Argentina. Reconstruir un pueblo

Un país en plena crisis política y económica que ha olvidado su propia identidad católica. A través de algunos sencillos gestos se propone un juicio nuevo fruto de una amistad concreta

VICTOR AUYERÓS

En Argentina el 50% de la población se encuentra por debajo de la línea de pobreza gracias al fenómeno de pauperización agudizado en estos últimos meses; cerca del 40% de la población activa no tiene trabajo o corre el riesgo de perderlo; no existe el crédito público ni el privado; la desconfianza en todas las instituciones es completa, como también es total la incapacidad de asociarse para construir algo nuevo.

El estado no tiene siquiera la posibilidad de pagar a los empleados públicos. Es una situación de inestabilidad general, también síquica y emotiva.

En tal contexto, la Iglesia ofreció un signo muy fuerte, cuando a fines del año pasado - después del levantamiento en Buenos Aires y otros puntos del país que provocó muertos y heridos - se propuso como intermediario entre las partes en pugna. El problema es que la gran mayoría de nuestra Iglesia tiene todavía en mente una Argentina como sociedad católica. En cambio, la Argentina ya no es una sociedad cristiana, porque la fe, para la mayoría, no es incidente en la vida del trabajo, en la economía, en la política.

En este momento, el verdadero peligro (peor que aquel económico o político) es la desaparición del pueblo, porque pueblo es aquel que tiene un horizonte común, como enseña Don Giussani. En la Argentina no existe ninguna propuesta de horizonte común para ninguno de nosotros.

Sin embargo, para nosotros, para la experiencia del Movimiento en la Argentina, quizás este contexto haya sido providencial, porque por pura gratuidad y sólo siguiendo las indicaciones del Centro del Movimiento, sucedió algo que es un milagro: la novedad absoluta del camino de CL en la Argentina este año ha sido la sistematicidad con la cual hemos hecho el Consejo Nacional. Éste se convirtió para nosotros en una amistad carnal, vecina, exigente, discreta, que nos hizo capaces antes que nada de entrever una posibilidad de rescate y reconstrucción del pueblo, aun en la situación actual. Hemos intervenido con dos juicios públicos sobre las circunstancias del país, entregando volantes a todos: a los periódicos, a los colegas. Yo lo hice con mi jefe, lo envié por Internet a algunos periodistas, de derecha e izquierda, a políticos y - cosa increíble - algunos me han respondido. Una toma de posición como la indicada en estos juicios nos permitió ante todo ser conscientes de que no basta hacer un reclamo moral (a la honestidad, por ejemplo, o al sentido republicano), sino que es necesario indicar el lugar, el método, el rostro donde se hace esta experiencia: así nos dimos cuenta verdaderamente de que el pueblo, el Movimiento, existe. Hace pocos meses presentamos en Buenos Aires el libro de don Gius El yo, el poder y las obras, organizado por la CdO y el centro cultural, y fue para nosotros un estupor ver el pueblo del Movimiento, que aunque ya hacía obras, se hizo visible y público en esta circunstancia. Dentro de algunos días haremos esta presentación también en Santa Fe.

Otra cosa que nos asombra es la seriedad con la cual los enseñantes y profesores se juntan para juzgar y proponer una forma nueva a su trabajo. También en la universidad, donde a falta de estructuras que sirvan de referencia, los estudiantes del Clu se han propuesto ellos mismos como tales, con toda sencillez, por ejemplo tomando apuntes de clases de manera cuidadosa y excelente para luego darlos a los amigos que no los tengan. Y los chicos de la escuela media, que nos sorprenden sobre todo porque son cada vez más los que acuden a los gestos comunes y tienen una relación fascinante con sus profesores y maestros.

Esta novedad, que nos hizo capaces de ver lo que sucede, aquello que está, que existe en nuestro pueblo - la experiencia del movimiento que estamos haciendo en la Argentina -, es la única respuesta para nuestra sociedad, para nuestro pueblo. Esta experiencia humana, la posibilidad de encontrar amigos con los que transformar las cosas es la única manera de recomenzar, de reconstruir desde cero este pueblo tan destruido.