Esa primera hora de clase

Octubre de 1957. Berchet, primero de bachillerato, primera fila. Don Luigi Negri recuerda su primera hora de religión con don Giussani: «Para él la enseñanza no era un paréntesis en su vida, era lo más vivo »

A cargo de PAOLA BERGAMINI

Aquellos tres famosos escalones del liceo Berchet los subió por primera vez en octubre de 1957, comienzo del primer curso de bachillerato. Traspasaba aquel umbral lleno de expectativas y deseo de conocer. A sus espaldas, una familia profundamente católica le había transmitido una fe como hipótesis de lectura de la realidad y como criterio de comportamiento, más aún, de juicio. Para don Luigi Negri aquel primer día fue una auténtica desilusión. «La primera mañana - recuerda - tuve clase de italiano, historia, filosofía, griego, latín y matemáticas. En síntesis, el profesor de lengua y literatura era un ex cura socialista, el de filosofía era un marxista ortodoxo, el de griego y latín un laico utópico, la de matemáticas una tradicionalista para la cual la fe se reducía a mera moral. No precisa un gran esfuerzo entender que la enseñanza era un campo de batalla entre las diversas ideologías. Pensé que sería más útil para mi vida la experiencia que proponía la parroquia; en el instituto tal vez aprendería muchos conceptos, pero un criterio, esa búsqueda de la verdad que latía con fuerza dentro de mí...». Todavía no conocía al profesor de religión que le trastornaría y llenaría la vida. «Desde la primera clase de religión intuí que Giussani transmitía una cultura auténticamente anclada en una visión orgánica de la vida. A diferencia de otros profesores, para él la enseñanza no era un paréntesis en su vida, era lo más vivo. Lo mejor». Una vez, fuera del colegio, dijo que si volviera a nacer cien veces volvería a ser profesor. Sólo algo que asegurara sentido y valor a la vida podía hacerle decir una frase así. Giussani comunicaba algo cierto y de una forma irresistible. Era difícil no quedarse fascinado. Diría que era imposible. Giussani ejercía una influencia extraordinaria sobre quien seguía sus enseñanzas, también sobre los que se quedaban en la oposición. Fue un maestro insigne para centenares de estudiantes, uno de los que no se olvidan, ante el cual te ves forzado a tomar postura».

Una dialéctica rápida
Todo se jugaba en una hora a la semana, justo en la clase que todos consideraban la menos importante. ¿Cómo se desarrollaba la clase? «El programa del primer año de liceo (ndt.: con 16 años) era el sentido religioso. La clase consistía en un diálogo veloz a partir de sus afirmaciones y provocaciones. El último cuarto de hora, el profesor dictaba los apuntes de la lección, que en mi clase todos, fueran amigos o adversarios, tomaban. Nadie estaba obligado. Sólo estaba en juego nuestra vida». De buenas a primeras, ¿qué te impresionó de aquellas primeras clases sobre el sentido religioso? «La gran apertura cultural, no en un sentido intelectual, sino existencial. Recuerdo algo que me impresionó de inmediato. Citó a una frase de Kierkegaard que he repetido muchas veces en estos 45 años: “El hecho cristiano no entra a formar parte de la vida profundizando en cuestiones filosóficas, cosmológicas y sociales, sino adentrándose en el sentido de nuestra propia existencia”. Lo que estaba en juego era nuestro destino personal, se trata de una propuesta cultural más que una premisa psicológica o afectiva». Negri se detiene un instante, tal vez vislumbrando mi mirada interrogante. No me da tiempo de formular la pregunta. «Para que me entiendas, la cultura es la búsqueda del sentido de la vida. Ni más ni menos. Él nos desvelaba quiénes éramos, mostrándonos que las preguntas sobre el sentido, que conforman toda obra maestra, tanto de la filosofía como de la literatura, constituyen al hombre, expresan su naturaleza propia. Dante, Platón, Manzoni y los contemporáneos, Sartre, Camus, Pavese. De verdad, ¡era otra historia! Después, cuando abordaba otros argumentos en las demás clases, esos criterios y parámetros de juicio emergían. Yo intuí que la cultura oficial que se impartía no era válida. Se nos proponían interpretaciones históricas, filosóficas y literarias que alteraban los datos. Fue justo a raíz de sus clases donde maduró la idea de “una revisión cultural” de los contenidos desde el punto de vista cristiano. No servía contraponer la ideología católica a la marxista o laicista fuera; queríamos recuperar lo que efectivamente había sucedido en la historia o lo que realmente habían defendido filósofos y escritores, a la luz de la tradición cristiana. El punto fundamental es el siguiente: Giussani nos enseñaba un método, un camino para afrontar el mundo, para ser felices. Repito: para saborear el ciento por uno».

El concepto de razón
¿Y en qué consistía? «En la comparación entre cualquier propuesta - la suya o la de los demás profesores - con nuestra humanidad profunda. Pero, para hacer esto era necesario un concepto nuevo de razón, entendida como apertura a la totalidad de lo real, como tensión hacia el sentido último de la realidad, en contra de toda reducción racionalista. Me sobrecoge siempre recordar aquella clase en la que definió este concepto de razón. Descubriría después, a lo largo de mis estudios, que en él se condensaba toda la tradición de la filosofía occidental. Y a mí me desveló el mundo».

¿Pero no se enfadaba nunca? Sonríe. «Ya lo creo. Se enfadaba cuando la gente no aceptaba la confrontación, el debate. Atención: no cuando alguien no estaba de acuerdo; en esos casos se encendían discusiones apasionadas. Lo que no soportaba era la indiferencia y la presunción. Más que la ideológica, la burguesa. En resumen, se enfadaba con quien no ponía en juego su libertad, es decir, su vida. Esto también se me ha grabado a fuego en el corazón: la libertad. Cuando el concepto de libertad estaba ya en crisis desde un punto de vista filosófico - comenzaban a mandar el marxismo, el problematicismo y más adelante el escepticismo -, Giussani la reconducía a su auténtico cauce: la experiencia».

¡Por fin has venido!
Las clases eran intensas, debatidas. Aquel sacerdote que te desvelaba la vida, no te dejaba tranquilo. ¿Pero qué decían los demás profesores? «Normalmente el aparato ideológico que dominaba tendía a aislar la hora de religión como un hecho marginal en la vida de la escuela. Así pues, se mantenía un respeto formal hacia los profesores. Con Giussani esto era imposible. Sus clases iban más allá de la hora de religión. No dejaban a nadie en paz. Todo debía ser objeto de parangón. Lo quisieran o no, todos tenían que hacer cuentas con él. Algunos, como Pietro Scazzoso, profesor de griego y latín, se dejaron contagiar, otros... Es la libertad, la libertad también de parangonarse con las preguntas que los alumnos planteaban».

Justo en aquellos años nació GS, Juventud Estudiantil, con los raggi, los encuentros... ¿Cómo te invitó? «¡Nunca me invitó a nada! Fui por un compañero. Era el final de marzo de 1958. En el raggio participaban unas cincuenta personas. Cuando entré, Giussani, sonriéndome, me dijo: “¡Por fin has venido tú también!”. Por fin estaba allí, con esos amigos, en esa compañía».

Antes de despedirnos, don Negri, mirando sus notas, me espeta: «Nunca me había preparado tanto para ninguna clase o conferencia; pero es que todo para mí empezó allí, en aquellas benditas clases de primero de liceo».