El diablo en el desierto

El encuentro se produce tras cuarenta días y cuarenta noches de ayuno. Después de este episodio Jesús comienza su vida pública. Por tres veces el diablo lo pone a prueba, pero, «Él es el camino. Así pues, caminemos, no tengamos miedo, no nos perdamos. Para que no caigas en insidias, tienes como camino a la misericordia misma

ALESSANDRO BANFI

«Comenzar siempre es difícil», escribe el gran Chaim Potok en su In principio citando el Midrash hebreo. Quién sabe si aquel Niño que crecía en el silencio público, en el estudio, trabajando en privado escucharía esta verdad de la experiencia humana. ¿Le sucedió a Jesucristo? Muy bien podría habérselo dicho san José mientras le enseñaba el arte del taller: «Ten paciencia, Jesús, comenzar siempre es difícil». En cambio, María - probablemente - no. Prefería el silencio, «conservaba todo en su corazón». Sabía que si Jesús tenía dificultades cuando comenzaba su historia humana, era porque Él así lo había elegido, deseado, y quería compartirlas con él. Históricamente es cierto que los comienzos de Jesús son humildes, tras las huellas de Juan el Bautista. Como el último de los profetas, Jesús marcha al desierto tras su bautismo para ayunar durante cuarenta días, en un lugar físico, a poca distancia del río, pocos kilómetros más allá, a unos 500 metros de altitud sobre el valle del Jordán. «Toda gran empresa» - escribe Giuseppe Ricciotti en su Vida de Jesucristo - «va precedida de una preparación». Su vida pública está a punto de comenzar, y mira por dónde tiene que afrontar las tentaciones del diablo en el desierto. Mateo, el evangelista de origen judío, se detiene en este episodio que la Liturgia nos recuerda al comienzo de la Cuaresma y que, todavía hoy, resulta una de las páginas más difíciles de los Evangelios. No sabemos nada de lo que ocurre en esos cuarenta días («Y cuarenta noches», añade Mateo para distinguirlo del ayuno judío actual, semejante al Ramadán musulmán, que aún se observa y en el que se ayuna de día y se come al caer el sol) que Jesús pasó en el desierto. «Estaba entre los animales del campo», escribe Marcos, el evangelista “hijo” de Pedro, que permaneció bastante tiempo en Roma y, por consiguiente, estaba habituado a ver sobre los mapas de su tiempo la inscripción latina sobre los desiertos: Hic sunt leones.

Necesidad humana
Con animales o no, sólo sabemos que Jesús, al final de este período, súbitamente, emepzó a sentir hambre. Este es el primer impacto que nosotros, los lectores, recibimos en estas arduas páginas. El hambre es una necesidad humana, tan corporal que llega a producir compasión, casi escándalo, y al mismo tiempo, nos hermana, hace que nos sintamos hechos de la misma pasta que este hombre que dice ser Dios. Posteriormente escribirá San Pablo en la Epístola a los hebreos comentando este pasaje: «No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Cap. IV, v.15). Jesús siente hambre y al momento se presenta Satanás, que se aferra a este incontenible apetito de Jesús para escupir el veneno de su primer desafío: «Y acercándose el tentador, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes “, pero Él respondió: “ Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”» . La cita que Jesús hace de la Biblia procede del Deuteronomio y se refiere al maná salido de la boca de Yahveh para alimentar a al pueblo judío en el desierto. Pero en la proclamación que de él hace Cristo, estas antiguas palabras se magnifican y se proyectan hacia los siglos futuros, acrecentando así su significado histórico original. Giussani explica: «Cuando Jesús responde al diablo: “No sólo de pan vive el hombre”, asume una posición cultural verdadera, porque el hombre no sólo tiene estómago y vísceras, sino que además tiene corazón, y por el corazón también puede morir». Incluso hoy, aquellos que se consideran más alejados del cristianismo reconocen la verdad de aquella frase de Jesucristo, de aquella posición cultural: una posición más adecuada para explicar nuestra verdadera humanidad, que no puede ser definida censurando, negando, olvidando las aspiraciones del “corazón”.

Un milagro innecesario
Pero en estas páginas hay algo más que nos impacta. Jesús experimenta hambre, como nosotros; se deja tentar, como nosotros; pero luego define nuestra propia humanidad con una comprensión inesperada, venciendo la mentira, la negación, el veneno contenido en la exigencia de un milagro “superfluo” (Ricciotti). Claro está, porque la primera tentación del diablo es la exigencia, más aún, la pretensión de un milagro innecesario, que además concierne al hambre, una necesidad humana y material. En otro episodio de los Evangelios que, sin embargo, tiene un cierto parecido en algunos versículos con este, sucede todo lo contrario: hablamos de aquel otro inicio de Jesucristo, que ya podemos llamar público con propiedad: las bodas de Caná. En lugar del diablo, a su lado se encuentra María, que se limita a observar, sin exigir nada, sumisamente: «No tienen vino». «Mujer, todavía no ha llegado mi hora», le respondió Jesús de inmediato. Después únicamente intercambio de miradas entre el uno y el otro, entre la madre y el hijo. Empezar es siempre difícil, y el de las Bodas será el primer milagro público de Jesús. Así como la primera tentación en el desierto es violencia, esto decir, pretensión y mentira, contrariamente el episodio de Caná es una insinuación delicada, siempre dentro de la dialéctica de la petición verdadera y del Acontecimiento.

