Bélgica
Tradicionalmente, las elecciones europeas revisten una importancia significativa,
no sólo para los políticos. De hecho, el voto es todavía
obligatorio –si alguno no acude a votar debe presentar un certificado médico
o una “justificación” laboral–. Las discusiones del último
periodo se han centrado sobre todo en dos cuestiones: aunar en la misma fecha
votaciones europeas y regionales (decisión que está en vías
de aprobación) y el voto administrativo para los extranjeros no europeos.
Considerando las áreas lingüísticas, los partidos políticos
se multiplican por dos. La reacción de los políticos y de los medios
de comunicación ha sido hasta ahora el aislamiento de las extremas derechas,
pero esto está llevando por desgracia a estos partidos a posiciones todavía
más radicales, y está haciendo crecer la simpatía de la
gente hacia ellos. Argumento típico de un debate político equívoco
es la concesión del voto en las elecciones municipales y regionales a
los extranjeros no comunitarios (propuesto por el partido socialista): la consecuencia
es el aumento del miedo hacia los extracomunitarios y la impaciencia y nerviosismo
de los partidos políticos populares.
Laurent Berghmans
Francia
En este
2004 marcado por cuatro procesos electorales (provinciales y regionales en marzo,
europeas en junio y al senado en otoño) el debate sobre las
europeas queda sofocado en una lógica política totalmente interna
de contraposición entre una derecha que hace tan sólo dos años
había conquistado la mayoría absoluta en el parlamento y una izquierda
que, electrizada por el éxito en las recientes regionales (20 regiones
de un total de 22), trata de rediseñar las relaciones de fuerza en el
país. La extrema volubilidad del electorado, la fortísima tasa
de abstención prevista (los primeros sondeos revelan que el 46% del electorado
no irá a votar), la presencia casi segura de candidatos soberanistas,
contrarios a cualquier mínima cesión de soberanía a la Unión
Europea, son algunos de los factores que hacen incierto el resultado. Dos factores
parecen sin embargo distinguir la visión de Europa que Francia defiende,
independientemente de la ideología a la que pertenezcan sus candidatos.
Por un lado, el reclamo a un modelo centralista que reproduzca a escala continental
el modelo francés, cerrado a cualquier aplicación concreta del
principio de subsidiariedad. Por otro lado, en el debate sobre el reconocimiento
de las raíces cristianas comunes de Europa, la posición de rechazo
llevada adelante por el presidente de la convención Giscard d’Estaing
(centrista), y que coincide en los hechos con la sostenida por el ex primer ministro
Jospin (socialista) con ocasión del tratado de Niza y la que recientemente
ha apoyado el Presidente de la República, el gaulista Chirac.
Mirco Iadarola