Tiempo
pascual Liturgia
Agustín
y la carta de la caridad
Las homilías del obispo de Hipona a propósito
de la carta de san Juan. Fueron escritas con una intención: «Para
que Su nombre pueda arraigar en el corazón».
Laura Cioni
En el tiempo de Pascua la Iglesia da a leer a los fieles la primera carta
de Juan. Hay un comentario de excepción a este texto, un pequeño
tesoro en la vasta producción de san Agustín.
Se trata de diez sermones del año 413 en los que el obispo de Hipona
comentaba a sus fieles la carta del amor, mientras trabajaba en otras obras
importantes, como La ciudad de Dios. En este tratado se percibe el eco del
dolor del pastor por la herejía de Donato, que tenía bastantes
seguidores en África, pero encontramos, sobre todo, los grandes temas
del Agustín teólogo, entre otros el de la relación entre
la gracia y la libertad.
Agustín lee y analiza la carta de Juan a la luz de los salmos, de su
Evangelio y de las epístolas de Pedro y Pablo. De este modo emerge toda
la riqueza de la Iglesia primitiva que atesora las palabras de Jesús
y de aquellos que, según dice Agustín, «le tocaron con
sus propias manos».
Lo que el autor pretende aparece claramente ya en la primera homilía: «Que
su nombre pueda arraigar de tal modo en el corazón que nos lleve a imitar
los sufrimientos de los mártires». Él mismo había
sido colmado por este amor a lo largo de un proceso de búsqueda que
había durado muchos años. Ahora, siendo ya obispo, deseaba que
brillara entre sus fieles el Misterio de Cristo, que se presentaba ante él
con tal belleza y grandiosidad. «Aquel que hizo el sol está antes
del sol, antes de la estrella matutina, antes de todos los astros, antes de
todos los ángeles. Él es el verdadero creador porque todo fue
creado por medio de Él y sin Él nada existiría; pero para
que pudiéramos verle con los ojos de la carne, con los que vemos el
sol, puso su morada en el mismo sol, es decir, nos hizo ver su carne en la
claridad de esta luz terrena. El vientre de la Virgen fue su lecho nupcial,
puesto que en él se unieron el esposo y la esposa, el Verbo y la carne»
El pecado de quien ama el mundo
La obra se refiere también, en profundidad, a la mentira. Así Agustín,
en la segunda homilía, se pregunta qué pecado comete el que ama
el mundo: «¿Por qué no amar lo que Dios ha hecho? La corriente
de las cosas temporales nos arrastra, pero Jesucristo, nuestro Señor,
nace como un árbol a la orilla del río. Él asumió la
carne, murió, resucitó y ascendió al cielo. Como si quisiera
poner sus raíces cerca del río de las cosas temporales. ¿Te
arrastra con violencia la fuerza de la corriente?, agárrate al tronco. ¿Te
arrolla el amor del mundo?, aférrate a Cristo». Y precisa más
abajo: «Dios no te prohíbe que ames a sus criaturas, pero te prohíbe
amarlas de tal manera que pretendas conseguir con ello la felicidad. Dios te
ha dado lo creado para que ames a quien lo ha hecho. Quiere darte aún
más, es decir, a sí mismo».
San Agustín, a quien tanto atrajo la belleza, cuando la descubre en
Cristo y le dedica su vida comenta el versículo «seremos similares
a Él porque le veremos tal cual es», prometiendo a su auditorio: «Entonces
gozaremos de una visión, hermanos, que el ojo humano jamás contempló,
ni el oído escuchó, ni la fantasía imaginó: una
visión que supera todas las bellezas terrenas, la del oro, la de la
plata, la de los bosques o los campos, la del cielo y el mar, la del sol y
la luna, la de las estrellas y los ángeles. Por una razón, Él
es la fuente de toda belleza.»
Discernir el amor verdadero
Cuando, a partir de la quinta homilía, pasa a hablar de la caridad,
se expresa en términos muy convincentes, mostrando el criterio para
discernir el amor verdadero: «Ama al hermano aquel que, ante Dios, donde
sólo Él puede ver, escruta su corazón y se pregunta en
lo más íntimo si verdaderamente actúa así por amor
al hermano; y los ojos que ven dentro del corazón, allí donde
el hombre no puede llegar, dan testimonio de ello».
Al final exhorta a no desesperar y anima a subir al monte: «Cristo es
el monte, ven a Cristo y verás el final de cada obra. El amor es la
perfección de la ley. ¿Hay algo más acabado, más
completo que la perfección? Con razón ha usado el salmista el
término ‘final’. No con intención de hablar de destrucción,
sino de cumplimiento. ¿Qué es el final? Para mí es algo
bueno estar unido al Señor. Cuando estemos adheridos al Señor
habremos alcanzado el final del camino: estaremos en casa. ¿Quién
puede apartarte de lo que amas?».
Agustín, como Jesús, quiere que las almas tengan vida en abundancia,
tengan la fortaleza de la vida cristiana auténtica, la caridad llena
de luz que mantiene unido al cuerpo de Cristo, para que Dios sea todo en todos.