La “prueba mesiánica”
Pero volvamos al desierto. La primera prueba ha sido superada. En la segunda, el diablo utiliza sus artes sobrehumanas. Se lleva consigo a Jesús a la “Ciudad Santa”, al “alero del Templo”. Esta segunda tentación es, de hecho, una tentación completamente espiritualista, “religiosa”, no sólo por el lugar (el Templo de Jerusalén, el mismo que destruirá el emperador Tito en el año 70 p. C.), sino también por el argumento esgrimido por el tentador, ya que va a citar las Escrituras. Pareciera que el diablo pretendiese estar a la altura de Jesús rebatiéndole con la misma lógica: Satanás es el primero que se toma en serio el juicio dado sobre el hombre, que “no sólo vive de pan”. ¿Y qué decide hacer? «Entonces el diablo lo lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’”». Riccioti señala con agudeza que esta tentación es una invitación a una espectacular “prueba mesiánica”: «Arrojarse al vacío habría sido una magnífica demostración ante el pueblo agolpado en los atrios del Templo». Si eres Dios, dice el tentador, gobierna, usa, toma posesión de tu divinidad. Giaccomo Contri, con su habitual genialidad, dice: «La tentación del diablo a Jesús es la de que Él defina la teoría sobre Sí mismo». Sobre su divinidad. Es la tentación de la posesión espiritual de la Gracia. C. S. Lewis, en su magnífica obra Cartas del diablo a su sobrino - en la que el tío Escrutopo asesora a su sobrino Orugario en el arte de lo diabólico -, escribe:

«Hay que fomentar el sentido de la posesión. Los seres humanos están ingeniando continuamente exigencias de propiedad que suenan tan ridículas en el cielo como en el infierno, y nosotros debemos conseguir que se mantengan en esta línea. (...) Hemos enseñado a los hombres a decir “mi Dios” en un sentido no muy distinto del que dicen “mis zapatos”, es decir, “el Dios sobre el que creo tener derecho por los servicios y al que sermoneo desde el púlpito, el Dios que he acaparado». En la ironía de Lewis se halla la reflexión profunda sobre la tentación de la “propiedad” espiritual. La respuesta de Jesús llega como un rayo desde el alero del Templo: «Jesús le dijo: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’”».

La tentación del poder
El tercer y último asalto de esta lucha de tú a tú es quizá el más oscuro. «Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Dícele entonces Jesús: “Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’”». Sobre aquel altísimo monte, añade Lucas, la visión de todos los reinos de la historia se produce “en un instante”, “en un abrir y cerrar de ojos”, que diríamos hoy. César, Nerón, Atila, Carlomagno. ¿A quién habrá visto Jesús en esa visión diabólica, en esa visión artificiosa urdida por Satanás, que se materializa en una fracción de tiempo? ¿A Stalin? ¿A Hitler? En este caso la tentación diabólica tiene que ver aún más directamente con la misión del Mesías Jesús y la gloria del poder terrenal. Leemos también en Lucas: «Y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero”». Si acaso, la inquietud de la que somos presa nosotros, pobres lectores, es la estrecha relación (¿Hasta cuándo habrá que soportar tanto embuste de Satanás?) entre la mentira, el mal, en resumen, entre las tinieblas y los déspotas de la Tierra y de la historia. Desde luego este tercer diálogo, que contiene la infame propuesta del “pacto con el diablo”, tendrá una gran repercusión en la imaginación y la fantasía de los hombres durante siglos. Desde el Fausto, de Goethe, hasta El Maestro y Margarita, de Bulgakov, pasando por las leyendas medievales y los cuentos populares. Pero nunca como en la última e incluso expeditiva respuesta de Jesús («Apártate, Satanás»), a la que luego el diablo obedece, se percibe la fuerza y la tranquilidad del Misterio que da la existencia a todo, a todas las cosas, “la vida y la muerte, el presente y el futuro”, como diría san Pablo.

El tiempo oportuno
En lo tocante a la vida de Jesús, a su historia terrena, es siempre el evangelista Lucas, el médico griego de Antioquia, alumno fidelísimo de san Pablo, el único de los cuatro en señalar que el diablo, después de la tercera tentación, habiendo dejado a Jesús reconfortado por los ángeles, «se alejó de Él hasta un tiempo oportuno». ¿Cuál es este tiempo oportuno? ¿A qué terrible cita se refiere? El diablo se va a manifestar en los Evangelios por todas partes: en los endemoniados, en la astucia de los escribas, incluso en el pobre Pedro. Pero en lo que está pensando Lucas es sobre todo en la Pasión de Jesucristo, cuando el mismo Maestro será quien grite: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». Es entonces cuando Jesús pide a sus discípulos que oren precisamente para no ceder a la tentación. Muchos caerán vencidos por el sueño en el huerto de Getsemaní. En ese momento de turbación, María (y el discípulo predilecto, el jovencísimo Juan) representará la única posición humana capaz de vencer a la mentira: no dejar de seguirlo. Como escribe san Agustín: «Él es el camino. Así pues, caminemos, no tengamos miedo, no nos perdamos. A fin de que no caigas en insidias, tienes como camino a la misericordia misma».