GS
Triduo pascual
El
hombre está hecho para la vida
¡Desea la vida!
Siete mil bachilleres llegados de toda Italia a Rímini
para participar en el triduo pascual de Gioventù Studentesca. El Via
Crucis, en silencio bajo la lluvia y, a final, el saludo de don Giussani
Nicola Marai y Tiziana Villa
¿Qué piden siete mil jóvenes siguiendo la cruz, bajo
la lluvia y en silencio? Piden mirar en esa misma dirección, prestar
un poco más de atención de lo acostumbrado, darse cuenta de que
no hay nada más misterioso que Dios hecho hombre que da la vida por
todos. El canto, la tensión de cada momento y el orden imperante nos
ayudaron a reconocer que algo había cambiado, que en el horizonte había
entrado de manera estable un factor nuevo.
Jueves Santo
El jueves por la mañana (para algunos el miércoles por la noche)
tuvo lugar la salida desde las distintas ciudades para llegar a Rímini.
A la entrada en el salón, acompañados por el Concierto para violín
de Bruch, nos recibe un silencio lleno de la espera que anticipa las palabras
de don Giorgio: «El hombre está hecho para la vida, el hombre
desea la vida...». Con este comienzo, ¿quién puede marcharse?
Entramos de lleno en lo más profundo de nuestro deseo y de nuestro drama
más grande, porque enseguida se nos recuerda que el hombre, aún
estando hecho para la vida, elige la muerte: la masacre de Madrid, el niño
palestino pertrechado con tritol o la violencia que marca las acciones de cada
día. Es cierto, tenemos una extraña manía, una herencia
malévola: al hombre le parece mejor dejarse morir que afrontar el trabajo
de la vida. Dios ha creado al hombre para la felicidad y sin embargo el hombre
busca la muerte. La vida humana es un drama que estos jóvenes comprenden
bien, muy a pesar de quienes les querrían atontados, desvinculados,
olvidados de sí mismos y rodeados quizá de algún paraíso
artificial. Quien repara en este drama empieza a comprender que el hombre no
se basta a sí mismo, que necesita ser salvado, necesita que el Misterio
que hace todo venga a salvarnos devolviéndonos el bien que deseamos
y para el que estamos hechos. Basta dirigir una mirada en torno, a las personas
que están allí, para evidenciar lo que sucede: algo empieza a
cambiar, reconoces que estás en una compañía para combatir
el mal que te arranca del deseo de vivir. Al terminar la lección se
vuelve al hotel. El silencio durante el trayecto es la expresión más
auténtica del estupor por la grandeza que se ha visto; la cena juntos;
la vuelta al salón para celebrar la eucaristía del Jueves Santo
y el descanso quedan para cada uno como momentos en los que se percibe lo que
somos sin necesidad de añadir nada. Es la preparación para la
celebración de la muerte y la resurrección de Cristo, el misterio
a contemplar en los próximos días como único camino verdadero
para la vida.
Viernes Santo
Es el día más misterioso de la historia, como nos dicen en la
lección de la mañana: que Dios venga y haga milagros todavía
se puede entender, pero que Dios venga y muera no se puede entender. Frente
a este misterio intuimos que Dios ha cargado con el aspecto más grave
y tremendo de la existencia: el dolor y la muerte. Jesús ha tomado sobre
sí la inconsistencia de nuestro ser, origen de nuestra imperfección
y de nuestro mal.
¡
Estamos frente a un bien tan grande y al mismo tiempo frente a tanto mal! Reconocer
esta desproporción es la estatura verdadera del hombre. El Amor es lo único
que colma nuestra desproporción, el amor por el que Cristo carga sobre
sus espaldas el mal de cada hombre. La cruz, de hecho, no es principalmente
signo de sufrimiento sino de amor.
Por la tarde, en el Via Crucis, en el silencio del campo de San Leo, la desproporción
se convierte en experiencia física. Bajo la lluvia desde la primera
estación y soportando el frío durante el recorrido seguimos a
la cruz porque nada es más grande que este hecho: Cristo ofrece la vida
por sus amigos.
Sábado Santo
Toda la grandeza testimoniada durante los dos días anteriores desborda
los límites habituales entre los que se concibe la vida, requiere las
dimensiones del mundo. Nadie, en lo más profundo de su corazón,
querría relegar la belleza que hemos visto y experimentado a un momento
del pasado: un hecho tan correspondiente como la compañía de
Cristo es lo que desea cualquier hombre. El testimonio de Dima, de Kazakistán,
nos muestra con toda la fuerza de su simpatía cómo en cualquier
rincón del mundo Cristo con Su compañía hace la vida más
bella respondiendo al deseo de cada uno. Dima afirma con fuerza y sencillez
una sola cosa: que su vida ha cambiado. Antes robaba ovejas para sobrevivir,
ahora enseña Derecho en la universidad. El origen de este cambio es
el encuentro con la presencia de Cristo. Nosotros, como él, hemos sido
alcanzados donde vivimos y estudiamos.
Después de los avisos y de las despedidas, cuando algunos sectores ya
estaban saliendo del salón, nos avisan de que don Giussani quiere saludarnos.
En la pantalla que hay sobre el palco aparece su figura decidida. Sus palabras
son muy claras, quiere indicarnos la única condición para que
la vida pueda dar frutos de bien: «que sigáis lo que os dicen: “Haced
como nosotros, porque lo que hacemos es bueno”».