Aunque
nos habíamos visto ya unas cuantas veces antes, fue en el campamento
de verano en los Picos de Europa en el 2000 cuando conocí a este auténtico ángel.
Tenía 13 ó 14 años y me impresionó enormemente
porque era extremadamente dulce y educada. Tenía una singular distinción,
era una jovencita dama. Buenos modales, delicada, cariñosa, amable,
sincera, noble... y guapa. Además era muy, muy culta y madura, a pesar
de su corta edad.
Muy joven y de apariencia frágil, sin embargo demostraba una fortaleza
física enorme. No sé cómo podía llevar esa mochila
tan pesada por las cimas de las montañas. Recuerdo que haciendo la travesía
de Fuente Dé a la Torre de la Palanca, con rocas bastante afiladas,
se hizo un corte en una pierna y Guti le tuvo que dar varios puntos. Ahí tuvo
la ocasión de hacerse amiga de Vidillas, que hizo de enfermero. Qué valentía
resistir tal dolor y tal esfuerzo físico. Después me enteré que
hacía kárate.
Volvimos a Madrid juntos en mi coche. Fue un viaje precioso. No paró de
hablar en todo el camino de lo que le había sucedido: se había
encontrado con Cristo. Multitud de ejemplos y detalles de un encuentro similar
al que habían tenido Juan y Andrés 2000 años antes. Su
vida, de repente, dio un giro y encontró significado para muchas cosas
que le apremiaban, entre ellas su enfermedad.
A partir de aquí, unos años juntos preciosos: las salidas de
estudio, la caritativa y el trabajo serio de la Escuela de comunidad. Recuerdo
que contaba cosas de sus amigas de clase y de sus diálogos con ellas,
ahora traspasados por un criterio nuevo con el que juzgar todo. Lo que ella
vivía en la Escuela y en la caritativa o en la relación con sus
amigos, entraba en su clase, en su ambiente (aunque no tenía a nadie
del movimiento allí), y también en su familia. La primera vez
que fui a su casa y conocí a sus padres, y la vi tocar el piano me di
cuenta de dónde le venía ese ser tan distinguida.
Recuerdo que el 20 de mayo de 2001, me imagino que planteándose el dilema
de qué estudiar o hacer en el futuro, me preguntó en la Escuela
de comunidad: ¿Qué es lo que Dios quiere de mi? Yo me quedé estupefacto
y no sé ni qué le respondí. Casi nadie a esa edad se plantea
esa pregunta y mucho menos en relación con la carrera que quiere estudiar,
porque para la gente Dios no tiene nada que ver con los estudios o el futuro
profesional; sin embargo, para ella, sí. Recuerdo que había entendido
también que la relación con Jesús coincidía con
la relación con estos amigos y que esto era para siempre. Después
de la salida de estudio al pantano de el Atazar hablaba en términos
muy claros sobre lo que era la amistad y lo que era la certeza de que Cristo
estaba a su lado: «Jesús está a mi lado y me dice a través
de vosotros: “Yo soy tu amigo y no te voy a dejar”. Un amigo que
me comprende, que me sigue a todas partes».
Estas Navidades también tuve la suerte de pasear a solas con ella. Siempre
combatiendo su enfermedad, pero también siempre enamorada de Jesús
y con la misma madurez y la misma dulzura. Ahora he entendido por qué Gloria
me caía tan bien, por qué el tiempo con Gloria era tiempo “productivo”,
y es porque ella estaba totalmente atraída por Cristo.
Ahora, Gloria, estás con tu amigo Jesús. Nos has ganado. Él
te ha elegido primero, antes que a nosotros, para estar cara a cara frente
a Él, para disfrutar de su Gloria. Tú, que has sido un dulce ángel
en la tierra, ahora que también lo eres en el cielo, intercede ante
la Virgen María por nosotros.
Pepe Rodelgo,
San Juan de Puerto Rico