En
el Este
La
presencia del Papa. Pasión por la unidad
Entrevista a monseñor Antonio Mennini, nuncio apostólico
en la Federación Rusa. «
Es necesario volver a partir de palabras como “amistad”, “colaboración”, “comunión”» para
llegar a “ecumenismo”
a cargo de Giovanna Parravicini
Excelencia, la situación de incertidumbre (social, económica,
de la vida misma) que se vive en Rusia, parecida a la de otras partes del mundo,
carga sobre el hombre el peso de muchas pruebas. ¿Cómo responde
la Iglesia?
Me parece que hoy, ante los conflictos que desgarran el mundo entero y los
desafíos de la globalización y secularización que afectan
en particular a Occidente y que se están difundiendo rápidamente
también en Rusia, el anuncio evangélico adquiere un peso más
determinante que nunca en el destino futuro de la humanidad. Rusia es un gran
país, con una extraordinaria tradición espiritual y cultural,
pero también con un pesadísimo fardo de sufrimientos acumulados
en el curso de su historia; sufrimientos que determinan la mentalidad tanto
a nivel individual como social. La Iglesia ortodoxa está adquiriendo
cada vez más conciencia de su propia misión educadora, y se multiplican
los intentos de responder a los desafíos del mundo contemporáneo:
lo observamos en la pastoral juvenil, en el campo de la cultura teológica,
en la elaboración de los fundamentos de una doctrina social. A nosotros
los católicos, que somos en Rusia una pequeña minoría,
se nos confía una misión particular y en mi opinión preciosa:
un trabajo ecuménico para que a través de la común conversión
a Cristo testimoniemos cada vez más ante el mundo la unidad invocada
por Cristo como el milagro supremo, «para que el mundo crea».
¿
Cuál puede ser, en concreto, la contribución de la Iglesia católica
en esta situación?
Durante años la Iglesia en Occidente se ha alimentado acudiendo a la
riqueza de la tradición del Oriente cristiano. Pongo algunos ejemplos:
la importancia que ha tenido la teología del icono, la filosofía
religiosa rusa (Chomjakov, Soloviev, etc.) que ha permitido una mayor conciencia
de nuestra misma identidad cristiana y de su universalidad. A esto se añade
el testimonio de los mártires rusos del siglo XX, que han infundido
a menudo una savia nueva a nuestras comunidades occidentales aburguesadas.
Me parece que hoy en día la contribución de la Iglesia católica
podría ser la de ofrecer a la Iglesia y a la sociedad rusa el propio
testimonio y experiencia de presencia cristiana, sobre todo en los campos de
la cultura y de la sociedad, que por circunstancias históricas han sido
durante mucho tiempo en Rusia monopolio del régimen ateo.
En Rusia resulta en cierto modo inevitable afrontar la cuestión de las
relaciones entre Iglesia ortodoxa, Iglesia católica, protestantismo
y otras religiones. ¿Qué experiencias ha tenido usted en este
primer periodo de su mandato, y cuáles considera usted capaces de un
ecumenismo real?
No se puede esconder que las relaciones entre la Iglesia católica y
la más numerosa Iglesia existente hoy dentro de la Ortodoxia siguen
siendo bastante complejas. Por otro lado, estoy profundamente convencido de
que con buena voluntad no existen problemas irresolubles entre hermanos. Hay
que huir de la precipitación en este aspecto. Por una serie de circunstancias,
en Rusia resulta equívoca la palabra “ecumenismo”. Hay que
volver a partir de palabras como “amistad”, “colaboración”, “comunión”,
participación mutua en las alegrías y en los problemas los unos
de los otros, palabras cuyo significado profundo creo que todos comprenden.
Las experiencias más significativas de ecumenismo, como me ha sucedido
con muchos hermanos ortodoxos, pueden nacer ante todo de nuestra disponibilidad
a abrirnos en relación a este pueblo, a sus tradiciones culturales y
espirituales, a la conciencia de que se trata de un enriquecimiento para nosotros
mismos. Esto es lo que podrá ayudarnos después a comprender mejor
la palabra “ecumenismo” con el valor que le confieren el Evangelio
y el magisterio de la Iglesia.
Estamos llamados a trabajar infatigablemente para aprender a ver lo esencial
en nuestra fe y en la fe de nuestros hermanos: toda experiencia y carisma,
como he visto subrayar muchas veces a don Giussani, en la medida de su autenticidad
es un camino para la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo que sigue siendo
uno a pesar de las divisiones y de los pecados humanos.
¿
Qué significa en su larga experiencia de Nuncio ser la presencia del
Papa en las tierras a las que es enviado?
No es fácil responder en pocas palabras. Creo sin embargo que, más
allá de tareas diplomáticas y administrativas confiadas a todo
representante de la Santa Sede en el mundo, el aspecto más confortante
y apasionante de la misión de Nuncio (y lo digo con temor y temblor,
desde la conciencia de ser una “vasija de barro”) es el de poder
sostener la esperanza de los hombres, testimoniando que Cristo resucitado está cercano
a ellos y tiene un rostro, el rostro de la Iglesia y del Papa. Un testimonio
que abraza todas las culturas, las nacionalidades y las tradiciones. Por lo
que respecta a Rusia, es particularmente significativo el magisterio mismo
de Juan Pablo II, que la Iglesia católica en Rusia debe comprender y
profundizar cada vez más. Es indudable que el punto sobre el que se
apoya Juan Pablo II es su concepción de Cristo como Señor del
cosmos y de la historia, Redentor del hombre e insistente Mendigo de su amor,
Presencia viva que transfigura toda la realidad y penetra en todos los meandros
de la historia. Solo así es posible explicar el abrazo al hombre, a
todos los hombres y a cada hombre, en cualquier tiempo y país, que caracteriza
el pontificado de Juan Pablo II, y su llamada urgente, llena de congoja, a
la unidad: una unidad que puede existir entre las Iglesias, entre las diversas
partes de Europa, en el mundo, porque se funda sobre la indivisibilidad del
Cuerpo de Cristo lacerado por las divisiones y por el pecado humano.