Papado
Tradición unitaria e ininterrumpida
Tú eres Pedro… Pasión
por
la unidad de la Iglesia
Proponemos algunos pasajes de un reciente documento
de la Congregación para la doctrina de la fe sobre el Primado del sucesor
de Pedro –querido por Cristo– en cuanto servicio
a la unidad de la Iglesia y condición para un diálogo ecuménico
En el actual
momento de la vida de la Iglesia, la cuestión del
primado de Pedro y de Sus Sucesores presenta una singular relevancia, incluso
ecuménica. En este sentido se ha expresado con frecuencia Juan Pablo II,
de modo particular en la Encíclica Ut unum sint, en la cual ha querido
dirigir especialmente a los pastores y a los teólogos la invitación
a «encontrar una forma de ejercicio del Primado que, sin renunciar de modo
alguno a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» (Ut
unum sint, 95). (…)
Estas “Consideraciones” quieren sólo recordar los puntos esenciales
de la doctrina católica sobre el Primado, gran don de Cristo a su Iglesia
en cuanto servicio necesario para la unidad y que ha sido además con frecuencia,
como demuestra la historia, una defensa de la libertad de los Obispos y de las
Iglesias particulares frente a las injerencias del poder político. (…)
Primacía de Simón Pedro
«
Primero Simón, llamado Pedro» (Mt 10,2). Con este significativo
acento de la primacía de Simón Pedro, San Mateo introduce en su
Evangelio la lista de los Doce Apóstoles que también en los otros
dos Evangelios sinópticos y en los Hechos se inicia con el nombre de Simón.
Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos
muestran con claridad y simplicidad que el canon neotestamentario ha recibido
las palabras de Cristo relativas a Pedro y a su rol en el grupo de los Doce.
Por ello, ya en las primeras comunidades cristianas, y más tarde en la
toda la Iglesia, la imagen de Pedro ha permanecido fijada como aquella del Apóstol
que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo
en el primer lugar entre los Doce y llamado a desarrollar en la Iglesia una propia
y específica función. Él es la roca sobre la cual Cristo
edificará su Iglesia; es aquel que, una vez convertido, permanecerá firme
en la fe y confirmará a los hermanos; es, en fin, el Pastor que guiará a
la entera comunidad de los discípulos del Señor.
En la figura, en la misión y en el ministerio de Pedro, en su presencia
y en su muerte en Roma –testimoniada por la más antigua tradición
literaria y arqueológica– la Iglesia contempla una profunda realidad,
que está en relación esencial con su mismo misterio de comunión
y salvación: «Ubi Petrus, ibi ergo Ecclesia» (san Ambrosio,
Enarr. in Ps. 40,30). La Iglesia, desde los inicios y con creciente claridad,
pero por caminos y con modalidades propias en Oriente y Occidente (UR 14,16)
ha entendido que como existe la sucesión de los Apóstoles en el
ministerio de los Obispos del mismo modo también el ministerio de la unidad,
confiado a Pedro, pertenece a la perenne estructura de la Iglesia de Cristo y
que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio.
Preeminencia de Roma
Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia Católica
enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es el Sucesor de Pedro
en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica
la preeminencia de la Iglesia de Roma, enriquecida también por la predicación
y por el martirio de San Pablo.
En el plan divino sobre el Primado como «oficio concedido por el Señor
a Pedro de modo singular, el primero de los Apóstoles y para transmitirse
a sus sucesores» (Lumen Gentium 20), se manifiesta ya la finalidad del
carisma petrino, o bien «unidad de fe y de comunión» (Pastor
aeternus proemio) de todos los creyentes. El Romano Pontífice, de hecho,
como Sucesor de Pedro, es «perpetuo y visible principio y fundamento de
la unidad tanto de los Obispos como de la multitud de los fieles» (Lumen
gentium 23), y por ello él tiene una gracia ministerial específica
para servir esa unidad de fe y de comunión que es necesaria para el cumplimiento
de la misión salvífica de la Iglesia. (…)
El ejercicio del ministerio petrino debe ser entendido –para que «nada
pierda de su autenticidad y transparencia» (Ut unum sint 93)– a partir
del Evangelio, o bien por su esencial inserción en el misterio salvífico
de Cristo y en la edificación de la Iglesia. El Primado difiere en su
propia esencia y en su ejercicio de los oficios de gobierno vigentes en las sociedades
humanas: no es un oficio de coordinación ni de presidencia, ni se reduce
a un Primado de honor, ni puede ser concebido como una monarquía de tipo
político.
Expresión de la voluntad
del Señor
El Romano Pontífice está –como todos los fieles– sometido
a la Palabra de Dios, a la fe católica y es garante de la obediencia de
la Iglesia y, en este sentido, servus servorum. Él no decide según
su propio arbitrio, sino que da voz a la voluntad del Señor, que habla
al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otros
términos, la episkopè del Primado tiene los límites que
proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la
Iglesia, contenida en la Revelación. El Sucesor de Pedro es la roca que,
contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a
la Palabra de Dios: continúa de este modo el carácter martirológico
de su Primado. (…)
El Primado del Obispo de Roma, considerado su carácter episcopal, se explica,
en primer lugar, en la transmisión de la Palabra de Dios; por ello incluye
una específica y particular responsabilidad en la misión evangelizadora,
dado que la comunión eclesial es una realidad esencialmente destinada
a expandirse: «Evangelizar es la gracia y la vocación propia de
la Iglesia, su identidad más profunda» (Evangelii nuntiandi 14).
