testimonios
Nuestro «sí» ante el misterio
de Anna
El reconocimiento de una Presencia misteriosa que cambia la realidad
cotidiana y alumbra el descubrimiento del sentido de la vida. Y, como consecuencia,
el entusiasmo
del que surge el pueblo cristiano como victoria, es decir, como afirmación
de la vida y de lo positivo contra la nada que acecha. El testimonio de
una
familia y de una obra
Mario Dupuis
Mi hija Anna, deficiente mental desde su nacimiento, ha vivido con nosotros
15 años, hasta 1995. Anna no se ha movido jamás de la cama
o de su silla de ruedas.
La vida con ella, la fatiga para atenderla cotidianamente, nos hizo comprender
lentamente, muy lentamente (no hay nada que se pueda dar por descontado en estos
asuntos, aunque tú darías la vida por tu hijo...) quién
era realmente la que teníamos delante de nuestros ojos. Pero para comprenderlo
se precisa un acto de libertad y aceptar un camino. Porque frente a Anna no bastaba
la conmoción y el deseo de ser padres y la fascinante aventura de seguir
a los hijos mientras van creciendo y haciéndose libres.
La presencia de Anna, inmóvil, impotente y sufriente, requería
una mirada más profunda y la conciencia de qé es la materia que
conforma la realidad, lo cual no proviene del simple hecho de ser padre, ni tampoco
de ser un padre que sufre por la situación de su hija.
Lo comprendí tímidamente la primera vez que don Giussani vio a
Anna y le habló y más nítidamente en las visitas sucesivas. Él
tenía una mirada hacia Anna, un modo de estar ante ella que yo no tenía.
Esto me hería, pero me interesaba.
Siguiendo aquella mirada y las cartas que él enviaba a mi mujer, lentamente
empezamos a comprender que Anna existía para afirmar que el Misterio es
todo y que el valor de la criatura reside en lo que la hace consistir. De lo
contrario, Anna hubiera sido un error de la naturaleza a eliminar. Anna era el
Misterio mismo que se afirmaba dentro de una carne agraviada por el límite,
hasta el punto de que aquel cuerpecillo empezaba a despertar un atractivo extraño
pero real, porque nos obligaba a aprender un modo diferente de tratar la realidad.
El perdón de la diferencia
De esta manera, aprendimos no sólo a acoger a Anna, sino a tratar la realidad
según una mirada y una profundidad que no son fruto de nuestra capacidad.
Así es como entiendo cuando don Giussani, en El milagro de la hospitalidad
habla del “perdón de la diferencia”. Es como si nosotros hubiéramos
tenido que perdonar la forma tan violenta y aparentemente extraña a lo
que hubieramos deseado, para entender el Misterio que esa forma contenía.
El valor de aquella niña inmóvil en el lecho radicaba en su consistencia,
en Aquel que en ese momento la tenía con vida y le decía: «Te
quiero, te afirmo», es decir, el Misterio que hace todas las cosas.
La diferencia que irrumpe en la vida se puede soportar, aceptar, tratar de convivir
con ella... Pero perdonar es otra cosa. Perdonar quiere decir que precisamente
esa diferencia es la materia humana, es la carne de mi relación con el
Misterio y esta certeza no está libre de la fatiga y de la impotencia
que a veces pueden hacernos sucumbir.
La frase que nos dijo don Giussani cuando murió Anna -«De vuestro
sacrificio consumado aguardamos más confiados la liberación»-,
empiezo a entenderla ahora. Pensábamos que el sacrificio era la enorme
fatiga y dolor que hemos vivido, y en cambio empezamos a comprender que el “sacrificio
consumado” es otro: consiste en el perdón profundo de la diferencia,
de esa diferencia que se nos confió y que al principio estaba tan lejos
de lo que uno humanamente deseábamos. El sacrificio se consuma en el preciso
momento en que se acepta que esa diferencia coicide con la carne del Misterio.
