Elecciones
Naturaleza de la UE
Del impulso inicial a los intereses
particulares
La valoración de
la persona, bandera común en el origen del nacimiento de Europa. ¿Y
hoy? Una crisis de identidad que parece destruir la tradición europea
Giorgio Vittadini
En este momento crucial (que no sólo lo es por las inminentes elecciones)
hay que preguntarse por la naturaleza profunda de esa unidad entre estados que
toma el nombre de Unión Europea. En artículos precedentes se ha
hablado del riesgo de burocratización y de nuevo superestatalismo que
se está corriendo dentro de la Unión. Aquí queremos analizar
brevemente la visión internacional, política y económica
europea.
Como ya se ha recordado, Europa nace entre Estados que habían intentado
hasta hacía pocos años destruirse mutuamente. Desde el Congreso
de Viena en adelante, entre los Estados europeos había dominado cada vez
más una mentalidad que había elevado a la enésima potencia
la fuerza destructiva de los nacionalismos. En política interna las personas
y sus formas de agregación debían ser mortificadas ante la pretensión
de un Estado detentor de todos los derechos que llegaba a convertirse, en algunos
casos, en dictadura. En la política exterior de los Estados, había
dominado una lógica de contraposición de las distintas pretensiones
hegemónicas. Las dos guerras mundiales no habían sido una casualidad,
sino la consecuencia natural de esta ideología.
La entidad europea nace, de esta forma, con la exigencia de valorar la libertad
de la persona en todas sus formas, y con la exigencia también, de cara
al exterior, de recomponer una unidad ideal basada en lo que había en
común entre las distintas nacionalidades: la tradición cristiana,
el socialismo reformista, las instancias liberales.
Desde este punto de vista, fue inevitable y fundamental la alianza atlántica
con Estados Unidos: la fuerte contribución desde el punto de vista militar
a la liberación de Europa del nazismo y del fascismo, la aportación
decisiva por la reconstrucción llevada a cabo a través del Plan
Marshall y la lucha contra el estalinismo en el este de Europa, justifican esta
elección. Ni siquiera la crisis de Vietnam, que dividió a la opinión
pública europea, hizo disminuir la fidelidad a esta alianza.
Política internacional
Sin embargo, entre EEUU y Europa ha habido siempre una discontinuidad también
en política exterior. Aun sin mostrar debilidad alguna ante el Pacto Atlántico
y, quizá, a causa de esto, la política internacional de Europa
ha sido siempre original y no subordinada. La clarividencia europea se ha demostrado
antes que nada en su interior. Entre la comunidad europea de los seis y la Unión
Europea de los quince se ha recorrido un largo camino en el que, resistiendo
a los maximalismos, se ha permitido, sin violencia, primero la transición
democrática en España y Portugal y después su integración
junto a los países del Norte de Europa y a Gran Bretaña, por mucho
tiempo reticente a entrar en la Unión.
La contraposición con el Este no ha excluido intentos de cooperación
económica y de diálogo acompañados de presiones en los temas
de los derechos civiles y del apoyo a todo intento de liberalización.
Ha sido fundamental también la contribución europea en el área
del Mediterráneo, desde siempre bajo el fantasma de la crisis. Parece
impensable que, después de los primeros peligrosísimos años
de descolonización franco-inglesa y con el conflicto árabe-israelí siempre
amenazante, haya existido por parte de Europa la capacidad de tener en cuenta
los intereses de todos. Un esfuerzo continuo de mediación positiva, acompañado
de una fuerte inversión política, económica y cultural,
ha contribuido desde 1990 a construir una unidad sólida y, en ciertos
casos, una profunda amistad entre Europa y países árabes moderados,
por una parte, y entre Europa e Israel por otra.