La tarea episcopal que el Romano Pontífice tiene en relación con
la transmisión de la Palabra de Dios se extiende también al interior
de toda la Iglesia. Como tal, es un oficio magisterial supremo y universal; es
una función que implica un carisma: una especial asistencia del Espíritu
Santo al Sucesor de Pedro, que implica también, en ciertos casos, la prerrogativa
de la infalibilidad. Como «todas las Iglesias están en comunión
plena y visible, porque todos los pastores están en comunión con
Pedro, y así en la unidad de Cristo» (Ut unum sint 94), del mismo
modo los Obispos son testigos de la verdad divina y católica cuando enseñan
en comunión con el Romano Pontífice.
Junto con la función magisterial del Primado, la misión del Sucesor
de Pedro sobre toda la Iglesia comporta la facultad de realizar los actos de
gobierno eclesiástico necesarios o convenientes para promover y defender
la unidad de la fe y de la comunión (…).
Centro y raíz
de la comunión eclesial
La unidad de la Iglesia, al servicio de la cual se pone de modo singular el ministerio
del Sucesor de Pedro, alcanza la más alta expresión en el Sacrificio
Eucarístico, el cual es centro y raíz de la comunión eclesial;
comunión que se funda incluso necesariamente sobre la unidad del Episcopado.
Por ello, «toda celebración de la Eucaristía es realizada
no sólo en unión con el propio Obispo, sino también con
el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda
celebración válida de la Eucaristía expresa esta comunión
universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente» (Congregación
para la doctrina de la fe, Communionis notio 14, Catecismo de la Iglesia católica
nš 1369), como en el caso de las Iglesias que no están en plena comunión
con la Sede Apostólica.
«
La Iglesia peregrinante, en sus sacramentos y en sus instituciones, que pertenecen
a la edad presente, porta la figura fugaz de este mundo» (Lumen gentium
48). También por esto, la naturaleza inmutable del Primado del Sucesor
de Pedro se ha expresado históricamente a través de modalidades
de ejercicio adecuadas a las circunstancias de una Iglesia peregrinante en este
mundo cambiante.
Los contenidos concretos de su ejercicio caracterizan al ministerio petrino en
la medida en que expresan fielmente la aplicación a las circunstancias
de lugar y de tiempo de las exigencias de la finalidad última que le es
propia (la unidad de la Iglesia) (…).
La última palabra es del Papa
En todo caso, es fundamental afirmar que el discernimiento sobre la congruencia
entre la naturaleza del ministerio petrino y las eventuales modalidades de su
ejercicio, es un discernimiento que debe realizarse in Ecclesia, o sea bajo la
asistencia del Espíritu Santo y en diálogo fraterno del Romano
Pontífice con los otros Obispos, según las exigencias concretas
de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, es claro que solo el Papa (o el Papa con
el Concilio ecuménico) tiene, como Sucesor de Pedro, la autoridad y la
competencia para decir la última palabra sobre las modalidades de ejercicio
del propio ministerio pastoral en la Iglesia universal.
Al recordar los puntos esenciales de la doctrina católica sobre el Primado
del Sucesor de Pedro, la Congregación para la Doctrina de la Fe está segura
de que la reafirmación autorizada de tales adquisiciones doctrinales ofrece
mayor claridad sobre la vía a seguir. Tal reclamo es útil, de hecho,
también para evitar las recaídas siempre nuevamente posibles en
las parcialidades y en las unilateralidades ya rechazadas por la Iglesia en el
pasado (febronianismo, galicanismo, ultramontanismo, conciliarismo, etc.). Y,
sobre todo, viendo el ministerio del Siervo de los siervos de Dios como un gran
don de la misericordia divina a la Iglesia, encontraremos todos –con la
gracia del Espíritu Santo– el impulso para vivir y custodiar fielmente
la efectiva y plena unión con el Romano Pontífice en el caminar
cotidiano de la Iglesia según el modo querido por Cristo.
Ministerio eclesial universal
La plena comunión querida por el Señor entre los que se confiesan
sus discípulos requiere el reconocimiento común de un ministerio
eclesial universal «en el cual todos los obispos se reconozcan unidos en
Cristo y todos los fieles encuentren la confirmación de la propia fe» (Ut
unum sint 97). La Iglesia Católica profesa que este ministerio es el ministerio
primacial del Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, y sostiene con humildad
y con firmeza «que la comunión de las Iglesias particulares con
la Iglesia de Roma, y de sus Obispos con el Obispo de Roma, es un requisito esencial –en
el designio de Dios– de la comunión plena y visible» (Ut unum
sint 97). No han faltado en la historia del Papado errores humanos y carencias
también graves: Pedro mismo, de hecho, reconocía el ser un pecador.
Pedro, hombre débil, fue elegido como roca, precisamente para que fuese
evidente que la victoria es solamente de Cristo y no resultado de las fuerzas
humanas. El Señor quiso portar en vasos frágiles el propio tesoro
a través de los tiempos: así la fragilidad humana se ha vuelto
signo de la verdad de las promesas divinas.
¿
Cuándo y cómo se alcanzará la tan deseada meta de la unidad
de todos los cristianos? «¿Cómo obtenerlo? Con la esperanza
en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y
las memorias dolorosas de la separación; Él sabe concedernos lucidez,
fuerza y valor para emprender los pasos necesarios de modo que nuestro compromiso
sea siempre más auténtico» (Ut unum sint 102). Estamos todos
invitados a confiarnos al Espíritu Santo, a confiarnos a Cristo, confiándonos
a Pedro.
Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto.
Tarcisio Bertone,
arzobispo emérito de Vercelli, secretario