Esto origina un modo de ser padres y madres que antes desconocíamos.
El primer chico
de la calle
Anna vivió entre cuatro paredes, pero de su presencia brotó un
modo de mirar y de tratar las cosas que siempre nos ha acompañado, que
no va bien sólo para los minusválidos o los desafortunados, sino
que afecta a toda la realidad. Así fue como nació Casa Edimar.
Cuando me encontré al primer chico por la calle (y no hay nada excepcional
en encontrarse con un chaval que te pide algo de lo que te ha sobrado de la compra),
en vez de darle una limosna, le pregunté: «¿Cómo estás,
dónde vives, por qué pides limosna?». Mientras le hablaba
miraba a la cara como había aprendido a mirar a Anna, me surgió decirle: «Ven
a mi casa». De dos o tres cosas así de sencillas nació una
obra.
Aquel chaval vino a mi casa; mientras estaba sentado en la mesa, lo miraba fijamente
y me resultaba claro que todo había sucedido por el hecho de Cristo, es
más era el hecho mismo de Cristo que acontecía para mí.
Después miré a mis hijos, sentados como siempre a la mesa, un poco
cohibidos por la enésima “rareza” de su padre, y me asombré porque
les miraba como nunca antes lo había hecho. El Misterio que reconocía
en ese niño me “obligaba” a una mirada ante mis hijos más
pura que la habitual; les miré no ya como simple padre, sino de criatura
a criatura, como un hijo atraído por el Misterio. Jamás me había
sentido tan padre.
Aventura humana
Y lo mismo les sucedió a otros amigos, sobre todo a otra familia con la
que ahora vivimos en Casa Edimar. Porque algo tan grande no se vive solos ni
se vive como algo excepcional. Con esta familia y algunos más nació una
preferencia, no porque nos elegimos unos a otros, sino porque todos deseábamos
seguir la aventura del conocimiento y del amor a Cristo, como nos había
enseñado la relación con Anna, cada uno con su “sí”,
algunos, como mis hijos, sólo con un “¿por qué no?”.
Mi hija nos había introducido en una aventura humana que no terminaba
con su muerte. Tal vez por eso, cuando murió, un amiga de los Memores
nos escribió: «Ahora nos aguarda una nueva maternidad y paternidad».
Esta preferencia nos llenaba de gratitud y de alegría. Por gratitud dejamos
nuestras casas y construimos otra que ahora ya es un pueblo: Casa Edimar.
Está dedicada a Edimar, porque el año en que decidimos esta aventura,
en La Thuile escuché el testimonio de Semia de Samambaía sobre
Edimar y su muerte.* Al regresar a casa, decidimos dedicarle la obra. Esto, entre
otras cosas, nos ha hecho comenzar una relación con los amigos de Brasil
y de otros centros dedicados a Edimar, como el de Youndè, en Camerún.
Dentro de la cotidianeidad
Ahora, en Casa Edimar viven con nosotros 13 chicos y realizamos un seguimiento
diario a otros 30/40. En su mayoría, son chicos que no tienen una familia
capaz de educarles o que se siente impotente ante la difícil situación
en la que ha derivado su hijo. Les aceptamos tal como son, dentro de la normalidad
de cada día, vivida no sólo en Casa Edimar, sino también
continuando algunos su trabajo cotidiano.
Leyendo la carta que envió don Giussani el año pasado a cada miembro
de la Fraternidad, comprendimos que los hijos, nuestros o de otros, se nos dan
para que experimentemos el Ser, que «pide ser reconocido» dentro
de su carne. En la experiencia de Casa Edimar es como si el Ser, el Misterio,
nos pidiese que Le hiciéramos compañía porque todavía
no es reconocido por la criatura que hemos acogido, y al mismo tiempo, que acompañemos
a la criatura que aún no lo sabe reconocer. Lo he comprendido cuando uno
de los chicos que más problemas nos ha causado dijo en su cumpleaños: «En
estos años he liado unas cuantas, pero vosotros siempre estabais ahí».
