Elecciones
Iglesia y Estado. Laicidad y esperanza
Los trágicos sucesos
del 11 de marzo. La experiencia cristiana en el debate sobre la constitución
europea. ¿Qué puede ofrecer la Iglesia a Europa? Hablamos de estos
temas
con el Primado de Hungría
a cargo de Alberto Savorana y Filippo Farkas
Eminencia, los atentados de Madrid han sido definidos como
el 11 de septiembre
de Europa. ¿Qué novedad introducen los sucesos de España
en la andadura del Viejo continente, que se acerca a las elecciones para la renovación
del Parlamento Europeo?
No me considero capaz de identificar las consecuencias de un atentado tan grave
y triste como el de Madrid. Hemos visto que en la misma España las reacciones
han demostrado algunos de los efectos de aquel atentado, pero no sabría
decir si dentro de algunos meses se producirán consecuencias a nivel europeo
o mundial. Nuestra querida Europa es un continente culturalmente anciano con
muchas experiencias, con muchas derrotas, con muchas tragedias. Como dice una
canción húngara: en la tierra de Europa hay ya demasiada sangre.
Ciertamente el terrorismo es algo inaceptable: hay medios que no son justificables
de ninguna manera. En nuestro país no es tan grande la preocupación
como en otros países del mundo occidental, porque está muy difundida
la opinión de que nosotros no somos muy importantes, y este es el motivo
de una cierta confianza en la idea de que nos dejarán en paz, como se
ve en algunos sondeos de opinión elaborados en estas últimas semanas
en Hungría.
El Santo Padre ha intervenido repetidamente en el debate sobre la nueva
Constitución
europea para poner en guardia con respecto a una posición que niega incluso
la utilidad pública de la experiencia cristiana –y por tanto de
cualquier pertenencia religiosa, tachada de fundamentalista– y que querría
verla relegada al á
mbito exclusivamente privado. ¿Puede existir una Iglesia sin mundo?
La Iglesia existe para el mundo: ella es lumen gentium, como dice el Concilio
Vaticano II. Cristo ha fundado la Iglesia para anunciar el Evangelio a todas
las gentes y en todas las épocas. La misión de la Iglesia está dirigida
al mundo entero. Diría que el cristianismo es justamente la religión
que ha hecho posible en la historia –desde la antigüedad tardía– la
distinción entre esfera del Estado y esfera religiosa del hombre. La Iglesia
se ha definido siempre como pueblo de Dios, pueblo elegido, como leemos en la
carta de san Pedro. Esto quiere decir que, aun caminando en la historia y en
el mundo, no somos completamente de este mundo. La Iglesia tenía y tiene
siempre una soberanía interna por su propia misión y también
por la identidad de esos factores que constituyen este pueblo de Dios, es decir,
los Sacramentos, la Palabra de Dios, la persona de Cristo como fundamento de
toda la Iglesia. Y estos factores no dependen de ningún Estado: la Iglesia
no existe porque haya sido fundada por algún poder de este mundo.
El Imperio Romano consideraba la religión como materia de derecho público:
al comienzo del Corpus Iuris Civilis, en el códice de Justiniano, ya en época
cristiana, vemos que los principios básicos se refieren justamente a la
verdadera religión. Los romanos consideraban la religión como el “asunto
público” más importante. Fue después el cristianismo
el que introdujo gradualmente la distinción de los ámbitos de competencia
de la religión y del poder estatal. La separación, en su forma
moderna, entre Estado e Iglesia y Estado y religiones puede ser justificada para
garantizar la libertad religiosa de todos. Sin embargo, todo Estado, para poder
funcionar, se basa sobre la sociedad: y la sociedad no puede ser independiente
de una visión del mundo, de la religión, de la convicción
de sus propios miembros. Los valores básicos que fundan la identidad y
también la estructura interna de una sociedad, sus costumbres, etc., dependen
mucho de una visión del mundo, y por tanto están unidos con la
religión, con las religiones. Esto vale para cualquier sociedad y para
cualquier época de la historia. El Estado no es una realidad abstracta,
sino que vive en la sociedad. El Estado y las religiones se concretan ambos en
la realidad de la persona humana –la sociedad está compuesta de
personas–. Por este motivo creo que el rechazo de la relevancia de cada
religión no puede responder a la realidad sociológica de cada tiempo,
y, por el contrario, que la identificación de una sola religión
con un Estado de forma intolerante no respeta suficientemente la dignidad de
la persona humana. Sobre la guía de la declaración conciliar Dignitatis
Humanae, la libertad religiosa es una consecuencia, por una parte, del respeto
de la dignidad del hombre; por otra parte, depende del hecho de que el hombre
debe buscar la verdad también en materia de fe, por cuanto concierne a “Dios” y
a su voluntad, y también la “verdadera Iglesia”. Si existe
una verdad en estos campos, entonces el hombre debe ser libre para buscar, encontrar
y seguir libremente y con convicción la verdad. En este caso, hay que
rechazar cualquier constricción estatal que no respete la convicción
de las personas. No diría que debe hablarse sólo de utilidad pública
de la experiencia cristiana, sino que incidiría sobre la imposibilidad
de prescindir de la realidad de la sociedad: el Estado debe tener en cuenta lo
que es el hombre dentro de la sociedad humana.
