Educar en una
capacidad crítica
Siempre en lucha contra los malos maestros
El editorialista de La Stampa Pier Luigi Battista interviene sobre
con el tercer factor de Educar es un riesgo: «
Lo que más me impresiona de CL después de años es
precisamente su voluntad de comprender cada vez más y de confrontarse
abiertamente con todos»
a cargo de Maurizio Crippa
«Vuestra forma de juzgar y de hacer cultura es libre y apasionada
por la persona, conforme a esa “libertad crítica” que
don Giussani enseñó desde el comienzo de sus clases».
Toma prestada una categoría de Elémire Zolla que utiliza
de forma paradójica, puesto que el famoso estudioso de culturas
y religiones es uno de esos maestros que muy pocas citas han aportado
a la historia del movimiento. Sin embargo, aprovechar el margen entre
la intuición y lo que ya se sabe es propio de un periodista del
calibre de Pier Luigi Battista, crítico agudo de la cultura dominante.
Elémire Zolla señalaba dos profundas divisiones sociales
y culturales. Existen las «civilizaciones del comentario» que
se apoyan en una «verdad dogmática fuerte y compartida»,
tan inmutable que, de generación en generación, solo se
puede repetir mecánicamente, o como mucho, comentarla, añadir
alguna nota a pie de página. Por otro lado están las «civilizaciones
de la crítica», para las cuales el dato adquirido es siempre
provisional y merecedor de verificación. E investigar nuevos caminos
hacia la verdad es la única regla aceptable.
Evidentemente, la «civilización de la crítica» sería
la modernidad del pensamiento laico. Y, evidentemente, en los años
70, «en mi experiencia personal de joven estudiante de izquierda»,
Comunión y Liberación representaba la encarnación
de la «civilización del comentario». «Un grupo
dogmático –“integrista” se decía entonces– en
el que estaba desterrada toda capacidad crítica. De este fuerte
prejuicio nacía el rechazo violento de la imagen, y a veces no
solo de la imagen, del enemigo». Es evidente que si hoy Pigi Battista
ve las cosas de forma distinta es porque su recorrido le ha librado de
esas ataduras ideológicas.
¿Qué ha supuesto para ti descubrir que en un movimiento como CL
la “libertad crítica” no sólo existe, sino que
es una característica esencial, un elemento constantemente subrayado?
Todo esto es fruto de un encuentro, incluso en sentido profesional, en
el ámbito de mi oficio de periodista. Mientras las ideologías
se venían abajo, fui conociendo una manera de juzgar la realidad
y confrontarse con los demás que me resultó sumamente interesante.
Aun siendo “no creyente”, podía compartir con ella
muchas pasiones. En esos años leía Il Sabato: había
en él una capacidad crítica, una libertad ante la cultura
dominante, una curiosidad por descubrir que no hallaba en otro sitio,
y mucho menos en la prensa. Es la misma libertad curiosa que mueve el
Meeting de Rímini. Allí la vi y la descubrí en vivo.
No era la “pasión crítica” propia de un grupo
intelectual: había jóvenes y adultos que dialogaban con
otros, se medían con políticos y artistas de manera no formal.
Esto me impresionó sobremanera.
En Educar es un riesgo escribe Giussani: «La crítica es,
ante todo, expresión de la genialidad humana que hay en nosotros,
una genialidad dirigida toda ella a descubrir el ser, a descubrir lo que
vale».
Creo que esta es una característica propia de la experiencia de
CL. Cuando conocí a don Giussani, con motivo de una entrevista,
más allá de sus palabras me impresionó su curiosidad
humana y existencial. La historia de CL, a los ojos de los que no estén
cegados por el prejuicio, llama la atención por esta capacidad
de buscar y de encontrar maestros, amigos y compañeros de viaje.
Esta es la enseñanza de san Pablo: «Valorad todo y quedaos
con lo bueno». Desde Leopardi a Pasolini, o personalidades como
Testori, son muchos los “maestros” que han escandalizado a
la cultura dominante...
Y toda esta libertad en un mundo, en cambio, bloqueado, donde cuesta trabajo
encontrar la misma apertura. No es una experiencia común. Creo
que el meollo, el método, está justamente en esta actitud: “estar
en el mundo y no pertenecer al mundo”. Hacer cultura, juzgar, sin
por ello sentirse como una fortaleza asediada.
Don Giussani insiste también en otra cuestión: «El
fenómeno cultural comienza, para cualquiera, delante de una persona
que se comunica a sí misma, es decir, que comunica su forma de
relacionarse con toda la realidad». ¿Hoy en día, qué acogida
encuentra una posición así?
En una situación como la actual es necesario saber que el encuentro
crítico con el otro no es dejar a un lado la propia identidad.
Pero hoy la identidad escasea.
Es también un problema de educación. En tu trabajo crítico
a menudo has hostigado a los “malos maestros”.
Los malos maestros no son los únicos responsables. Se hallaban
sumergidos en el sueño dogmático de su tiempo. Echarles
la culpa sólo a ellos es como decir que los demás eran inocentes...
En cualquier caso, hoy los malos maestros abundan más que entonces,
y son los intelectuales que actúan con una constante intimidación
ideológica: «Esto es correcto y esto no; es lícito
pensar así o no lo es; esto lo puedes decir y esto en cambio no...».
Es la cultura dominante, el “carrusel” intelectual que repite
siempre las mismas abstracciones.
En resumen, volviendo a Zolla...
Los verdaderos dogmáticos son ellos, los que se consideran depositarios
de una verdad que imponen, que los demás sólo pueden acatar
y repetir. Son las personas, o los grupos de poder, que hacen un uso sistemático
de la intimidación: si no piensas como ellos, no tienes derecho
a hablar. Es exactamente lo contrario de una educación crítica.
Lo que más me impresiona de CL, después de años,
es precisamente su voluntad de comprender cada vez más y de confrontarse
abiertamente con todos.
|