunda generación de jóvenes con vocación al sacerdocio –llamada
afectuosamente “los curables”, por no ser aún seminaristas– junto
a todo un florecimiento de vocaciones a la vida consagrada contemplativa, y
de matrimonios que querían vivir la fe en familia y en sus ambientes
de trabajo con la misma intensidad del primer encuentro.
Obispo de Getafe,
pastor de todos
En el año 1991 se crea la diócesis de Getafe, siendo don Francisco
su primer obispo. Ya no se trata de un pueblo de la sierra, o de una parroquia
en la zona de Chamartín, un barrio bien de Madrid. Es “el mundo” con
toda su complejidad: más de un millón de habitantes, con grandes
zonas industriales, familias desarraigadas a causa de la inmigración,
un ambiente secularizado y laicista, grandes diferencias sociales y culturales.
Pero que guarda un tesoro, casi olvidado por prejuicios del pasado: el santuario
del Cerro de los Ángeles, centro geográfico de España,
donde la estatua del Sagrado Corazón de Jesús mira a todos. Allí mismo
establecerá su residencia y creará su verdadera obra, el seminario
diocesano de Getafe.
«
La iglesia se renueva por sus sacerdotes», solía responder a quien
se le ocurría alabar su trabajo de haber educado, desde su llegada a
Getafe, a más de 60 sacerdotes jóvenes y 70 seminaristas en la
actualidad.
El lema episcopal
Fue un espectáculo celebrar el vigésimo aniversario de la Fraternidad
de CL, presente en la diócesis de Getafe, con don Francisco en abril
del año 2002 en el Cerro de los Angeles. Aquella tarde fue “padre
de todos”, niños, bachilleres y universitarios, los padres, los
sacerdotes diocesanos que pertenecen al Studium Christi, los Memores Domini
presentes en Parla, la Fraternidad Sacerdotal Misionera de San Carlos Borromeo,
las familias de Villanueva de la Cañada, Parla, Getafe, Móstoles,
Fuenlabrada y Alcorcón. Era el fruto maduro de años de convivencia
y confianza creciente entre don Francisco y el movimiento. Sin él no
habría sido posible una presencia estable y significativa de CL en las
parroquias y en los ambientes.
Su lema episcopal, «Muy a gusto me gastaré y desgastaré por
vosotros y por el evangelio», resume a la perfección la vida de
don Francisco, una vida que, según su deseo, ya es eterna.