Desarrollo de los países pobres
Más en general, a nivel mundial, hasta los años 90 Europa se ha
caracterizado por una fuerte política de ayudas al desarrollo de los países
pobres. Dos ejemplos para todos, que nos afectan muy de cerca: el nacimiento
del ENI (Ente Nacional de Hidrocarburos, ndt.) de Mattei, competidor de las siete
multinacionales americanas pero aliado de los países productores y la
intervención de profesionales y de empresas italianas en grandes obras
de infraestructura, como la construcción de la presa de Assuan.
Nadie es ingenuo: los intereses nacionalistas y económicos eran muy fuertes
también entonces, y sin embargo, a pesar de las tendencias políticas
a menudo contrapuestas, la clarividencia y la estatura internacional de los constituyentes
(De Gasperi, Schuman, Adenauer y Monet) y de aquellos que les sucedieron (Thatcher,
Mitterand, Kohl, Andreotti y Craxi) han llevado a la caída del muro de
Berlín sin derramamiento de sangre, al nacimiento de la Unión Europea
y de la moneda única y a la perspectiva de ampliación hacia el
Este.
En los años 90, justamente cuando llegamos al resultado de este largo
recorrido, único en la historia mundial, y podemos recoger sus frutos,
Europa pierde su identidad.
Pérdida de originalidad
Nos hallamos ante la crisis de los valores ideales que han constituido a Europa,
crisis que ha hecho renacer los nacionalismos, destruyendo su especificidad internacional.
Los estadistas de altura internacional y los partidos populares que les apoyan
menguan por agotamiento interno de unos ideales que ni se renuevan ni se viven.
Han pesado sobre todo dos aspectos. Por una parte, ese proceso para disgregar
a la Europa libre e independiente que fue Tangentópolis –será la
historia la que dirá hasta qué punto no ha sido algo propiciado
a nivel internacional–. Este proceso se alía y da fuerza a aquellas
tendencias anti-modernas –confusos residuos de ideología mal digerida– que
son las corrientes anti-globalización y esa degeneración perniciosa
del pensamiento católico que es el cattocomunismo. Llegan al poder en
algunos países políticos que no tienen claro ni siquiera cuál
es el valor de la sociedad occidental. De forma paradójica se une y se
alía a estas tendencias la nostalgia de la grandeur franco-alemana, que
nunca duerme, y que enmascara aspiraciones neocoloniales tras un noble tercermundismo.
Por otra parte, se pierde en originalidad cultural y política: los que
no son anti-americanos se vuelven aliados serviles de presidencias norteamericanas
como la actual, tosca y esquemática a la hora de valorar la situación
mundial.
Italia y la Santa Sede
La gestión del conflicto yugoslavo, las crisis de Oriente Medio y las
intervenciones en el Tercer mundo pone de manifiesto divisiones, egoísmos
e intentos subrepticios de algunos países europeos por prevalecer sobre
otros. Se abandona la política de cooperación económica
en el Mediterráneo. En general, se deja de ofrecer una contribución
al desarrollo del Tercer mundo como objetivo de la Unión. Se produce un
distanciamiento con respecto a áreas que antes eran amigas, como América
Latina, por la defensa corporativa de intereses de comercio, como el proteccionismo
agrícola. Se llega incluso a ser receloso con la futura ampliación
a los países del Este. Se deja paso a la ambigüedad en la lucha contra
el terrorismo y no se reacciona de forma unitaria ante la globalización.
La Santa Sede queda prácticamente como la única depositaria de
una autonomía de pensamiento real que tiende hacia una paciente obra de
mediación, haciendo actual la expresión «el verdadero nombre
de la paz es ‘desarrollo’». Hay que felicitar también
a la Italia del gobierno Berlusconi –y, en menor medida, del gobierno D’Alema-,
que, a costa del aislamiento, continúa la política de mediación
y de compromiso por la paz de la Europa precedente.
¿
Hay todavía remedio para la devastadora hegemonía franco-alemana
que, en el olvido de las raíces cristianas, se alía con los anti-globalización
y la masonería para la destrucción de los verdaderos ideales europeos?
Trataremos de verificarlo en un próximo artículo.