El
fundamento del diálogo
Pertenencia
y diálogo
Un artículo del Presidente de la Compañía de las Obras
y el Vicepresidente de la Unión de las Comunidades judías italianas,
publicado en El Reformista, 16 de abril de 2004, p. 2.
Raffaello Vignali y Claudio Morpurgo
Existe
un hilo conductor que liga indisolublemente algunos de los episodios que han
animado recientemente la reflexión en los medios de
comunicación: desde las reacciones a los atentados en España,
la violencia en Iraq y en todo Oriente Medio, la polémica sobre el voto
de los extracomunitarios, las discusiones sobre la constitución europea
y el tema de los crucifijos en las escuelas, hasta el antisemitismo rastrero
que contemplamos reavivarse. Por no hablar de la crisis de Parmalat, de las
huelgas salvajes, además de todas las contradicciones que cada día
caracterizan la discusión y el enfrentamiento político, la primera
de las cuales es el deseo de transversalidad que demuestra, más que
otra cosa, la falta de auténticas ideas-fuerza y, por tanto, la muerte
de la política. Todos estos hechos tienen en el fondo la misma raíz:
los intereses de una parte, incluso cuando son llamados derechos, se hacen
valer más que el bien común. Y es evidente que sin la tensión
de cada uno al Bien no se puede construir el bien común. A ningún
nivel. Vivimos en definitiva en un mundo caracterizado por un déficit
de confianza, de solidaridad, de compartimiento del bien común. Existe
también, con la misma gravedad, un déficit de representación:
se saltan y se ignoran cotidianamente los modelos tradicionales de tutela de
los intereses colectivos (desde la política al sindicato). Pero, sobre
todo, es evidente un déficit de identidad, al que se une el drama cultural
de nuestra época: la dificultad de pertenecer. Vivimos en una sociedad
que rechaza el concepto de pertenencia, señalándolo como una
modalidad retrógrada de entender la convivencia social a la que hay
que combatir. Aquel que pertenece es considerado como un mal al que hay que
dejar a un lado, pues es nocivo para una colectividad indistinta y en la que
los valores están ausentes. Nunca como en esta época es evidente
el encuentro entre diferentes culturas, planteamientos religiosos, historias
y experiencias. No obstante esta realidad, el mundo de la cultura y de la política
evita promover un encuentro fundado sobre el diálogo entre diferentes
pertenencias, prefiriendo aplastarlas, banalizarlas y esconderlas. Hasta que
el conflicto termine por arrastrarnos, habría que pensar. Este es el
peligro. Los conflictos y las crisis de estos días no son ejemplos aislados,
sino la punta de un iceberg que cada vez asoma más. No se puede posponer
por más tiempo un salto cualitativo, una profunda responsabilización
personal por parte de todos. El desafío puede ser vencido, en esta perspectiva,
sólo a través de la construcción de una sociedad basada
sobre el derecho a pertenecer (y no sólo en el derecho a no pertenecer),
a ser distintos, a ser uno mismo. Una sociedad que brote desde abajo, de aquello
que es más cercano al individuo por lo que es, de las necesidades que
expresa; una sociedad de las comunidades, capaz de hacer dialogar a las células
(religiosas, económicas, culturales, etc.) que, después de la
familia, están más cercanas a las necesidades, a los deseos y
a la identidad del hombre. Se vuelve improrrogable, por tanto, definir un tejido
cultural, educativo y político que determine las reglas del encuentro
entre las distintas pertenencias. Quizá –y puesto que la relación
con Dios, más que cualquier otra cosa, unifica determinando el reconocimiento
de valores comunes y la posibilidad de hablar una lengua comprensible recíprocamente– el
primer terreno de la relación podrá ser la religiosidad, o bien
la fe en el Creador, en el Dios de Abrahán. Una religiosidad que se
traduzca en el compromiso hacia los mandamientos de Dios, hacia la justicia
y la misericordia, en la afirmación de la santidad de la vida y de la
implicación de Dios en la historia, desde el convencimiento de que el
bien, sin lo sagrado, está destinado a sucumbir. La religiosidad puede
ser, por tanto, la palabra clave que, desde el momento en que promueve el encuentro
entre los hombres de fe, puede permitir vencer el desafío de la multiculturalidad,
sin homologar las distintas pertenencias sino haciendo de ellas la principal
forma formans de la sociedad. Todo esto se ha convertido para nosotros en experiencia
cotidiana en la amistad de estos años, una amistad nacida en el trabajo
común, en el respeto y en la valoración de nuestra identidad.