editorial
La victoria sobre la nada es
la Presencia de una realidad viva
Si eliminamos a Cristo, matamos a Dios, había sentenciado Nietzche. Toda
la época moderna se ha tomado en serio la terrible afirmación de
uno de sus trágicos profetas. Nietzche había entendido que la idea
de Dios se podía vaciar hasta que resultara inútil para la vida
de los hombres. Dios podía permanecer en el trasfondo de la conciencia
como una idea confusa e inerte, pero advertía que la presencia y la pretensión
de Cristo representan un desafío inaceptable para el hombre moderno. Porque
Jesucristo devuelve a Dios al centro de la cuestión humana y, con su presencia
de Resucitado, supone un escándalo insoportable para toda filosofía,
acción o ideología, que pretenda resolverla. Para matar a Dios –concluía
Nietzche– hay que eliminar a Cristo, devolviéndolo a un pasado remoto
para que no pueda ejercer ninguna influencia sobre el presente, y oponerse al
fruto de su Resurrección, ese pueblo que continúa en la historia
y la construye. Cristo se toleraría como objeto de piedad, pero nada más.
Por ello, el clamor de Péguy –«Él está aquí como
el primer día. Eternamente como el primer día»– suena
a locura en una época que ha rechazado a la Iglesia.
Oriana Fallaci, al escribir en defensa de Occidente, se ha definido «atea
cristiana», una contradicción en sus términos, que refleja
la situación de tantos contemporáneos: se aceptan todavía
los valores culturales y morales del cristianismo, pero se rechaza su pretensión
de ser un acontecimiento vivo capaz de renovar el presente. El sentimiento concreto
de la vida discurre por otros caminos, de modo que algún periodista católico
puede escribir que para él «no es importante que Jesucristo sea
Hijo de Dios» y otros, no creyentes, preguntarse «qué importancia
tiene que haya o no una cruz» sobre el ataúd de un difunto. ¿Dónde
está la diferencia?
En los Ejercicios espirituales de la Fraternidad de CL en Rímini, al final
de su intervención (que publicamos en la página uno) don Giussani
ha querido dictar esta frase: «La victoria es de la Pascua y de la inmortalidad.
Así, la victoria de la Pascua es el pueblo cristiano. Esta es la victoria
de Cristo sobre cualquier “victoria” de la nada».
Toda nuestra existencia humana depende de su destino: de si al final nos espera
una derrota o una victoria. Si el destino es ignoto y lejano, resulta siempre
un enemigo en potencia que sólo nos procura trabas y, al final, la muerte.
Si, por el contrario, el destino está presente de algún modo, se
convierte en nuestro principal aliado en la lucha por la vida, en un Misterio
de “sobreabundancia” del Ser y no en una ausencia, como ha dicho
Julián Carrón en Rímini.
La Iglesia lleva al mundo un destino bueno que se hace presente mediante la realidad
de personas renovadas, cuyo cambio empieza ya a cambiar el mundo. Los cristianos
son el rostro del acontecimiento de Cristo que recorre la historia realizando
una humanidad más verdadera. Cuando el hombre rechaza esta propuesta o
se aleja de ella, se ve obligado siempre a rehusar o censurar algo de su humanidad.
Si eliminamos la carne del Misterio, si lo devolvemos a la estratosfera, es como
si matáramos a Dios, a nuestro destino. Y con él, al hombre.
La presencia de Cristo es la victoria que hoy, como hace dos mil años,
se puede ver, oír y tocar en la realidad del pueblo cristiano. De ahí procede
una conciencia siempre positiva de la vida y una energía renovada para
defenderla razonablemente. Aconteció a los primeros que reconocieron a
Cristo resucitado en Emaús o a orillas del lago después de la mañana
de Resurrección. Acontece también hoy dentro del pueblo heredero
de aquella mañana victoriosa, que hace de la vida, con todas sus sombras,
una mañana. Siempre una mañana.