¿
Qué puede ofrecer la Iglesia a Europa? ¿Por qué las naciones
del Oeste y del Este deberían respetar su presencia?
Me parece que la Iglesia ofrece ya muchas cosas a Europa. Históricamente,
la identidad cultural de la misma Europa como uno de los factores imprescindibles.
Y hoy la Iglesia da esperanza y sentido a la vida de muchos europeos y a muchos
fuera de nuestro continente. La Iglesia puede y debe transmitir a Jesucristo,
porque Su persona es la fuente de nuestra esperanza.
La persona de Cristo es una garantía, una esperanza –y no un medio– contra
la desesperación, el cansancio y el agotamiento de una cultura, y la Iglesia
está obligada a trasmitir, a representar a Cristo de forma sincera y humilde,
para que el mismo Cristo se haga visible. La Iglesia no existe por sí misma. ¿Por
qué deberían respetar las naciones del Oeste y del Este la presencia
de la Iglesia? Podrían no hacerlo, pero si la Iglesia es capaz de transmitir
a Cristo, de representar esta esperanza, esto hace rejuvenecer la identidad del
continente, también en el aspecto cultural y por lo que respecta al corazón
de los hombres. ¡Se trata de una gran posibilidad! Algunas naciones, sobre
todo en el este de Europa, que querían descubrir su propia identidad cultural
tras el comunismo, se dieron cuenta de que las raíces cristianas pertenecían
orgánicamente a la tradición cultural nacional. Por este motivo,
algunos países han apoyado abiertamente –no sólo por motivos
religiosos, sino también culturales o de moralidad pública– la
reconstrucción de las antiguas iglesias, y no exclusivamente de los edificios,
sino también de las comunidades.
Usted participa en una red de relaciones y de iniciativas que implica
a los arzobispos
de Viena, París, Bruselas y al patriarca de Lisboa. ¿En qué consiste
y qué contribución pretende ofrecer al futuro de Europa?
Se trata de la misión especial a desarrollar en las grandes ciudades,
que constituyen un desafío pastoral especial, y en donde existe el peligro
del anonimato, pero en donde hay también una diversidad étnica,
cultural, de lenguas y tradiciones que es una gran posibilidad para la Iglesia.
Ciertamente estas misiones ciudadanas se llevan a cabo a distintos niveles, para
favorecer la renovación de la comunidad parroquial (cosa que nosotros
ya hemos empezado) y para favorecer una apertura hacia el mundo en sentido misionero.
Este recorrido culminará en el año de la gran misión, con
conferencias, acontecimientos artísticos y musicales: la experiencia de
Viena del año pasado y la de París en este año son muy instructivas
para nosotros. Una delegación de las otras ciudades que están en
esta red está siempre presente en la ciudad en la que se desarrolla la
misión. A Budapest le tocará en el 2007. Debo decir que los movimientos
se implican fuertemente en estas iniciativas.