Así, tanto la alegría que nace al darse cuenta de cada pequeño
paso que dan hacia el bien como el dolor y la herida de su “no” son
el terreno fértil en el que crece el amor a Cristo.
Caridad: método de conocimiento
De este modo, la caridad se convierte en un método de conocimiento, porque
si trato al otro con caridad, el otro se convierte para mí en fuente continua
de descubrimiento del misterio de Jesús. Y precisamente por ser una fuente
inagotable de conocimiento, ese chaval que me hace volverme loco a veces, justo ése,
en ese momento, es todo para mí. Entonces, ante él la primera pregunta
no es: «¿Qué puedo hacer por ti?», sino: «¿Quién
eres tú para mí?».
Todo ello cuesta sacrificio, porque hace que la vida no se apoye en la propia
medida; y distanciarnos de nuestra medida (que suele ser la tumba de la vida
y de la relaciones) es un trabajo. Casa Edimar, antes que una obra de caridad
es para mí el deseo de permanecer en aquella mirada que vi por primera
vez cuando don Gius vio a Anna en el hospital. De ahí nace una humanidad
nueva que no censura nada. Algunos podrían seguir siendo delincuentes
o seguir descarriados toda su vida, pero en su vida alguien les ha tratado no
por el mal que llevan en sí, sino por el bien que se afirma en ellos. ¿Y
cuál es este bien? Es el reconocimiento de que el otro – se llame
Marco o Daniel, como mi hijo – es signo del Misterio.
Entonces, ¿por qué no empezar a tratar todo así, por lo
positivo que tiene? Es cierto que es preciso entrar a veces dentro de la naturaleza
sufriente para descubrir esta positividad, es preciso atravesar y no saltarse
el mal, como si no existiera, como si no te hubieran robado en casa, o no te
hubieran liado una gorda; es preciso llegar hasta el fondo. E ir adentro es doloroso,
es un sacrificio.
El reconocimiento del límite
Reconocer un bien es la chispa que enciende una relación nueva. Un chico
nos escribió: «Aquí he encontrado personas dispuestas a escucharme,
y para mí esto es nuevo, porque jamás había conocido a nadie
a quien le interesara escucharme; sólo personas dispuestas a decirme que
siempre es sólo culpa mía».
Algunos se van de casa no porque se han saltado las normas, sino porque nuestra
pobre humanidad no ha sido capaz de retenerles. Por eso, el amor a Cristo pasa
a través del ofrecimiento de nuestra impotencia que se convierte en oración: «Señor,
ayúdalo tú», como sucede con frecuencia con los hijos o la
mujer. Así, esta obra de caridad me lleva a reconocer mi límite,
del que jamás he tenido tanta conciencia como ahora. Pero ya no me da
miedo.
«
El dolor es un modo de mirar a Cristo» dice don Giussani en Una presenza
che cambia».
En un instante
Vittadini decía en un diálogo con nosotros: «Algunas veces
no basta toda una vida para ver que el Misterio es bueno», y yo, asombrado
y confortado por estas palabras, pensé: «Pero basta un instante
para reconocer que el Misterio es todo en la persona que tengo delante, en ese
chico que sigue diciéndome que no». Esta es la libertad que yo deseo.
Muchos que se implican con nosotros empiezan a gustar de esta humanidad, por
ejemplo, ese empresario que nos dijo: «Es la primera vez que veo una obra
con necesitados donde no hay rastro de asistencialismo; para vosotros estos chicos
no son un problema, sino un recurso y así la cosa también me interesa
a mí como empresario». Y ha montado una pequeña empresa junto
a otros empresarios para dar trabajo a nuestros chicos más difíciles
y que no encuentran trabajo fácilmente fuera. Si Casa Edimar es una obra
de caridad, creo que lo es porque la primera caridad es la educación.
*Con el número de diciembre Huellas editará un cuaderno sobre
la vida de Edimar.
|