| editorial Una humanidad que Dios vino a salvar Nuestro tiempo –y en especial el siglo pasado– ha apelado siempre a los deseos del hombre. Filósofos, médicos, políticos, empresarios, todos han hablado de ellos, a menudo exaltándolos, muchas veces empobreciendo su significado, doblegándolos a un designo de poder, a costa de generar conflictos y violencia. El deseo se ha defendido como la clave para entrar en el alma humana e interpretarla. Sin embargo, a menudo se habla de deseo y se entiende otra cosa: pulsiones automáticas e instintivas, proyectos, sueños o utopías; de lo que se deriva una gran confusión. El deseo, por su naturaleza, es algo que el hombre posee pero que no puede llenar con sus fuerzas. Deseamos algo que no podemos darnos a nosotros mismos. Nuestro deseo coincide con una apertura, un hambre y una sed que jamás se extinguen. Cuando alcanzamos el objeto fijado por nuestro deseo, nuestro deseo sigue ardiendo. Rebora lo expresaba magistralmente: «Cualquier cosa que digas o hagas / tiene un grito dentro: / ¡No es por ello!, ¡no es por ello!». El anuncio cristiano viene a menudo contestado porque “toma demasiado en serio” el deseo humano y no lo considera el indicio de un defecto de fábrica. Para el cristiano el deseo se sitúa al comienzo de la aventura del conocimiento, de la civilización y –lo que más extraña a los adversarios– al comienzo de la salvación. Es el primer paso de cualquier etapa del camino en todas las circunstancias concretas y las relaciones. Es el primer indicio de esa humanidad que Dios vino a salvar a precio de su muerte. Nadie sabría qué hacer con un Dios que no salvara y no cumpliera el deseo ardiente que constituye el corazón humano –el deseo de no acabar en la muerte–. |