Identidad y tolerancia. Son muchos los que contraponen los dos términos,
como si la experiencia de una identidad fuese indicativa de cerrazón frente
al que es distinto y el respeto por los demás fuese posible sólo
a los que no tienen certezas. ¿Cómo ve usted el problema?
Identidad y tolerancia no se contraponen de ninguna forma. Es más, se
presuponen respectivamente. Si no existe una identidad (cultural, religiosa, étnica,
nacional), ¿qué es lo que hay que tolerar?
Y, por otra parte, si una persona tiene una identidad verdadera, no manipulada,
consciente de los valores de su propia identidad, a la fuerza se le abren los
ojos sobre los méritos y los valores de las otras culturas y de los otros
grupos, reconociendo su valor. Por tanto la tolerancia es razonable sólo
cuando uno tiene una identidad propia, porque sólo así se vuelve
capaz de reconocer la identidad de los demás. Es cierto que hubo un momento
en el que se utilizaba la palabra tolerancia en un sentido menos abierto. Cuando
se empezó a hablar de tolerancia con relación a las religiones
estábamos todavía en el mundo de los estados confesionales. El
Estado, abierta o tácitamente, estaba convencido de saber cuál
era la verdadera religión, y por motivos de oportunidad o para garantizar
la paz pública toleraba también otras religiones: “toleraba”,
sin identificarse con ellas. En este sentido tolerancia significaba una reducción
de la libertad.
Siguió otra época en la que el Estado parecía convencido
de que ninguna religión era verdadera, o de que las opiniones religiosas
eran subjetivas. En esta época, por tranquilidad o por oportunidad se
toleraban las religiones o algunas religiones, como en el caso de la fase final
del periodo comunista.
Cuando hablamos hoy de identidad y de tolerancia debemos tener una visión
más amplia y hablar de “libertad”, “libertad religiosa”, “libertad
y reconocimiento de la diversidad cultural”. En este sentido se debe hablar
siempre del aprecio de la dignidad de la persona, porque a fin de cuentas es
siempre el hombre el objeto del “reconocimiento” y del “respeto”.
Cuando en la declaración Dignitatis Humanae el Vaticano II hablaba de
la libertad religiosa no fundaba esta libertad sobre una indiferencia, sobre
una apatía o sobre un subjetivismo sin límites, sino sobre otra
cosa: la existencia de una verdad acerca del mundo, del hombre, de Dios, motivo
por el que el hombre, que ha sido creado inteligente y libre, debe buscar, reconocer
y aceptar libremente esta verdad. Cualquier constricción en esta materia
sería injustificada.
Naturalmente –esta es una cuestión muy moderna, casi posmoderna–,
la tolerancia tiene sus límites. Existe la tentación de entender
la tolerancia como respeto hacia la opinión subjetiva de cualquiera, prescindiendo
del contenido de esta opinión. Este nihilismo o subjetivismo absoluto
ha mostrado sus propios límites, porque la sociedad, si quiere vivir,
si no quiere ser destruida, no puede tolerar cualquier tipo de comportamiento,
cualquier tipo de opinión, porque puede haber algunas que amenacen la
vida y la libertad de los demás. Hace falta garantizar la convivencia.
En los últimos años, con una cierta sorpresa, hemos oído
hablar de “tolerancia cero”, porque la sociedad, muy fascinada por
la idea de libertad, se ha sentido obligada a decir que no a un comportamiento
como el terrorismo. Pero esto no elimina que existe un mínimo de sana
razón, de honestidad humana, que debe ser respetada por cualquiera para
la supervivencia misma de la sociedad. Esto significa que profundizando en el
respeto debemos apreciar también la identidad, debemos creer en la posibilidad
de un conocimiento verdadero y de un mínimo de valores morales que proceden
de la estructura de la realidad, de la fisonomía del ser humano, porque
si olvidamos esto, la tolerancia no se sostiene. Verdad y libertad deben existir
juntas, porque se presuponen mutuamente.
¿
Qué puede ganar Europa con la ampliación a los países del
antiguo bloque soviético?
