A partir de la experiencia presente
Dar las razones
Lorenzo Ornaghi, rector de la Universidad Católica del Sacro Cuore
de Milán interviene sobre el segundo factor de Educar es un riesgo: «Se
trata de mostrar lo más concretamente posible que entre hablar de
la tradición
y obrar en el presente no hay ningún grado de discontinuidad afectiva
ni de incoherencia ética»
a cargo de Alessandro Gamba
Giussani afirma que el modo de comunicar la tradición y el pasado
debe ejercer una fascinación sobre el presente, es decir, debe
mostrar las razones que permiten captar su valor y su incidencia...
La clave es ciertamente la palabra “razones”. Dar las razones
es siempre mostrar, conforme a la categoría de la evidencia. En
el ámbito educativo, se trata de mostrar lo más concretamente
posible que entre hablar de la tradición y obrar en el presente
no hay ningún grado de discontinuidad afectiva ni de incoherencia ética.
Esta conexión –que siempre se da a nivel de la experiencia– constituye,
entre otras, la apertura más sincera hacia el futuro y el ingreso
verdadero en el mañana. El presente, en efecto, no es un paréntesis
aislado. La rica formulación de don Giussani permite salvaguardar
la experiencia presente como una disposición continua a la novedad
perenne. Resulta así imposible caer en la peligrosa concepción
que considera el futuro ya del todo contenido en el pasado (lo cual es
una verdadera declaración de esterilidad, a la que se inclina con
demasiada frecuencia la cultura occidental).
Se entiende, entonces, que la pregunta justa que hay que suscitar en los
jóvenes no es “¿qué tengo que hacer?”,
sino “¿qué soy yo?”.
Exactamente. La pregunta “¿qué soy yo?” supone
el reconocimiento progresivo de mi ser. A partir de ahí, comprendo
que el deber no es algo que se me impone desde fuera (a lo mejor, de manera
violenta) y, por lo tanto, inevitablemente limitante, sino más
bien una consecuencia deseada de mi ser. Las modalidades con las que voy
a realizar luego el poder-ser y el deber-ser emergerán de algún
modo por sí mismas, mediante los signos de la realidad. En fin,
si somos educados en la modalidad verdadera del método de la respuesta,
mucho más sencilla resulta la pregunta “¿qué soy
yo?”; al contrario de las primeras dos que, más allá de
la apariencia, resultan mucho más difíciles e insidiosas,
porque nos llevan a una maraña de hipótesis carente del
criterio de un orden unitario.
¿
Cómo describiría la raíz de una falsa educación?
Utilizando las palabras de Giussani en Educar es un riesgo, diría
que es «el prevalecer de la ideología sobre la observación».
La ideología –es algo que se aprende de todas las ideologías
de la historia y de la política– se presenta siempre como
una “verdad” comunicada y propuesta para creer (o impuesta)
prescindiendo de su mayor o menor aproximación a la realidad. La
observación constituye, en efecto, un válido antídoto
contra todo contenido mentiroso o pseudo-realista. La observación
no tiene un carácter espontáneo, sino que es una observación
educada, educada en la inteligencia del ser.
En su experiencia personal de docente en relación con un alumno, ¿dónde
está el límite entre proponer e imponer?
Se encuentra en cultivar la libertad: si reconozco que soy libre y la
misma e irreducible libertad la reconozco en quien tengo delante, el límite
entre proponer e imponer me resulta claro inmediatamente. De lo contrario,
el confín se vuelve malévolamente lábil o, como decíamos
antes, ideológico.
Giussani identifica dos factores imprescindibles para que pueda
darse un auténtico renacimiento cultural: un interés por todo
y una certeza de fondo. ¿Qué opina de ello como rector?
Lo comparto plenamente. Quiero destacar que no se trata sólo del
interés por todo y de la certeza de fondo del individuo; sólo
cuando esta doble experiencia personal llega a ser colectiva y se difunde –más
aún y mejor expresado–, llega a ser comunitaria, se produce
un renacimiento cultural auténtico. Repetir que la universidad,
como vida y como institución, se apoya en una pertenencia comunitaria
fuerte, explícita y aceptada, es la tarea a la que todo rector
debe sentirse llamado.
¿
Es una vocación educar?
Si queremos mantener el sentido pleno de la palabra vocación (“ser
llamados” y a nuestra vez “llamar”), debemos responder
con convicción que sí. No importa discutir luego si se trata
de una vocación preeminente con respecto a otras. Ciertamente,
no es un oficio para farsantes.
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