Antes que nada hay que decir que los países del antiguo bloque soviético
pertenecen desde siempre a Europa y forman parte constitutiva de ella. Europa
no va a ampliarse, porque Europa existe con anterioridad. La ampliación
de la Unión Europea es ciertamente un enriquecimiento para todos los pueblos
del continente. Los viejos miembros pueden abrirse a un nuevo mercado. En cuanto
a los nuevos países, no creo que esperen solo ayudas económicas:
es mucho más importante que en la distribución y en las soluciones
jurídicas se respete la igual dignidad de los nuevos miembros. La posición
de estos pueblos dentro de la Unión es estructuralmente más débil:
deben adaptarse y aceptar las reglas de un juego que se ha planteado sin ellos.
Algunos países gozan de una notable sensibilidad, no tanto por las cuestiones
económicas, sino por la certeza de tener la misma dignidad que los demás.
Si tuviese que sugerir a los nuevos parlamentarios europeos los problemas
más
graves con los que medirse para asegurar un futuro positivo para la nueva Europa, ¿cuáles
indicaría?
En primer lugar el respeto por la vida humana: sin esto se hunden la cultura
y la economía. Creo que es necesario prestar atención a las cuestiones
del reconocimiento y de la protección de la dignidad humana desde el comienzo
de la vida hasta la muerte.
Otra cuestión relevante es la de la solidaridad. Tomar en serio este principio
puede hacer más justa y humana la vida. Es un principio muy cercano a
la doctrina social de la Iglesia y a la sensibilidad de los católicos.
Es cierto que esta solidaridad no puede cerrarse en sí misma: es importante
que los europeos no piensen sólo en la Unión Europea, sino también
en los pueblos que están fuera de ella, para no olvidar al resto del mundo,
porque la humanidad es una sola. No pueden ofrecerse por mucho tiempo ventajas
a una región si no pueden beneficiarse también las demás.
Europa puede ser una fuerza que contribuya en el mundo a una mayor justicia.
Esto significa también que la burocracia exagerada o el egoísmo
colectivo constituyen un gran peligro del que deben ser conscientes los parlamentarios
europeos para poder ser útiles.
Creo que en el sector educativo, y también en el de la sanidad y el de
la seguridad social, existen contradicciones y crecientes tensiones entre el
progreso de las ciencias y la garantía del libre acceso de todos a estos
servicios. En el sector educativo, pero sobre todo en la sanidad, se pueden alentar
intervenciones, métodos, medios de investigación y de comunicación
muy sofisticados, muy eficientes y costosos. Aunque estamos en una época
que acentúa las diferencias, la justicia y las necesidades de los menos
favorecidos deben permanecer siempre como un factor del cálculo social
y político, a todos los niveles de la comunidad.
También está la cuestión de la libertad. En el sector educativo,
es necesario que la identidad cultural y religiosa sea conservada y que sea posible
su transmisión también en los centros de enseñanza. Esto
no afecta sólo a la enseñanza de la religión o a la clase
de religión, sino también a la educación integral de la
persona humana, porque la persona es única y no se pueden separar en ella
sus aspectos singulares. En este sentido puede ser muy útil, aunque no
siempre imprescindible, garantizar la posibilidad y la existencia de centros
de enseñanza y de educación que tengan un carácter confesional.
En nuestra época, en que la educación es una obligación
regulada por una legislación muy compleja, no puede excluirse el aspecto
de la identidad y de la libertad.
Una última pregunta: ante los desafíos del mundo actual, ¿cuál
es la mayor urgencia para los cristianos?
¡
La esperanza! De ella habla Juan Pablo II en su exhortación post-sinodal,
porque Europa tiene necesidad de esperanza. En muchos países existe una
mentalidad cansada: hay una gran necesidad de esperanza, de motivación.
Incluso entre la juventud veo que a veces la esperanza escasea.
Pero para tener esperanza es necesario tener fe, porque la esperanza tiene que
tener un objeto. La esperanza que tenían muchos en los países del
Este –de que el comunismo terminaría algún día– se
ha cumplido, y sin embargo no estamos en el paraíso. Resulta evidente
que la esperanza puramente terrena es insuficiente. Europa, lo mismo que todo
el mundo, tiene necesidad de Cristo y de la esperanza que brota de Su persona.
En este sentido podemos aventurarnos a afirmar que el hombre es un ser que vive
de esperanza.